—Norabuena: concluid.

—No seré largo; no molestaré a Vuestra Alteza recordándole las infinitas pruebas que tiene de mi amor, aunque jamás esta palabra haya salido de mi boca hasta hoy: no hablaré tampoco de que la nobleza y el clero de Castilla me honraron proponiéndome...

—Lo sé: continuad.

—Sí, señora; todo esto nada importa; la voluntad de Vuestra Alteza es la sola que puede decidir en esta materia, y ya ha decidido.

—Os engañáis.

—Pluguiera a Dios.

—Os lo aseguro.

—Señora, ¿por qué se complace Vuestra Alteza en atormentarme?

—Lejos de eso, deseo tranquilizaros.

—¡Imposible, imposible! Tranquilidad para mí, solo en la tumba. Cuatro años trabajando, suspirando sin cesar solo para conseguir un objeto, y en el momento en que más me lisonjeaba la esperanza, cuando tal vez hubiera podido lograrlo, otro hombre se presenta.