—¿Una hermana? ¿En Granada?
—Mi patria es Sevilla; pero mi hermana está en León.
—¡Válgame el cielo! En León tenéis hermana. Hernando, si vos quisierais...
—Mi esposa —dijo Olea— desea tener a vuestra hermana en su compañía. Concededla esta gracia.
—Cristianos, me colmáis de favores.
—Dejad eso y marchad a buscarla.
—¿Qué decís? —interrumpió el conde—; este caballero no puede salir de aquí sin peligro de su vida; que diga donde está su hermana, y se irá por ella.
Alí señaló la posada en que había dejado a su hermana guardada por algunos esclavos; y varios criados del conde guiados por el negro escudero fueron en su busca. Entre tanto no perdonaba medio ninguno la astuta doña Leonor para saber del moro el origen de su odio al conde de Lara: pero este, eludiendo unas preguntas y haciéndose el sordo a otras, dejó burlados todos sus ardides, sin que la respuesta más directa que dio pasase de decir que el hombre de honor no debía publicar sus afrentas hasta que estuviesen vengadas. Desembarazado por fin de aquella especie de examen fiscal, se ocupó con el conde de Candespina del asunto que parecía absorber toda su existencia. El conde le ofreció toda su protección, y cuando vino el mensajero de parte de la reina a buscarle, tomó a su cargo la comisión de suplicarle que le concediese una audiencia. Bien hubiera querido Hernando acompañar a su amigo al alcázar; mas como la orden de la reina nombraba únicamente al conde de Candespina, quiso este ir absolutamente solo. Ya estaba Lara al lado de doña Urraca cuando don Gómez se presentó, y desde luego la reina se quejó agriamente a ambos condes de la escandalosa escena de aquella mañana. Fácil le fue disculparse al de Lara con solo hacer presente que no habiéndose hallado en ella, ninguna responsabilidad podía exigírsele: mas no así el de Candespina que había tomado en ella una parte sumamente activa. Pero el noble castellano era incapaz de arrepentirse de su generosa acción.
—Sí, señora —dijo a la reina—, he sacado el acero, me he puesto al lado de un hombre a quien una multitud furiosa trataba de sacrificar, si este es un delito, yo me confieso reo; pero no puedo arrepentirme...
—Y por un infiel —dijo la reina—, por un infiel ibais a derramar la sangre de vuestros hermanos.