—Yo, señora, amo a doña Urraca, no a su trono; mi gloria será después de ser su esposo, como lo es ahora la de ser su vasallo más fiel.

La triste Zulema hubo de presenciar aquella escena, que recordaba a su afligido corazón la corta y venturosa época en que también a ella la halagaban las dulces y lisonjeras ilusiones del amor, y aun parecía que su alma bondadosa olvidaba parte de sus penas para tomarla en la alegría de su protector; pero el dardo había penetrado demasiado para que la herida pudiera nunca cerrarse. En vano doña Urraca le propuso recibirla entre sus damas si quería quedarse en Castilla, o hacerla llevar a su país si lo deseaba: la hermana de Alí, resuelta a entrar en el gremio de los fieles, pidió por única gracia que se la administrara el bautismo para retirarse después a un claustro.

Al cabo de no poco tiempo se retiró el conde con Zulema a su casa, y enteró de su próxima dicha a Hernando y a Leonor, cuyo júbilo no puede encarecerse bastante. Hernando contó a su amigo la conversación que con Lara había tenido, diciéndole su objeto, que era el de obligar al conde a que diese la mano a la pobre mora; «mas pues ella lo rehúsa», concluyó, «inútil es insistir más».

Pocos días después del de la escena referida recibió Zulema el bautismo, siendo sus padrinos el conde de Candespina y doña Leonor; e inmediatamente tomó el velo de novicia en uno de los conventos de León, donde a su debido tiempo profesó; siendo los pocos años que sus penas la dejaron vivir un modelo de virtud, dulzura y paciencia: dotes dignas a la verdad de mas próspera suerte que la que su aciago destino le proporcionó.

El leal, el valiente, el virtuoso conde de Candespina vio colmados sus deseos con la posesión de la mano de la reina de Castilla. Su matrimonio se verificó en el oratorio del alcázar, en presencia de Hernando, su esposa, don Diego López y algunos fieles partidarios, quedando secreto por entonces. Doña Urraca quería tener un esposo, pero no un dueño; y el conde, sobre no ser ambicioso, conocía que, en aquellas circunstancias, aun los mismos que como ministro eran sus parciales se convertirían tal vez en enemigos si veían brillar en su frente la diadema de los godos.

Continuó viviendo en la corte el conde de Lara por un resto de vanidad que no le permitía retirarse de ella, como sin duda hubiera debido hacerlo; y don Gómez era demasiado generoso para hacerle sentir el peso de su poder. Lejos pues de tratarle con aspereza le manifestaba más agrado acaso del justo, y contenía con su ejemplo a muchos, que sin él, hubieran tomado cruelísima venganza de agravios recibidos en otro tiempo.

Solo Hernando era quien no podía resolverse a dirigirle la palabra jamás; y por deferencia a su amigo huía las ocasiones de encontrarle.

—Paréceme —decía a su esposa— que veo siempre sus manos teñidas en la sangre del desventurado Alí. Asesino es la primera palabra que se me ocurre decirle, y asesino también la última.

Por fin Lara, perseguido por los remordimientos, despreciado de sus enemigos y abandonado de los que en su privanza le manifestaban más afecto, vivía infeliz y miserablemente.