II
CHILE
EXPERIMENTOS Y COMPROBANTES
Como un islote en una laguna, el cerro de Santa Lucía levanta en el corazón de Santiago su cono basáltico, frenéticamente adornado, tallado, acicalado, compuesto y descompuesto por el ilustre intendente Vicuña Mackenna, cuyo mayor defecto, así edilicio como literario, no fué precisamente la sobriedad. Esta giba municipal es el orgullo de los santiaguinos; todas las descripciones del país celebran la octava maravilla; no hay compendio escolar que omita su mención; y si os toca, al apearos del tren de los Andes, la fortuna de caer en brazos de un amigo chileno, tened por cierto que allí será la primera estación. Es la visita de etiqueta y estreno; pero se la repite cuatro ó cinco veces en una estancia de tres semanas. Hay un teatro de verano con su palpitante repertorio de zarzuela española, una terraza en belvedere, un restaurant francés servido á la chilena ¡todos los atractivos! Por fin, después de conocer la ciudad y sus alrededores, si queréis, al despediros, resumir en una hora veinte días de impresiones fugitivas, volved solo, una tarde, á trepar el peñón de Huelen. No hay observatorio más sugestivo: los accidentes del paisaje cobrarán ahora su real significado, como que serán efectivamente otros tantos signos materiales de ideas allí anidadas, síntomas visibles de una tendencia social y, para el transeunte, como el toque de llamada de las sensaciones dispersas.
Este mismo cerro, desde luego, es un precioso documento. Nada extraño sería que hubiera perpetrado su afeamiento arquitectónico un improvisador incoercible; lo importante es que tal adefesio haya sido consagrado como una reliquia nacional, hasta el punto de no poder criticarlo sin cometer un sacrilegio y ser declarado enemigo público. «De Santiago al cielo, y desde allí, etc.»: ya conocéis la fórmula. Hemos visto y veremos que tienen los chilenos muchas virtudes de perseverancia y energía impulsiva; pero la elegancia no es una virtud, ni el gusto una dependencia de la voluntad. Y en sus palacios de canto dorado, lo propio que en sus tentativas artísticas y preferencias intelectuales, notaremos tendencias parecidas á las que se ostentan en su querido peñasco.
Desde la rampa en espiral de su base hasta el mirador de su vértice, el cerro primitivo desaparece bajo una granulación postiza de piletas y rocallas, acueductos romanos con almenas medievales, grutas basálticas alumbradas con gas, precipicios de juguete con escaleras bien niveladas y molduras en las barandillas: un hacinamiento pretencioso al par que ingenuo de todas la cursilerías de cualquier estilo y edad, cuyo conflicto se continúa hasta en el contraste de la vegetación. Las enredaderas exóticas y sedientas se enlazan á los pimientos vulgares; por sobre los ingratos eucalyptus se erizan la cácteas, palmeras y demás plantas «literarias». Á guisa de puntuación de ese poema churrigueresco, pululan á cada paso las chucherías cerámicas odiosamente pintorreadas, las columnitas pseudo-griegas soportando jarros símili-etruscos y «monos» de baja alfarería. Ese baratillo ornamental evoca no sé qué recuerdos de vendedor de tutilimundi, cuyo ambulante escaparate se volcara en el jardín de un tendero romántico. Y el resultado de tanta orgía decorativa es pequeño, disparatado, mezquino, como un banquete de burgueses cicateros, un día de natalicio, cuando se echa la casa por la ventana. Á medida que se va subiendo, los contrastes grotescos se multiplican con verdadero ensañamiento. El cañón «de las doce», ó del merodiano, como dice mi cochero, queda tan cerca de la inevitable estatua de Valdivia, que me pregunto si no estará encargado de su disparo este ilustre inválido. Otra efigie, también vecina, la del obispo Vicuña, pariente del Cerrero mayor, parece bendecir la parroquia poco severa de las glorietas. Complemento patético: el zócalo de la estatua trae un soneto ilustrativo y firmado ... por otro pariente ¡naturalmente! ¿Quién duda que para ser buena, como dice el refrán, ha de ser la ... cuña del mismo palo? Por fin, el creador en persona no podía faltar á esta cita de familia: como para subscribir eternamente su obra maestra, que los trepadores no vacilarán en declarar de largo aliento, ha querido descansar en una capilla de la cumbre, que completa (geodésicamente hablando) la triangulación del teatro de tandas y del alegre fondín.—Desde el kiosko oriental que corona tanta belleza se contempla todo el valle de Santiago.
(Tal me ha parecido el famoso cerro de Santa Lucía. No hago por ahora comparaciones: declaro simplemente que, al lado de este desborde de lirismo municipal, me parecen austeras todas las grutas y cascadas de nuestros intendentes bonaerenses. Ello no se opone á que sea la pasión sincera de los chilenos, su nostalgia incurable cuando lo dejan de ver y, como tal, el verdadero «rasgo prominente» que el poeta argentino Domínguez debería mencionar, entre «el sol ardiente»—¡tan característico del Brasil!—¡y el imponente ombú de nuestra «pampa grandiosa»! Sospecho que algunos lectores argentinos y muchos chilenos encontrarán que, por esta vez, carezco de entusiasmo. Basta á mi conciencia honrada saber que hago lo posible por ver bien las cosas y describirlas como las veo. Otros habrá que me declaren lince cuando prodigo elogios, y topo cuando formulo críticas: y éstos siquiera serán ingenuos. ¿Cómo no escribir de vez en cuando cum grano salis, si es en viaje, sobre todo, donde un hombre de gusto recibe cien heridas por día antes de devolver una por mes?)
Magníficamente, en su doble circo de serranías, el departamento de Santiago se despliega á mis pies: en proyección casi vertical el centro de la ciudad; los suburbios, en aérea perspectiva que huye gradualmente, reducida y esfumada, hasta fundirse en la primera ondulación de la montaña. No me cuesta imaginar que, en una fresca mañana primaveral, después de un aguacero que cristalice la atmósfera, lave los edificios y lustre las verduras flamantes, el panorama ha de ser encantador, sin perder nada de su grandeza. Me toca contemplarlo en esta tarde de otoño, agria y ventosa,—excepción tanto más deplorable cuanto que casi todos los días pasados han sido de una serenidad ideal,—después de seis meses de sequía que han tejido sobre las cosas su telaraña gris y tendido en el espacio un velo de polvo flotante, que empaña con la misma tinta neutral las construcciones nuevas y viejas, los mustios follajes de la alameda y los siempre verdes del encinar, los frescos cuadros de alfafares y praderas al pie de las colinas cercanas y los pedregales de sus laderas. La sola Cordillera, en su eterna y sublime tristeza, desafía estaciones y accidentes de luz: llena todo el naciente con su rugosa escarpa pizarreña, estriada de aristas y quebradas. Como una corona de plata sobre una frente encanecida, un blanco festón nebuloso aguirnalda la cumbre nevada: y en esa zona intermedia entre el cielo y la tierra, se duda si la cresta es un cirrus congelado, ó si será la desflecada nube un jirón de nieve de la cornisa andina, arrancado al pasar ...