—Mil veces he dicho a Vuestra Alteza, y lo repito ahora bajo juramento, que nunca había yo visto a ese joven hasta que en presencia de Vuestra Alteza...
—Sí, eso puede ser verdad; y, sin embargo, también sin verle pudierais haberle agraviado.
—Que pudiera ser, señora, no lo niego, mas no ha sido...
—Hay, conde, quien dice lo contrario...
—Si Vuestra Alteza da oídos a mis enemigos, no habrá crimen que no se me impute —y al decir esto se turbó extraordinariamente.
—No, a fe mía, no he escuchado en este negocio a vuestros enemigos. Creedme, conde, confesad francamente a vuestra reina qué causa hizo al joven Alí vuestro enemigo.
—Vuestra Alteza sabe que la ignoro.
—Yo sé que así me lo habéis dicho; pero la cosa es tan inverosímil...
—¿Y quién ha presentado pruebas que contradigan mi verdad? Nadie, señora. Por el contrario: el mismo silencio de Alí ¿no prueba que no tenía de qué acusarme?
—Hace dos horas tal vez me hubiera convencido esa razón; mas ahora...