—Y yo sostengo —exclamó Alí— que ha mentido.

—Miserable —contestó furioso Lara cogiendo el guante—, tu vida me dará satisfacción.

El conde de Lara no había manifestado hasta entonces la menor inclinación a combatir con el moro; pero ya fuese que no pudo resistir a las injurias que Alí le hacía, ya que conociera que su pusilanimidad iba a perderle para siempre aun en la opinión de sus mismos partidarios, lo cierto es que al coger el guante parecía animado por el noble resentimiento de un hombre de honor cruelmente ofendido. Tanto los caballeros como las damas presentes manifestaron con una especie de aplauso la satisfacción que les causaba el proceder del conde, y volvieron la vista hacia Alí para ver si conservaba o no la entereza que hasta aquel punto había manifestado; pero lejos de verse la más mínima señal de turbación en el rostro del joven musulmán, brillaba en sus ojos todo el fuego de la venganza, pronta a satisfacerse. Doña Urraca misma permaneció algún tiempo silenciosa y pensativa, contemplando ora a Alí, ora a Lara, que ambos enfrente de ella esperaban con visible impaciencia su resolución; hasta que por fin anunció que pues el conde de Lara había recogido la prenda del combate, por no desairarle consentía en que se verificase, y señalaba para que tuviese lugar el octavo día, a contar desde aquel. Alí dio las más expresivas gracias por la merced que se le hacía, y se retiró después de haber dicho que el caballero Hernando de Olea le honraba siendo su padrino en aquel combate. El conde de Lara nombró para que lo fuese suyo a Gutierre de Cetina, su deudo, que ejercía las funciones de mayordomo de la reina; y en seguida se dispersó la reunión.

CAPÍTULO X

Mientras que en el alcázar de Burgos pasaban los sucesos que han dado materia al capítulo anterior, la esposa de Hernando de Olea desempeñaba los deberes de la hospitalidad con la interesante hermana de Alí, con una dulzura de que solo las mujeres son capaces. Zulema, que así se llamaba la joven mora, tendría como unos diecisiete años de edad, reuniendo además en su persona todos los dones que puede la naturaleza dispensar a una mujer para cautivar los corazones de cuantos la miren; pero no brillaba su rostro con los vivos colores tan propios de sus pocos años, ni la alegría de la juventud animaba dos ojos negros como el ébano; antes, por el contrario, su palidez y lánguido mirar descubrían que su corazón sufría el peso de alguna grave desgracia. Todo esto lo vio desde el primer instante doña Leonor, y como estaba dotada de sobrado ingenio, se prometió que la sencilla sevillana descubriría sin duda el secreto que su hermano guardaba tan cuidadosamente. En efecto, pasados los primeros cumplimientos, nuestras dos damas, jóvenes ambas, y ambas con un semblante tan afable que las provocaba a una recíproca confianza, parecían sin embargo suspensas, no atreviéndose ni una ni otra a entrar en materia, hasta que doña Leonor, como de más edad y experiencia, tomando una mano de Zulema y estrechándola con la suya, rompió el silencio diciéndola:

—Mal parece en una niña como vos tanta tristeza: consolaos, y creed que, ya que no esté en nuestra mano devolveros lo que tal vez habéis dejado en Sevilla, haremos cuanto esté de nuestra parte para solazaros.

—¡Ah, señora! —respondió casi llorando Zulema—, ¡cuán bondadosa eres! Pero no repares, te suplico, en mi melancolía que no puedo desterrar...

—¿Cómo, a vuestros años, puede haber penas tan profundas?

—¡Ay!, la herida está en el corazón, bellísima cristiana, en un corazón que jamás había padecido y por eso es más dolorosa; por lo mismo será eterna.