—Tú has llenado de amargura los últimos instantes de la vida del amigo de tu padre: tú has deshonrado a la hermana de Alí; y por último, has cometido un asesinato para evitar el pelear como caballero con él. Eres el baldón de los tuyos; la afrenta de los castellanos; el destructor de tu patria. Has merecido la muerte, y la recibirás si no te conformas con lo que voy a proponerte... No me repliques: óyeme. El pueblo ignora que seas tú el asesino de Alí: este secreto solas dos personas lo saben: el conde de Candespina es una, y yo la otra. Si quieres salvarte...

Aquí llegaba Hernando, cuando un criado llamó fuertemente a la puerta de la estancia en que se hallaba con el conde, a quien nada podía causar más placer que ver interrumpida tan desagradable conferencia.

—¿Quién llama? —preguntó furioso Hernando.

—La reina manda —contestó el criado— que el conde de Lara se presente inmediatamente en el alcázar.

—Ya oís —dijo Lara...

—Sí, ya oigo; y no me opondré a las órdenes de Su Alteza; pero volveremos a vernos antes de mucho; y tiembla por ti si te atreves a publicar esta conversación.

Diciendo así, tomó Hernando sus armas, abrió la puerta y se marchó, dejando absorto y pesaroso al menguado conde. Sin embargo, este recordó que debía presentarse a la reina; sacó fuerzas de flaqueza, y como tenía sobrada costumbre de disfrazar sus naturales sentimientos, logró tomar un aspecto bastante sereno para comparecer ante doña Urraca, quien por su parte también se esforzaba para disimular su enojo.

—Os he llamado, conde —le dijo—, para daros una noticia que va sin duda a sorprenderos: vuestro contrario Alí ha perecido ayer a manos de unos asesinos desconocidos.

—Acabo de saber, señora, tan desagradable acontecimiento, y puedo asegurar a Vuestra Alteza que a pesar de todo...

—Estoy persuadida de que el conde de Lara es incapaz de alegrarse de semejante maldad; pero dejando esto aparte, sed franco: ahora que ese moro no existe, ¿no me diréis qué motivos...?