—Verdad es; pero sed breve o dejad vuestra súplica para momento más oportuno.

—Alí, hijo de Hamet, solo viene a pedir a tu justicia un campo en qué lidiar.

—Moro, si de alguno de mis vasallos tienes queja, yo te haré justicia.

—La afrenta que el noble recibe, solo con la sangre del que se la hizo puede lavarse: y está escrito que Hamet derramará la del traidor que le ultrajó, con la ayuda de Alá y del santo Profeta.

—Bien: nómbrame al menos tu ofensor.

—Que la maldición del Profeta caiga sobre su detestable cabeza. Sultana de Castilla, en tu presencia y a la faz de tu pueblo acuso de traidor y desleal, indigno del nombre de caballero, al malvado que los hijos del Nazareno llamáis conde de Lara.

—¿Qué dices, infiel? —exclamó la reina, mas no pudo continuar, pues las últimas palabras de Alí, pronunciadas en voz elevada, hiriendo los oídos del pueblo, produjeron en la multitud un efecto extraordinario. Lo mismo que la cristalina superficie del océano, si de repente sopla un recio huracán, se rompe y divide en enormes montañas de agua que chocándose entre sí causan un pavoroso estruendo, del mismo modo las injurias del moro contra el conde de Lara produjeron en el pueblo leonés, o al menos en gran parte de él, la mayor agitación. Desde luego las personas prudentes y tímidas se retiraron de la concurrencia; pero la muchedumbre, siempre curiosa, siempre amiga de novedades y pronta a irritarse cuando cree ser la más fuerte, prorrumpió en descompasadas voces contra el infiel, que osaba, decían, venir a insultar a los cristianos en sus propios hogares. Alí volvió el rostro sosegadamente al pueblo; contempló su agitación con la misma serenidad que si no se tratara de su persona, y pareció dispuesto a esperar la resolución de doña Urraca, que llena de espanto no acertaba a proferir una palabra. Los caballeros que rodeaban a la reina, y en particular el conde de Candespina, se disponían a hablar a la plebe para tratar de calmarla; mas hubieron de renunciar a su proyecto viendo que los amigos y parciales del conde de Lara, movidos de un espíritu frenético de venganza, empezaron a gritar:

—Muera el perro infiel que se atreve a insultar a los ricos hombres de Castilla.

Y al punto brillaron desnudas más de veinte espadas contra el inalterable Alí, que sin perder nada de su serenidad, desnudó la cimitarra, tomó en un instante el escudo de manos del negro, y se puso en ademán de hacer frente a sus contrarios.

—¡Asesinos, cobardes! —gritó Hernando de Olea desnudando su acero y poniéndose al lado del moro—; conmigo las habrá el que se atreva a tocarle.