—Amigo mío, tú me adulas.

—No, Zulema, no te adulo; pero dime: ¿tu corazón no ha palpitado aún por ningún hombre?

—¡Ah!

—¿Suspiras, Zulema? Tú amas; ¿a quién?

—Lara, amigo mío, yo amar...

—Sí, tú amas; y tu misma turbación me lo demuestra. Tú amas, Zulema; un mortal venturoso ha sabido cautivar tu corazón, y yo... ¡infeliz...!

—¿Tú infeliz, Lara? ¿Por qué?...

—Cruel, ¿qué preguntas? Tú eres la causa de mi tormento.

—¿Cómo es posible que yo te atormente, Lara; yo que por no verte padecer un instante daría toda mi existencia?

—Pero tú amas a otro, y yo te adoro —dijo enajenado y atrayéndola a sus brazos.