—Es vuestra perfidia. Venid, conde de Candespina; venid y encargaos de este caballero que confío a vuestra guarda. Zulema, ya veis que soy justa. Mañana será Lara vuestro esposo o perecerá en un cadalso. ¿Queréis más?
—No, señora. Quédese libre el conde de Lara: su corazón no es mío, y aunque lo fuera, yo no podría ya mirar sin horror al que ha causado la muerte de mi padre y la de mi hermano, y con ellas mi eterno dolor. Yo he venido solo a pedir a Vuestra Alteza justicia contra los asesinos del desdichado Alí, si puede averiguarse quiénes son.
—Y la obtendréis como yo llegue a conocerlos. Conde, llevaos al preso.
—¿Querrá Vuestra Alteza —dijo Candespina— escuchar una súplica?
—Decid presto.
—Pues bien, señora, yo ruego a Vuestra Alteza que el conde de Lara quede en libertad. Su conciencia, el enojo de Vuestra Alteza, y el menosprecio de todos los buenos harto castigo son para un noble.
—Y yo —añadió Zulema—, yo uniré también mis ruegos a los de este generoso caballero. Piedad, señora.
Las lágrimas inundaron los ojos de doña Urraca, y después de un breve rato de meditación, volviéndose a Lara le dijo:
—Salid de mi presencia, y no os volváis a presentar sin mi orden —y luego, señalándole al conde de Candespina añadió—: este es vuestro enemigo, procurad imitarle.
Lara, confuso y desesperado, se retiró; y don Gómez iba a hacer lo mismo con Zulema, mas doña Urraca los detuvo. La generosidad del conde y la perfidia de su rival le habían abierto los ojos por fin, y resolvió premiar en aquel mismo instante los servicios y constancia de su libertador dándole la mano de esposa. Sin embargo, fiel a su primer proyecto de no dividir el trono con nadie, se lo hizo saber así al conde; pero este, lleno de amor y enajenado de júbilo, respondió: