—Silencio: pruebas, y no palabras. Vengamos al asunto. Es preciso que yo sepa el origen de la escena de esta mañana y el desafío de esta noche.
—Yo mismo lo ignoro.
—¡Oh! Eso es imposible; absolutamente imposible.
—¿Por qué, señora? Vuestra Alteza misma ha oído a ese sarraceno confesar que jamás me había visto.
—Verdad es; pero su nombre..., ese nombre de Alí, hijo de Hamet, produciendo el efecto de un talismán, y que ahora mismo os ha hecho mudar de color; ese nombre, conde de Lara, encierra algún misterio que la reina de Castilla quiere y debe aclarar.
—¿Qué no haría el conde de Lara por complacer a su reina, al objeto exclusivo de sus pensamientos? Pero no puede explicar a Vuestra Alteza las locuras o las maldades de un ser a quien no conoce.
—¿Y su nombre? ¿Y vuestra turbación?
—¡Mi turbación! Si así se llama a la justa ira que los insultos de ese miserable han producido en mí: verdad es que me he turbado.
—Conde de Lara, explicadme entonces qué puede mover a un hombre a quien no habéis ofendido, ni conocéis, a venir a retaros en mi corte, y a medir sus armas con vos.
—Confieso, señora, que semejante suceso me sorprende tanto a lo menos como a Vuestra Alteza; pero el favor con que la reina de Castilla me ha honrado en algún tiempo me ha suscitado muchos enemigos...