—¿...arriesgarlo todo para ver a Vuestra Alteza? ¿Qué otro medio me quedaba? Arrastrado por el ímpetu de una pasión irresistible, yo mismo pronuncié mi sentencia declarando mi amor. Vuestra Alteza me ha castigado privándome de su presencia. Yo vengo a pedir la muerte, mil veces preferible al tormento de no ver a doña Urraca.

—¿Y no podíais haber esperado?...

—Sí, señora, si el amor fuera capaz de esperar; pero me ha sido imposible.

El resto de la conversación que siguió, sobre ser demasiado prolija, es además de tal naturaleza que nos parece excusado abusar de la paciencia de nuestros lectores referírsela menudamente. El hecho es que fue larga; que en ella desplegó Lara todo su arte, no de amar sino de seducir; y que doña Urraca le dejó ver demasiado la inclinación que le tenía. Sin embargo, le declaró positivamente que estaba resuelta a no partir el trono con nadie, y en efecto así era la verdad; pues escarmentada con el pasado matrimonio con el rey de Aragón, juró que aunque llegase a dar su mano a un príncipe o magnate, reservaría para sí sola toda la autoridad en Castilla, y además le manifestó que los servicios y popularidad del conde de Candespina exigían que se le tuviesen las mayores consideraciones. A otro hombre con más delicadeza y menos conocimiento de la humana fragilidad le hubieran desalentado tales preliminares; pero Lara, que conocía a la reina, esperaba, quizá no sin fundamento, que cediendo por entonces a todo, el tiempo y su maña la harían mudar de propósito. Habiendo, pues, logrado a fuerza de ruegos y extremos que doña Urraca prometiera recibirle al siguiente día en el mismo paraje, aunque en presencia de una dama de quien por ser parienta de Lara creyó poder fiarse, se retiró muy entrada la noche a su palacio.

