—Sí, camaradas —contestaba nuestro Hernando—. Yo soy: vuelvo a pelear, a vencer con vosotros.

Los talentos de Olea eran escasos, pero su valor, sobrado, y el soldado gusta de esta cualidad en sus jefes, perdonándoles fácilmente en favor de ella cualquier otro defecto. Así es que Hernando gozaba de la más alta reputación entre la tropa, y su venida fue para el ejército un verdadero júbilo.

—Leonor —exclamó la reina viéndola entrar—, ¿tú también aquí? Ya nada me falta.

—¡Ah, señora!, déjeme Vuestra Alteza besar sus pies.

—Alza y dame los brazos; ¿y a quién debo la dicha de tenerte a mi lado?

—Al incomparable valor del amigo del conde de Candespina.

—¿Al valiente Hernando? Venid acá, buen caballero, no estéis tan retirado; el servicio que me habéis hecho merece recompensa; pedid, y os será otorgada.

—Vuestra Alteza pondera más de lo que vale mi acción, que al cabo nada significa, y además lleva la recompensa en sí misma.

—¿No os parece, conde de Candespina, que vuestro amigo ha tenido más memoria que todos nosotros, acordándose de Leonor, y no poca osadía para quedarse solo en Soria por no dejarla en su convento?

—Verdaderamente, señora —contestó el conde, a quien las bondades de doña Urraca tenían de festivo humor—, parece que el buen Hernando ha apartado poco de su memoria a doña Leonor desde...