—Ya lo sé; ya lo sé; y eso precisamente es lo que quiero evitar.
—Adelante Vueseñoría el combate.
—La reina ha señalado ella misma el día, es imposible mudarlo; y además..., además...
—No le parece cuerdo al señor conde arriesgar su persona y proyectos a un juego tan incierto como el de las armas, ¿no es verdad?
—Quizás; a ver si tu fecundo ingenio...
—Vueseñoría me favorece.
—Vamos, ya sabes que sé pagar liberalmente tus servicios: tú mismo señalarás la recompensa por este.
—¿Quién sabe el secreto?
—Alí.
—¿Nadie más?