—Y ¿qué causa ha podido haber para que yo pierda la confianza con que Vuestra Alteza me honraba?
—Causa, ninguna. Solamente una reflexión, conde: habéis sido siempre tan rendido con las damas que me parece probable que algún amorío...
—¡Qué delirio, señora! Mi corazón no ha amado más que una sola vez, y esa con harta desgracia.
—Esa vez basta quizá para haber...
—No acabe Vuestra Alteza, señora; el objeto de mi amor nada ha tenido que ver con ese moro; yo he amado, amo todavía, y amaré siempre, pero será a mi reina.
—Basta, conde: no sabéis responder otra cosa. ¿Conque en efecto no habéis vos provocado la enemistad de Alí?
—No, señora.
—Miradlo bien.
—Mirado está, señora.
Doña Urraca hizo seña a una dama de su servidumbre que allí estaba, y esta salió inmediatamente de la cámara. Entonces abandonando la reina el aire de fría tranquilidad que hasta aquel punto había afectado, se levantó de su asiento y empezó a pasearse apresuradamente por la sala, con admiración de Lara; hasta que, abriéndose la puerta, se presentó a los ojos del asombrado conde la misma Zulema, pero vestida con el traje propio de su nación.