—Callad, conde, que hacéis ruborizar a mi camarera. Veamos, Hernando, qué recompensa pedís; os mando que la señaléis.
—Pues Vuestra Alteza lo exige, diré... que... señora... el conde ha indicado...
—Que amáis a Leonor; válgame el cielo, que amante sois tan tímido. Será preciso que yo hable por vos.
—Señora, Vuestra Alteza ha adivinado mis pensamientos.
—¿Y qué dices a esto, Leonor? Solo falta tu consentimiento para que seas esposa de Hernando.
—No tengo más voluntad que la de Vuestra Alteza; y Hernando tiene demasiados títulos a mi agradecimiento para que yo pueda negarle nada. Mas hasta tanto que Vuestra Alteza esté pacíficamente en su trono, Leonor de Guzmán no pensará en casarse.
—Todos a porfía queréis acumular las pruebas de vuestra fidelidad; plegue a Dios que llegue el momento en que pueda recompensaros.
La tienda de la reina era en aquel instante el templo de la felicidad, y el generoso Candespina aprovechó la ocasión para hablar de don Pedro Ansúrez. A pesar de haber sido este siempre su mortal enemigo, a pesar de las asechanzas que últimamente intentó poner en práctica para llevarle a un suplicio, y a pesar de sus traiciones, no podía dejar el conde de Candespina de mirar a don Pedro Ansúrez como a un compatriota, y compatriota desgraciado. Habló pues en su favor a doña Urraca; Lara se opuso a que se le diera libertad, pretextando que debía hacerse un escarmiento; pero las razones que alegó el conde de Candespina sobre la crueldad que habría en deshacerse de un enemigo ya indefenso, lo peligroso que sería enajenarse los ánimos de sus muchos parientes y allegados; y hasta la especie de felonía con que había sido forzoso sacarle de Soria, unidas a los generosos ruegos de Hernando, Leonor y don Diego López, decidieron la cuestión en favor del desgraciado conde de Ansúrez.
Aquella misma noche se le hizo saber la piedad de Su Alteza, y prestado que hubo juramento de fidelidad a doña Urraca, quedó libre para marcharse adonde mejor le pareciese.
Con acuerdo de la reina resolvieron los dos generales que el ejército se pondría en marcha al romper el alba de la próxima mañana, y tomadas las disposiciones convenientes, se retiraron a reposar de las fatigas de aquel día tan fecundo en sucesos no comunes.