—¿A un moro qué puede importarle que yo os favorezca?
—Nada, señora; pero un moro puede ser instrumento de ajena venganza.
—¿Qué decís, conde de Lara?
—Señora, que ese agareno pudiera muy bien ser un servidor de los que han envidiado mi fortuna.
—¿Y en quién sospecháis tal vileza?
—En nadie: preguntádselo, señora, a los protectores de Alí; a los que por un moro desconocido, al parecer, iban a entregar la corte de Vuestra Alteza a los horrores de la guerra civil.
—Os entiendo; pero la enemistad os hace presumir cosas de que el conde de Candespina es incapaz.
—Yo no he nombrado al conde; y repito a Vuestra Alteza que en nadie sospecho; pero no habiendo yo ofendido a ese hombre, algún motivo extraño debe haber para que venga a provocarme tan temerariamente.
—Esa reflexión no tiene réplica; pero repasad bien vuestra conciencia: ¿no habrá acaso alguna belleza de por medio?
—Sí, señora, la hay: la mayor de todas; una belleza incomparable.