Y precisamente entonces llegó doña Urraca. Se apeó de la litera para gozar libremente, dijo, de la vista de sus vasallos, y habiéndose apeado también todos los caballeros, fue el conde de Lara a rendirla el debido homenaje, y tomar en su calidad de general las órdenes de Su Alteza.
—¿Cómo —exclamó doña Urraca entre sorprendida e indignada—, cómo? Conde de Candespina, ¿no sois vos el caudillo de mis tropas?
—Señora —contestó este—, el conde de Lara y yo alternamos en el mando.
—¿Y quién ha alternado con vos para exponerse dos veces a riesgos eminentes por salvarme? ¡Ah, castellanos, castellanos!
Felizmente para el conde de Lara, el respeto tenía bastante lejos de la reina a todos los jefes del ejército, sin lo cual hubieran oído la justa y amarga reconvención que sus últimas palabras contenían; mas no dejó de producir en don Pedro el más vivo resentimiento, o por mejor decir, la más negra envidia por lo que don Gómez acababa de hacer. Cualquier otro hombre de su calidad a quien la reina hubiera hecho semejante alusión, habría contestado con aspereza, y tal vez con desacato; mas el conde de Lara sabía dominarse, y contando con los recursos que aún le quedaban, no se dio por entendido de lo que oyó. La alegría del campo castellano era imponderable: el simple soldado que iba a la guerra sin más motivo que la voluntad de su señor feudal, veía llegar con el placer que puede imaginarse el momento de volver al cultivo de su campo, y a la dichosa oscuridad de su cabaña; y los ricos hombres y caballeros de más cuenta, empeñados en aquel partido, no desconocían que la sola presencia de doña Urraca daba más consistencia a su facción que cuantas victorias hubieran alcanzado sobre los aragoneses. Un solo hombre era el que entre tantos dichosos gemía dolorosamente viendo frustrados sus más caros proyectos, y pendiente sobre su cabeza la cuchilla de la justicia de la reina: don Pedro Ansúrez, custodiado por una fuerte escolta al mando de don Diego López, y conducido en pos de la triunfante doña Urraca, como en la soberbia Roma seguían los cautivos el carro de sus vencedores. ¡Extraña vicisitud de la fortuna! Veinticuatro horas antes pendía de su voluntad la suerte y la vida de los que en aquel momento eran árbitros de la suya.
Después de haber corrido en esta disposición todo el campo, para que los soldados se cerciorasen de que en efecto se hallaba en él, se retiró la reina a la tienda de Lara, que por su magnificencia, acaso extremada para un guerrero, se juzgó la más digna de tener la honra de hospedarla. En ella recibió a las personas más distinguidas del ejército, y nada le quedó que hacer para que todos saliesen a cual más encantado de su afabilidad y dulzura; pero el conde de Candespina fue la persona a quien particularmente parecía dirigir sus afectuosas miradas. Cada vez que un noble la felicitaba por su inesperada libertad, decía:
—Ved aquí al que ha hecho este milagro; Castilla le debe su reina, y doña Urraca la libertad y la vida.
—¡Ah, señora! —contestaba el conde—, ¿quién no expondrá gustoso mil vidas por una reina como doña Urraca?
Así que se hubo apaciguado algún tanto el tumulto causado por la inesperada aparición de doña Urraca, y que, satisfechos de haberla visto, los caballeros castellanos dejaron desembarazada su tienda, quedando solamente en ella los condes de Candespina y Lara, y algunas de las personas de más cuenta, volvió de nuevo a resonar el campo con gritos de alegría: la multitud de los soldados seguía a un caballero, montado en un caballo casi exánime de fatiga, y que apenas podía sostener su peso y el de una enlutada dama que a las ancas llevaba.
—Es Hernando de Olea —gritaban los soldados—. Es el valiente Hernando.