Lara al verla creyó que el universo entero se desplomaba sobre su cabeza, y exclamó involuntariamente:

—¡Zulema, tú aquí!

La reina se había parado en medio de la cámara, y con ojos centelleantes de furor consideraba al pérfido conde que, aterrado, no se atrevía a separar la vista del suelo.

—¿Tampoco —dijo la reina por fin—, tampoco habréis visto a esta joven antes de ahora? Conde de Lara, responded: ¿qué se ha hecho de vuestra elocuencia? Perjuro, ¿no decías que no habías agraviado nunca al infeliz Alí? Responde.

Lara no podía articular una palabra, tal era su espanto; Zulema, temerosa, se había quedado a la puerta de la cámara derramando copiosas lágrimas que regaban sus descoloridas mejillas; y doña Urraca, que ya no pensaba en enfrenar su enojo, continuó diciendo:

—No os atrevéis a responderme; pues bien, preparaos a sufrir el castigo que merece quien engaña a su reina. ¡Hola! Venga el conde de Candespina al momento.

Este nombre surtió un efecto mágico en don Pedro: oírlo y recordar al momento que, según Hernando le había dicho, poseía don Gómez el secreto fatal de la muerte de Alí, todo fue una misma cosa; y juzgando que Candespina no despreciaría aquella ocasión de libertarse para siempre de su rival, se dio por perdido.

—Señora —exclamó arrojándose a los pies de la reina—, no quiera Vuestra Alteza humillarme ante el conde.

—Apartaos —contestó doña Urraca—, sois indigno de consideraciones.

—¡Ah, señora! He delinquido, es verdad, con Zulema; ¿pero debe Vuestra Alteza ser quien me castigue por ello? La causa...