Iba el conde a contestar, pero felizmente acaso para él salió el de Candespina de la cámara de la reina con un semblante tan gozoso que llamó la atención de todos. Apenas le vio Hernando volvió la espalda al de Lara, y dirigiéndose a él:

—Loado sea Dios —le dijo— que os encuentro; decidme...

—Venid conmigo y os diré cuanto queráis. Caballeros, guárdeos el cielo.

Y diciendo así ambos amigos salieron del alcázar dejando absortos al conde de Lara y demás personas que allí se hallaban. Sin embargo de todo, no quiso el conde de Lara abandonar el campo sin hacer la última tentativa para conseguir su objeto; y así que Hernando y el conde se marcharon, hizo tanto que logró finalmente que se entrara recado a la reina de que deseaba hablarla, no dudando de que doña Urraca le recibiría inmediatamente; pero más le hubiera valido no empeñarse tanto, pues marchándose desde luego habría evitado el desaire que sufrió cuando públicamente le dijeron que Su Alteza no quería de ningún modo recibir a nadie más. Cuál fue la turbación del orgulloso don Pedro viéndose desairar a la faz de todos los cortesanos, fácil es de pensar. Supo contenerse en público y afectar un semblante sereno; pero sus entrañas se abrasaban, y juraba interiormente arriesgarlo todo para vengarse de su rival. Dominado de tales sentimientos llegó a su casa, y llamó a Lope, criado de toda su confianza, para encargarle una comisión de la cual pendía el éxito de todos sus proyectos. La oposición de doña Urraca a recibirle le hacía conocer que la reina temía tratarle demasiado bien; y por lo mismo una conversación secreta con ella era el objeto de todos sus deseos. Convencido de que por los medios ordinarios no lo lograría, al menos tan pronto como lo exigían las circunstancias, se decidió a dar un paso algo violento pero que podía tener excusa dándole cierto aspecto novelesco muy del gusto de la reina. Todas estas reflexiones fueron obra de un instante, y ya estaban hechas cuando Lope se presentó a su amo con un aire que quería ser humilde, pero que no pasaba de hipócrita.

—Lope —le dijo el conde—, te tengo mandado que trabes amistad con los criados inferiores del alcázar.

—Sí, señor.

—Y que averigües cuidadosamente todas las interioridades.

—Sí, señor.

—Y bien, ¿se han cumplido mis órdenes?

—Sí, señor.