—Sí, a esto; a esto solo.
—¿Qué pruebas podréis presentar de esa horrible calumnia?
—Tu conciencia y mi espada. ¿Te parecen bastantes? Pero aún te queda un medio de salvar tu honra.
—Jamás la he perdido.
—Asesino, no abuses de mi paciencia. He depuesto las armas para que no pudieras decir que te ataco con ventaja; pero con una mano me sobra para darte el castigo que mereces.
—Basta, Hernando: sobrado tiempo he sufrido esa insolencia; idos, y si tenéis alguna queja contra mí, exponedla ante quien convenga, yo sabré responder.
—Con la lengua sí; sabes manejarla, ya lo sé; pero la espada te pesa demasiado.
—¡Hola..., criados...!
—Silencio, silencio —le interrumpió Hernando asiéndole un brazo con tal violencia que faltó poco para que se lo rompiera—; has de oírme hasta el fin, y después eres muy dueño de llamar a tus criados, que yo sabré contenerlos.
—Habla pues, y pronto —contestó el conde lleno de rabia y confusión.