—¡Pobrecilla criatura! ¡Cuánto diera yo por poder aliviar tus penas!
—¿Aliviarlas? Imposible..., imposible. Más fácil sería que el Guadalquivir dejase de derramar sus aguas en el mar.
—¡Infeliz!, ¿y ninguna esperanza os queda?
—Ninguna, como tú dices: ninguna.
—Acaso la muerte...
—¡Ojalá! Al menos esperaría ser feliz cuando Azrael cortase el hilo de mi vida. Mas dejemos, amable señora, de ocuparnos en mis penas, no venga yo a turbar tu felicidad con mis lamentos tan inútiles como importunos.
—No lo son por cierto para mí. Consolar al triste es un precepto de la verdadera religión...
—¡Ah! —exclamó Zulema arrebatada—, ¿por qué ha de haber monstruos que se complazcan en atormentar a sus semejantes, siendo cristianos?
—Luego a un cristiano debéis vuestras penas.
—A un cristiano, sí; a un cristiano en el nombre; a un pérfido, a un malvado. Tú le conocerás tal vez: es hermoso, es amable, es seductor; pero sus entrañas son más duras que las del tigre.