—¿Yo?
—Al menos así se me ha dicho.
—Sí, es verdad: creo haber dicho que me alegraría haceros alguna pregunta; mas no que vinierais precisamente ahora.
—Si mi presencia es importuna, señora, voy a retirarme.
—No, quedaos. Una vez que ya estáis aquí... No os vayáis.
—Nada puede mandarme Vuestra Alteza que me sea más lisonjero que el permanecer en su presencia.
—Bien, bien. El conde de Lara siempre el mismo y galante caballero.
—¿Galante, señora, quién no lo será cuando su corazón está lleno...?
—Su corazón..., su corazón... Los labios están llenos..., pero...
—Crea Vuestra Alteza que...