CAPÍTULO VIII

Amaneció el día siguiente al de los sucesos que acabamos de referir, y el sol no madrugó más que la mayor parte de los actores de nuestra historia, pues cada uno de ellos se hallaba demasiado agitado para poder entregarse largo tiempo al reposo. En efecto, doña Urraca acababa de comprometerse, por decirlo así, con los dos condes, y buscaba inútilmente algún medio para quedar airosa con ambos. Candespina se veía a punto de recobrar su ascendiente y, a su entender, de conseguir todos sus deseos. Lara, aunque en realidad había perdido momentáneamente como privado, conocía que como amante estaban sus negocios en el mejor estado; y por último, doña Leonor y Hernando, que en aquel día debían unirse con lazo indisoluble, es de presumir que tampoco estarían muy tranquilos. La magnífica catedral de León se había adornado con el mayor aparato para la ceremonia religiosa que se preparaba: los habitantes de la capital circulaban por las calles vecinas al alcázar esperando con ansia el momento en que la desposada saliese de él acompañada de la reina; los cortesanos, vestidos con un fasto excesivo, llenaban ya los regios salones, y la nueva privanza del conde de Candespina era el objeto en que todos se ocupaban. Solo el conde de Lara no se presentó en el alcázar, y esta falta produjo una sensación visible: sus parientes y amigos parecía que asistían forzados a aquella ceremonia, y demostraban en el arrugado ceño y ademanes desdeñosos el descontento que padecían: los demás, conformando su conducta a las circunstancias, volvían a elogiar a don Gómez, y a soltar de cuando en cuando tal cual epigrama contra Lara: en una palabra, un día bastó para que todo mudase de aspecto. Las diez de la mañana serían cuando salió del alcázar la real comitiva para la catedral. La novia, con un suntuoso vestido regalo de su soberana, marchaba al lado de esta, tan ruborosa, tan bella, que acaso no hubo un hombre, entre la multitud que la rodeaba, que no envidiase la dicha del venturoso Hernando, quien a la puerta del templo la esperaba en compañía del conde su amigo, y un sinnúmero de parientes y parciales, con un ansia fácil de concebir. No se dijeron una palabra los dos futuros esposos; pero una mirada fue para cada uno de ellos más expresiva que lo hubiera sido un discurso por elocuente que fuese. La comitiva entró en la iglesia: sus bóvedas resonaron con los himnos sagrados, y a poco ya Leonor y Hernando habían jurado al Supremo Hacedor amor y constancia eterna. Celebrose en seguida el santo misterio de nuestra redención, y los esposos salieron de la catedral con la misma comitiva que a ella habían llevado. La ceremonia religiosa que acababa de terminarse parecía haber dado a todos los ánimos cierta serenidad que anunciaban los placenteros rostros de damas y caballeros, únicamente ocupados en los festejos que, para más solemnizar la boda de su camarera y amigo, habían dispuesto la reina y el conde de Candespina; pero cuando ya la comitiva entera, acabando de salir del templo, se ordenaba para regresar al alcázar, llamó la atención general el confuso rumor del pueblo que abría paso a una persona que apresuradamente venía al encuentro de la reina. Era este un moro, vestido según la costumbre de su país, con extraordinaria magnificencia y montado en un caballo andaluz admirable por su belleza y gallardía. Coronaba el turbante del infiel una pieza de finísimo y brillante acero, terminada en figura cónica: cubría su pecho una coraza no menos lucida, en la cual llevaba engastadas razonable número de piedras preciosas; y el puño de la cimitarra, pendiente del costado derecho, así como el de la gumía o daga que llevaba en la cintura, correspondían a la riqueza del resto de su equipo. Seguíale a pie un esclavo negro como el ébano, cargado con la lanza y adarga de su señor. La persona del moro era la de un hombre de mediana estatura bien configurado pero cuyos miembros no habían aún adquirido toda la robustez de que eran capaces: su rostro moreno claro, sus ojos vivísimos, la delicadeza de sus facciones, y sobre todo el bozo apenas naciente que en él se reparaba, descubrían que su edad no podía pasar de dieciocho a veinte años. Como Castilla se hallaba en paz con los mahometanos españoles, la venida de uno de estos a León nada tenía de particular, pues aunque moros y cristianos eran enemigos por religión y política, acostumbraban sin embargo a visitarse recíprocamente por curiosidad u otras causas cuando las circunstancias se lo permitían. En el reinado del padre de doña Urraca especialmente se hicieron más comunes las relaciones entre ambos países, tanto porque don Alfonso debió protección y amparo a los musulmanes, en la persecución que sufrió de parte de su hermano don Sancho, como porque posteriormente casó con Zaida, princesa mora sevillana. Por esto, pues, aunque la presencia del moro que hemos tratado de describir excitó como es natural la curiosidad de los leoneses, no les pareció de ningún modo alarmante su repentina aparición.

La reina misma se volvió hacia el lado de donde venía el rumor, y se paró a admirar la elegancia de la figura y riqueza del vestido del infiel, que habiendo preguntado quién era la reina y habiéndolo sabido por uno de los circunstantes, saltó con la mayor ligereza de su caballo a tierra, y con sereno y modesto continente se encaminó derecho a ella. Llegado a sus inmediaciones, hizo tres reverencias seguidas cruzando los brazos sobre el pecho e inclinando el cuerpo hasta tocar casi en el suelo con la cabeza, y en seguida, postrándose a los pies de doña Urraca, esperó humildemente a que esta le dirigiese la palabra, en lo que se tardó algún tanto, pues tan inesperada acción sorprendió a la reina de Castilla. En fin, después que se hubo recobrado, le dijo, haciéndose un tanto atrás:

—Álzate, moro, y di qué quieres.

—Reina de Castilla, sultana de la belleza, flor de los nazarenos —contestó el infiel levantándose—: el libro de la verdad dice que la luz del sol brilla para todos.