—Vueseñoría se engaña —le contestaron—: está expresamente dicho que no entre el conde de Lara.
—¿Cómo? ¿Será posible?
—Sí, señor.
—Ya tenemos aquí al incomparable conde de Candespina, ¿para qué quiere Su Alteza más servidores?
—Para nada los necesita —exclamó Hernando perdida ya la paciencia—, para nada.
—Sosegaos, noble Hernando, sosegaos: nadie trata de injuriar a vuestro amigo.
—¿Injuriarle? ¡Cuerpo de Cristo! Mientras Hernando conserve el uso de sus brazos, ¿quién osará en su presencia injuriar al conde de Candespina? Nadie; y menos que nadie cortesanos cuyas únicas armas son la lisonja y la calumnia.
Mudó de color Lara, y los que le rodeaban, asombrados de semejante lenguaje, quedaron como petrificados.
—Sois violento en extremo, Hernando.
—Sincero, franco es lo que soy.