—¿Su nombre?
—Doña Urraca.
—¿Habéis perdido el juicio?
—No, señora; pero estoy persuadido de que la belleza de Vuestra Alteza es el origen de todo este lance.
—¿Cómo es posible?
—La envidia se engaña fácilmente: los que han visto las bondades de Vuestra Alteza para conmigo las habrán interpretado de la manera más favorable para mí..., y..., y lo demás fácil es de inferir.
—Hay en efecto algo de incomprensible en todo este negocio... Hernando, padrino del moro... El conde protegiéndole... Infelices de ellos si vuestras sospechas son fundadas.
—Permítame Vuestra Alteza, señora, una súplica.
—Decid.
—No se ocupe Vuestra Alteza en este asunto: la suerte de las armas debe decidirlo, y no será mucha presunción de mi parte esperar que triunfe conmigo la justicia.