No había probado hasta entonces el conde de Lara más que las dulzuras del mando; y la crónica dice que, en el momento de que hablamos, creyendo que de improviso venía sobre él don Alfonso con todo su poder, hubiera de buena gana renunciado a su honorífico puesto. Hubo sin embargo de conformarse, y armado de todas armas se presentó al frente del campo.
Ya en esto se habían aproximado bastante a él los que acompañaban a la reina; y adelantándose el conde de Candespina se dio a conocer al ejército. Más de un soldado dicen que hubo a quien le pesase que en efecto no fueran aragoneses los que se presentaban, sintiendo renunciar a la idea de las honras que distinguiéndose en el combate esperaba conseguir; pero como este entusiasmo no es general, aun entre los valientes, se alegraron la mayor parte de su engaño, y más que todos el jefe del ejército.
—Bien ha hecho Vueseñoría, señor conde —dijo el de Lara—, en descubrirse a tiempo, porque si no, hubiéramos podido daros un mal rato.
—Dios solo sabe quién lo hubiera tenido, conde don Pedro; mas lo que importa es que Vueseñoría se aperciba para recibir dignamente a Su Alteza.
—¡Santos cielos! ¿Qué decís, don Gómez?
—¿A Su Alteza?
—¿A Su Alteza? —repitieron en coro los oficiales que rodeaban a don Pedro.
—¿A Su Alteza? —exclamaron oyéndolo los más próximos, y a la manera con que, herida la mansa corriente de un caudaloso río por una piedra, se forman sucesivamente en torno de esta multitud de círculos cada vez mayores hasta que se terminan en las orillas, así también la voz «¿A Su Alteza?» se extendió por todo el campo, repitiéndola confusamente los ecos de los vecinos montes.
—Sí, caballeros —continuó el conde de Candespina—, sí, soldados castellanos, nuestra reina doña Urraca es la que va a honrarnos con su presencia.
—Viva la reina, viva su libertador —exclamaron unánimemente cuantos alcanzaron a oírle.