—Nunca, conde; idos.
Cuando el conde se decidió a ir a pedir a doña Urraca permiso para salir de León, llevaba en efecto intención de limitarse a hacer su súplica, sin entrar en más explicaciones, convencido de que ni la reina se las pediría, ni dejaría de aprovechar con mucho gusto la ocasión que él mismo presentaba para desembarazarse de su presencia; pero la inopinada resistencia que opuso doña Urraca a su partida llegó a encender su ánimo de tal modo que ya no le fue posible contenerse. Por su parte, la reina, apreciando en su merecido valor las buenas calidades y afecto hacia ella del conde, no podía consentir en que abandonase la corte, como descontento de ella, un hombre conocido en España entera por los servicios que le había prestado y las virtudes que le adornaban. Hallaba, es cierto, más gracias en don Pedro de Lara; pero el mérito evidente de don Gómez la obligaba, por decirlo así, a profesarle cierto afecto más ardiente que la amistad, aunque no pudiera llamarse amor. Así fue como, sin que ni el uno ni el otro hubiesen formado proyectos anteriores, se explicaron completamente en la conversación que acabamos de referir, la cual se terminó retirándose el conde de Candespina a su casa tan gozoso como triste había salido de ella, y quedándose la reina satisfecha de haber en cierto modo pagado la deuda que con él tenía. Parece indudable que en aquel momento triunfó en su corazón don Gómez, pues apenas hubo salido de su cámara cuando llamó a doña Leonor para decirle que no quería se difiriese más tiempo su boda, pues había llegado el conde de Candespina, que debía ser padrino.
—Quiero —dijo— probar a mis leales servidores que me intereso en su dicha, y nada será más agradable al conde que ver feliz a su amigo en brazos de mi bella camarera, a quien sospecho que no le pesará tampoco de ello, por más que ahora se sonroje.
—Vuestra Alteza es la bondad misma; mas puede ser que alguna otra boda causara más placer al conde que la de Hernando: la suya por ejemplo...
—¡Hola!, quieres vengarte haciendo que también... Tú me las pagarás.
Y esto lo decía acariciando la mejilla de su confidente, que no podía volver de su admiración, viéndose tratar con tanto cariño al cabo de meses que apenas se hacía mención de ella para nada.
CAPÍTULO VII
El lector recordará sin duda que cuando el conde de Candespina se retiró de la presencia de doña Urraca, la primera vez que la vio desde su regreso a León, iba tan apesadumbrado por el modo con que fue recibido que se encerró en su cuarto, dando orden a sus criados que a nadie dejasen entrar en él, incluso a su íntimo amigo Hernando. Sucedió pues que, ansioso este caballero de saber cómo doña Urraca se había comportado con el conde, fue a su casa, en la cual se halló extremadamente sorprendido viendo que por primera vez se le negaba la entrada, que estaba acostumbrado a encontrar franca. Desde luego conoció que debía haber sucedido alguna cosa que hubiera disgustado al conde notablemente para obligarle a estarse en estricta reclusión; y persuadido de que así que se calmara algún tanto le recibiría y comunicaría sus penas, se retiró con propósito de volver al siguiente día, y así lo hizo en efecto; pero fue precisamente cuando ya el conde había salido para el alcázar, dando antes la orden para que todo estuviera dispuesto de modo que pudiese salir antes de dos horas de León. Apenas Hernando supo tal determinación, mandó que se le dispusiera también un caballo para él, pues de ninguna manera dejaría partir solo a su amigo, aunque se arriesgase a enojar a doña Leonor; y en seguida se fue también al alcázar a buscar al conde, quien se hallaba en la cámara de la reina cuando el de Olea llegó. Decidido a esperarle, púsose a pasear por los salones no haciendo caso de cuantos se hallaban en ellos, y sin que tampoco se le acercase ningún cortesano. Hernando era para ellos una fiera, en cuyas inmediaciones no se creían seguros: sofismas y razones especiosas nada valían con un hombre cuyo único argumento era la lanza, y para quien no había respetos humanos capaces de moderarle, como no fuese de parte del conde su amigo o de doña Leonor; por consiguiente, los cortesanos le temían demasiado para que buscasen su compañía, y él los despreciaba tan altamente que no se curaba de su amistad más que de su odio. Paseábase pues solo, como hemos dicho, y en la mayor agitación, haciendo de cuando en cuando algún gesto amenazador y murmurando entre dientes tal cual imprecación, que eran evidentes señales de que la cólera le dominaba, precisamente en ocasión en que el conde de Lara se presentó en el alcázar para ver a la reina. Aunque Su Alteza no había querido recibirle en todo el día anterior, calculaba acertadamente don Pedro que era por efecto de su declaración amorosa, que estando demasiado reciente haría que la reina no pudiera verle sin turbarse; pero ya pasadas veinticuatro horas pensaba que habría tenido tiempo para serenarse, y que, en consecuencia, le recibiría. Se engañó sin embargo en sus conjeturas: en vano insistió en que se le anunciase a la reina que se hallaba allí: se le contestó que Su Alteza se hallaba conferenciando con el conde de Candespina, y que había absolutamente prohibido que nadie entrase.
—Eso no puede entenderse conmigo —dijo orgullosamente.