—Un infiel, señora, es un hombre; y asesinos no pueden nunca ser mis hermanos.
—Conde don Gómez —exclamó Lara—, ¿asesinos llamáis a los caballeros de la casa de Lara?
—Aunque sola Su Alteza tiene derecho a examinar mi conducta y palabras —contestó don Gómez—, quiero que me digáis, conde de Lara, qué nombre daremos a los que siendo ciento atacan a uno.
—Baste, caballeros —interrumpió la reina—, consiento en olvidar lo pasado; pero es preciso que la paz se restablezca inmediatamente.
—Por mi parte —dijo Lara—, no tengo más voluntad que la de Vuestra Alteza.
—Y yo —añadió don Gómez—, yo respondo a Vuestra Alteza de mis parientes y amigos.
—Está bien, señores; retiraos pues, y cumplid vuestras promesas.
Lara se disponía a obedecer a la reina, pero Candespina le detuvo para que oyese la súplica que en nombre de Alí iba a hacer a Su Alteza para que le admitiese a su presencia. Este nuevo incidente desconcertó a don Pedro, que se creía desembarazado para siempre de la presencia del moro; pero no se atrevió a proferir una sola palabra que diese a entender su descontento. La reina, por su parte, manifestó visiblemente su desagrado de que el conde de Candespina tomase cartas en aquel asunto; mas él con su acostumbrada inflexibilidad insistió tanto, y con tales razones demostró que era de rigurosa justicia conceder a Alí la audiencia que pedía, que al cabo la obtuvo para aquella misma noche. Llegó esta en efecto, y doña Urraca, sentada en un magnífico trono situado en una de las extremidades del más suntuoso salón del alcázar, rodeada de sus damas y de la mayor parte de la nobleza de Castilla, esperó, con un semblante en el cual a su pesar se leía no poco descontento, el instante de recibir al moro, origen inocente de las turbulencias de aquel día, quien no tardó mucho en presentarse acompañado del conde de Candespina, Hernando de Olea y todos sus parciales. Alí venía completamente armado, pero sin lanza ni escudo, y Hernando también iba dispuesto a entrar en lid; los demás caballeros llevaban vestidos de corte. Desde luego las armas de Hernando llamaron la atención general, pero pronto se dedicó toda al moro, que después de sus acostumbrados saludos y de haber recibido de la reina la orden de exponer brevemente su súplica, lo hizo en esta forma:
—Reina de Castilla, mi súplica ya la sabes: soy noble, estoy agraviado; solo vengo a pedir un palenque en el que, con la ayuda de Alá, espero recobrar mi honra.
—¿Quién te ha ofendido?