—El conde de Lara.
—¿Cómo puedo yo haberte ofendido, infiel —exclamó Lara—, si en mi vida te he visto?
—Silencio —dijo la reina—, nadie sea osado a hablar sin mi permiso. Y tú, contesta: ¿es cierto que nunca has visto al conde de Lara hasta hoy?
—Nunca.
—¿Cómo pues te ha ofendido?
—¿Cómo? Él lo sabe: mi nombre le descubrirá el arcano. Conde de Lara, yo soy Alí, hijo de Hamet.
Todos los ojos se fijaron en Lara, a quien este apóstrofe hizo mudar de color; pero sea que no se atreviese a faltar a las órdenes de la reina, contestando sin que esta se lo mandase, o bien que no quisiera o tuviese qué responder, lo cierto es que guardó el más profundo silencio. Doña Urraca, después de haber considerado atentamente a los dos adversarios, se volvió a Alí y le dijo:
—Singular es que seas su enemigo sin conocerle; pero al menos nos dirás cuál es la ofensa que te ha hecho.
—Cuando Lara no exista la sabrás, reina.
—Moro, recuerda que hablas con la reina de Castilla, y obedece sus mandatos.