—Lo que yo veo es que no has perdido el tiempo en la corte. Mas déjate de digresiones, y dime si es hombre el jardinero con quien se puede contar...
—Para cuanto se quiera: con solo suministrarle algunos cuartillos...
—Aunque sean azumbres: toma esta bolsa; gasta sin temor, y cuenta con una buena recompensa si antes de la noche logras introducirme secretamente en el jardín del alcázar.
—¿Antes de la noche, señor?
—Sin remedio; marcha y ten presente lo que voy decirte: el conde de Lara recompensa con oro a sus servidores; pero tiene un puñal para los indiscretos.
—Crea Vueseñoría que yo...
—Basta; marcha a ejecutar mis órdenes.
La reina tenía costumbre de bajar ordinariamente sola, o cuando más acompañada de una de sus damas, a pasearse por los jardines del alcázar al ponerse el sol; y el conde de Lara, que en la época de su privanza había tenido alguna vez que otra el alto honor de ser exceptuado de la regla que excluía a todo hombre de aquel paseo, sabía por consiguiente que en ningún momento se presentaría ocasión más oportuna para hablar a doña Urraca. La dificultad consistía solo en penetrar en aquel recinto sagrado: mas como el oro todo lo puede, el jardinero Cosme, merced a una dosis más que regular de un vino añejo tan delicioso para él como el néctar de los dioses, y a unos cuantos maravedises, puso en manos del astuto Lope una llave de la puerta falsa del jardín del alcázar. Lleno de aquel júbilo infernal que siente todo malvado cuando acaba de hacer una buena picardía, corrió Lope a llevar a su digno amo la llave del jardín, que aquel recibió con el contento fácil de imaginar. Recompensó ampliamente, como lo había prometido, el celo de Lope, y encargándole de nuevo el secreto, partió disfrazado con ropas humildes a situarse en paraje del jardín oportuno para sus miras. Escogió para ocultarse un cenador cubierto de verde y tupida yedra, y en él esperó, no sin alguna inquietud, la llegada de la reina, cuyo paso lento y mesurado no tardó en herir sus oídos. Doña Urraca venía sola, pues en ninguna ocasión más que en aquella tenía motivos de entregarse a las más serias reflexiones. Los condes de Lara y Candespina la ocupaban enteramente: no sabía por cuál decidirse. Pues aunque es cierto que entonces, aun a su mismo entender se inclinaba la balanza en favor de don Gómez, sin embargo la imagen seductora de don Pedro la perseguía sin cesar. Tal era la perplejidad en que se hallaba cuando llamó su atención el ruido de las hojas movidas por Lara, que saliendo de su escondite se presentó de repente a sus ojos; y antes de que hubiera tenido tiempo de pronunciar una sola palabra, ya el cortesano arrodillado a sus pies besaba humildemente la falda de su vestido.
—Suspenda Vuestra Alteza su enojo —dijo, interrumpiéndose con profundos sollozos—, soy culpable, es verdad; pero la causa de mi delito es Vuestra Alteza misma...
—¡Cómo, conde de Lara!, ¿habéis osado...?