El conde de Candespina también tiró su espada en defensa del agareno, y como es de presumir todos los de su bando hicieron otro tanto. Quien únicamente conservó su sangre fría fue don Diego López, que formando un escuadrón cerrado con la guardia de la reina sacó a esta señora y a sus damas del tumulto, y las condujo a palacio. Entre tanto se aumentaba el número de los contrarios y defensores de Alí: ambos partidos se llenaban de injurias, y hubieran llegado a las manos sin la circunstancia de estar el de Lara sin jefe y ser el conde de Candespina quien capitaneaba el contrario. Alí no encontraba expresiones con que agradecer a los parciales del conde el interés que tomaban por él; y les suplicaba que le abandonaran a su suerte, antes que derramar por él la sangre de sus hermanos. Pero Hernando juraba que haría pedazos al primero que osase acercarse, y los demás caballeros deseaban aprovechar aquella ocasión de saciar sus antiguos rencores. A pesar de la prudencia y esfuerzos de don Gómez, tal vez hubiera sido imposible evitar un combate sangriento si la casualidad de haber pasado esta escena en las inmediaciones de la catedral no hubiera hecho que los canónigos, testigos de aquel desorden, se apresuraran a revestirse y salir de la iglesia, llevando en procesión una imagen de nuestro Redentor, muy venerada en la ciudad. Esto y las persuasiones de los canónigos disiparon por entonces al pueblo y partidarios de Lara; y Alí pudo, escoltado por sus defensores, ir a la posada del conde de Candespina, adonde le llevaron para mayor seguridad. Hernando encontró allí a su bella esposa entregada a la más cruel inquietud; pero con el gozo de verle sano y salvo no se acordó siquiera de reprenderle por lo que ella llamaba su temeridad. Advertimos a nuestros lectores que el conde había suplicado a Hernando que ocupase con su esposa una habitación de su propia casa; y dejaremos para el capítulo siguiente referirles lo que en ella pasó con el valeroso Alí, hijo de Hamet.

CAPÍTULO IX

El suceso de Alí había puesto en fermentación todos los espíritus en la corte de Castilla. Los dos partidos de Candespina y Lara, que hasta aquel punto habían conservado al menos las apariencias de la urbanidad por respeto a la reina, rota una vez la barrera no querían volver a entrar en sus respectivos límites; y cierto género de hombres turbulentos por naturaleza e interés, que no faltaban en ambas facciones como nunca han faltado en semejantes casos, hablaban de someter al juicio de Dios, esto es, a la suerte de las armas, la decisión de sus contiendas. En un instante desaparecieron todos los preparativos hechos para festejar el casamiento de doña Leonor y Hernando. Cada caballero corría a su casa a armarse y a armar a sus criados; los ciudadanos se retiraban también a sus hogares, mas era a encerrarse en ellos para ponerse a cubierto de los horrores que preveían; y por último, en el mismo alcázar se tomaban las más vigorosas medidas para prevenir todo accidente. Don Diego López, que mandaba la guardia de la reina, aseguró a esta señora que nada tenía que temer por su persona aun cuando el furor general llegase a tal punto que hubiera quien pensase en atacarla; y como doña Urraca conocía la lealtad y valor del señor de Nájara, se tranquilizó lo bastante para pensar en interponer por fin su autoridad en aquel negocio, enviando dos mensajeros en busca de los condes de Candespina y Lara. Pero lo que nosotros hemos referido en poquísimas líneas fue obra en León de más de una hora. Durante este tiempo el joven Alí se conciliaba cada vez más el afecto de sus protectores. La condición del moro correspondía en efecto a cuanto de su bien dispuesta persona podía esperarse; afable con extremo, cortés sin ser lisonjero, y con un talento claro y bien cultivado: Alí arrastraba tras de sí los ánimos de cuantos le escuchaban. Ya se supondrá que si la discreción del conde de Candespina fue bastante para que no hiciera pregunta ninguna a su huésped sobre el motivo de su odio al conde de Lara, ni Hernando ni su esposa pudieron contenerse; y a la verdad su curiosidad no carecía de disculpa.

—Confieso —le decía Hernando— que he admirado vuestra serenidad, viéndoos rodeado de una multitud de furiosos que clamaban por vuestra muerte.

—La vida de los hombres depende de la voluntad de Dios —contestó el moro—, y no hay poder bastante en la tierra para atrasar ni adelantar un momento el instante de su muerte.

—Buena será esa máxima —replicó Leonor—, pero yo sé decir de mí que estaba muerta de miedo.

—¿Y cuándo la cándida paloma ha alzado tanto el vuelo como el águila? —contesto el moro.

—¿Y no pensabais —volvió a decir Leonor—, no pensabais en la pena que vuestra muerte hubiera causado a vuestra dama, si la tenéis...?

—Hermosa cristiana, las dulzuras del amor no me han sido concedidas; pero tengo en cambio una hermana a quien mi muerte hubiera dejado sin amparo.