—Norabuena; pero os excedéis en vuestras palabras.
—Cuanto dice mi lengua lo sostiene mi espada; y no todos hacen lo mismo...
—Aquí nadie ha dicho cosa que pueda ofenderos.
—El que la hubiera dicho ya estaría arrepentido.
—Mucho presumís.
—Pronto estoy a darle pruebas al que tenga dudas.
—Nadie las tiene; pero no debe sorprenderos que el conde de Lara extrañe que se le niegue la entrada adonde se le concede al de Candespina.
—¿Y por qué ha de extrañarlo? ¿Pueden los servicios del conde de Lara compararse con los de don Gómez? Cuando el conde de Candespina, solo por decirlo así, fue a sacar del corazón de un reino enemigo a doña Urraca, ¿se le ocurrió al conde de Lara disputarle la preferencia?
—Si la ocasión se hubiera presentado...
—En Soria se presentó a todos igualmente. ¿Quién arriesgó su vida, don Gómez o don Pedro?