—Alá me preserve de faltarte al respeto; pero en tanto que mi ofensor viva, mis labios no pronunciarán nunca el agravio que me ha hecho.
—Para que yo consienta el combate debo saber la causa.
—Yo reto por traidor y desleal al conde de Lara en vuestra presencia, damas y caballeros. ¿No basta esto en Castilla para que un noble salga a la palestra?
—Y sobra —contestó Candespina—: Vuestra Alteza no puede ya oponerse al combate sin menoscabo de la honra del conde de Lara mismo.
—Callad —exclamó colérica la reina—; callad, y sea esta la última vez que se falte a mis órdenes. En fin, moro, resuelves no comunicarnos de qué acusas al conde de Lara.
—Él lo sabe, repito, y si no es un cobarde, recogerá esa prenda —y al mismo tiempo le arrojó un guante, que cayo a los pies de su enemigo.
Este permaneció inmóvil; pero la reina se dirigió a él, diciéndole:
—Veamos si vos, conde de Lara, nos aclaráis este misterio.
—Yo, señora, nada sé; no conozco a ese infiel, y su nombre hiere hoy mi oído por primera vez.
—Caballeros, ya oís la respuesta del conde.