—¿Me adoras? —contestó Zulema casi sin sentido—. ¿Me adoras? Y bien, yo te idolatro.
Zulema era esposa de Lara un instante después. El castellano la prodigaba las más tiernas caricias, haciéndola mil juramentos, tal vez sinceros entonces, de constancia y fidelidad; pero la víctima infeliz perdió desde aquel día el reposo, y no volvió a recobrarlo jamás. Había faltado a su deber, y el remordimiento la atormentaba, persiguiéndola al mismo tiempo los más fatales presentimientos que demasiado pronto se verificaron.
Lara, recobrado enteramente de su dolencia y satisfecho ya su amor propio con haber triunfado de la virtud de Zulema, aprovechó la ocasión que le ofrecían los disturbios de su patria para regresar a ella, dejando a su esposa inconsolable a pesar de las protestas que le hizo de volver antes de mucho a pedírsela por mujer a su padre, protestando para no hacerlo entonces lo revuelto de los negocios de Castilla.
La infeliz Zulema quedó en Sevilla tan desconsolada como Ariadna en el desierto: los días volaban, los meses también, y Lara no parecía ni daba noticia de su persona. Su continuo padecer atacó su salud, y por otra parte sus relaciones con Lara habían sido demasiado íntimas para que dejaran de manifestarse. El anciano Hamet vio el estado de su hija: adivinó parte de lo sucedido, supo el resto de su boca; y el dolor de la pérdida de su amada hija, y de la honra de su familia, le condujeron en pocos días al sepulcro. Alí, a quien los lectores ya conocen, regresó al seno de su familia precisamente a tiempo de saber la desgracia de su hermana, y de ver exhalar a su padre el último suspiro. Hamet, que conocía la violencia del carácter de su hijo, y su extremado pundonor, le hizo jurar que no maltrataría a la desgraciada joven, cuya falta era bien excusable en sus pocos años. Juró Alí, y cumplió su juramento; pero había prometido respetar a su hermana, mas no dejar impune a su malvado seductor; y así, apenas cumplió con los deberes de la piedad filial, tributando a los restos de su padre los últimos honores, partió con Zulema para la corte de Castilla con objeto de hacer en ella lo que ya hemos visto.
CAPÍTULO XI
La noche que Lara contaba haber empleado útilmente en la especie de audiencia que doña Urraca le había prometido, se pasó la mayor parte en el salón del alcázar con harto sentimiento suyo, no solo porque se le escapaba la ocasión más favorable de adelantar sus asuntos, hallándose la reina enojada contra el conde de Candespina por lo sucedido con Alí; sino porque veía en la venida de este moro un grande obstáculo a todos sus proyectos.
Su nombre, según Alí dijo, reveló a su enemigo el misterio de su reto; pero Lara, viendo que el moro tenía la extravagancia, decía él, de callar el motivo, se guardó muy bien de revelarlo, pues temía con razón que una vez enterada de él la reina, caería para siempre de su gracia; y por otra parte la perspectiva del próximo combate con el joven sarraceno no le era nada lisonjera. Acosado, pues, de diversos y desagradables pensamientos, iba ya a entrar en su casa cuando un criado de palacio le paró llamándole por su nombre, y le intimó que de orden de Su Alteza fuese con él inmediatamente. Obedeció el conde sin replicar, y a poco se halló en el alcázar, en donde fue introducido hasta la cámara de doña Urraca. Adornada esta señora todavía como lo estuvo durante la audiencia, estaba sentada en un soberbio sillón, apoyando el brazo en una mesa sobre la cual ardía una lámpara de plata, y sus ojos fijos en la llama indicaban la profunda preocupación de su espíritu. Entró Lara, y viéndola como absorta, se paró junto a la puerta y esperó con aire sumiso a que su soberana le dirigiera la palabra, en lo que se tardó algún tiempo, durante el cual la reina y el conde parecían dos estatuas. Por fin doña Urraca hizo un movimiento como el que vuelve en sí de un profundo letargo: examinó todo el aposento con la vista, y sus ojos encontraron al inmóvil conde de Lara que pacientemente esperaba aquel momento.
—¡Ah!, ¿vos aquí, conde de Lara? No os había visto aún, ¿que queréis?
—Vuestra Alteza me ha mandado venir.