—No dudo yo de vuestro valor; pero tampoco quiero exponer un vasallo leal al dudoso éxito de un combate, para el cual, si vuestras sospechas son fundadas, se habrán tomado precauciones.

—No importa, señora, concédame Vuestra Alteza la gracia de no mezclarse más en este negocio; mis enemigos tomarían armas contra mí de la intervención de Vuestra Alteza, y...

—Bien, bien. Dios decidirá, pues así lo deseáis, sin que yo intervenga para nada.

—Vuestra Alteza podría hacerme invencible.

—¿Cómo?

—Si al entrar en la lid pudiera el conde de Lara lisonjearse de que el corazón de doña Urraca...

—Mis damas os oyen, y la noche está muy adelantada: retiraos.

—¡Sin una esperanza!

—Nos volveremos a ver.

—¿Cuándo?