El aspecto de la ciudad es monótono y triste. Como un vetusto damero divisado al soslayo, extiende sus manzanas sucesivas, regulares y descoloridas, sus azoteas de balaustradas alternando con el punteado de los tejados y las canaletas del zinc. Casi todas las casas, aun en los barrios centrales, tienen amplitud colonial; los follajes de los patios y jardines rebosan de los techos rectangulares, remedando los ribetes de musgo entre las losas de un patio secular. Desde aquí las habitaciones apiñadas recuerdan, bajo su capa blanquecina, un rebaño de ovejas apretadas en un corral; de trecho en trecho, como un pastor de pie dominando los vellones grises, un campanario de iglesia se yergue en el espacio. Ninguna originalidad, ni siquiera la copia correcta de estilo alguno. He visitado las iglesias, y su vista lejana me trae reminiscencias de su interior. La mezquina y moderna linterna de la Catedral acentúa aún las desproporciones de la pesada nave jesuítica. Las torres italianas de Santo Domingo son tan destituídas de carácter como las españolas de San Francisco, ó las góticas de tal ó cual otro templo de confección. Hacia el norte, cerca del cerro Blanco, la Recoleta Domínica evoca sus suntuosidades advenedizas: innumerables columnas y revestimientos de mármol blanco, pinturas murales de belleza oleográfica, arañas y candelabros, vidrieras y bóvedas de lujo flamante, dorado en todas las costuras, de una «banalidad» insuperable ... Por lo demás, esta decadencia de la arquitectura religiosa no es achaque especial de Chile, ni de América; reina en el mundo entero y hace cumplir su ley fatal. Hace más de dos siglos que las iglesias nuevas no son sino postizos de cal y canto—cuando no de adobe embadurnado. El templo levantado sin creencia es una copia inanimada que ni á la belleza externa logra alcanzar. Nace viejo y prolonga su existencia ficticia; se asemeja á una coraza de gliptodon: está intacta la envoltura, pero no es más una piedra lo que fué un organismo vivo.

Aun á la distancia, se nota la escasez del movimiento urbano, la casi nulidad de la labor moderna. No hienden el aire las chimeneas de las fábricas, no desgarran el silencio los agudos silbidos de las máquinas, ni llegan, por fin, á esta altura los potentes rumores de las colmenas manufactureras que, en otras partes, roncan de día y de noche y semejan la vasta respiración del monstruo industrial.—Pasa al pie del cerro la magnífica Alameda, llena de follajes y estatuas, bordada de mansiones señoriales, prolongándose desde el Mapocho hasta la Estación central de los ferrocarriles: no es mucho más concurrida y bulliciosa que la principal arteria de Mendoza. Al este, el río que acabo de nombrar suelta dos ó tres hilos de agua en su profundo lecho canalizado, separando el barrio popular de Ultra-Mapocho del resto de la ciudad; en su margen izquierda el Asilo de la Providencia, para niños expósitos, oculto entre frondosidades, me trae el recuerdo de una visita dolorosa ... Delante de mí, la calle de Agustinas se abre hasta la quinta Normal, con sus hileras de casas uniformes, sus veredas estrechas y vacías, sin más animación que tres ó cuatro puntos negros que se arrastran en cada cuadra.—Pero la vista quiere alzarse y descansar una vez más en ese admirable horizonte que bastaría á salvar á Santiago del mustio achatamiento. Como inmensas olas del diluvio súbitamente petrificadas á la voz de un Dios, las hileras de colinas se suceden, dominadas por otras mayores que dejan ver al macizo principal por sus anchas escotaduras. Por sobre los hombros graníticos de los cerros de Navia, San Cristóbal y Apoquindo, las dos grandes sierras extremas parecen observar eternamente el valle de Santiago. Al norte y al oriente la clara transparencia del cielo crepuscular destaca deliciosamente los finos dentículos de la montaña. Hacia el sud nebuloso, la hoya central de Chile se abre sombría y vaga, cerrando su paso el San Bernardo, como fuerte destacado que custodia la entrada ...

Por vez postrera, sin duda, paseo una lenta mirada de adiós por la primera ondulación de la cordillera, donde se recuestan en verde anfiteatro las praderas cercadas de arboledas europeas, los ricos parques y viñedos de Ñuñoa, Macul, Peñalolén, cuyo recuerdo tan reciente vuelve hacia mí ya velado de tristeza. ¡Oh! ¡estas nuevas simpatías á cada hora tronchadas son la gran amargura de los viajes! ¡Algunos amigos viejos han traído á muchos recientes, y en todos ellos he hallado manos y hogares abiertos, hospitalidad generosa y cordial, las mesas de familia con su tibia atmósfera reconfortante! ¡Cuánto cuesta cumplir con el deber de amar la verdad por sobre todo y, al decirla, herir acaso corazones leales que se quisiera acariciar!...

El crepúsculo ha sido breve; no hace una hora que el sol ha desaparecido tras la sierra de la Costa que, ahora, se proyecta duramente sobre el cielo opalino; se ha hundido en ese Pacífico que mañana surcaré, solo y sin muchas ilusiones. Ya cae la noche, instigadora y cómplice de las debilidades enervantes. Me siento melancólico como una vieja romanza. Por sobre la cumbre de los Andes, la luna asoma su cara pálida ¡y quedo mirando la luna! Sin cuidarme de estar ó no ridículo, llego á pensar que algo me trae de la Argentina: un tenue reflejo de otros ojos que la están mirando también, allá por el Retiro, en una casita llena de niños. Y tanto, tanto miro que, al fin, creo que el «sereno» me ha nublado la vista ... ¡Ay! ¡pobre Mefistófeles! ¿qué se hicieron tus ironías?...

Chile vale más mirado de dentro que de fuera, y esto es particularmente cierto respecto de su capital. Santiago no es, en detalle, tan mediocre como en conjunto. Olvidemos las exageraciones del patriotismo de campanario; no reparemos en los textos escolares que enseñan á los niños chilenos la evidente supremacia de su nación sobre todas las hispano-americanas, y celebran la grandiosidad de Santiago y la «magnificencia de sus edificios particulares y públicos». Es la verdad que la República Argentina no posee, sin disputa posible, una capital de provincia comparable con las dos principales ciudades chilenas. Ni Córdoba puede equipararse á Santiago de Chile, ni mucho menos el triste Rosario á Valparaíso. La capital, especialmente, posee algunos edificios bastante notables. No incurriré en la vulgaridad de prolongar estos paralelos materiales, ni estoy aquí para informar sobre albañilería; pero puedo afirmar que el palacio del Congreso nacional, la Escuela de medicina y algunas otras construcciones modernas, harían figura honorable en cualquiera ciudad americana. No dejaré de mencionar la Quinta Normal con sus múltiples aplicaciones, científicas, artísticas—y culinarias;—la Alameda soberbia, poblada hasta el exceso de estatuas militares y civiles, el gran hospital de San Vicente y, para no ser ingrato, el parque Cousiño, cuyas frondosas arboledas humillarían á las de nuestro Palermo. Pero si, para los porteños inteligentes, es materia entendida que Buenos Aires es una gran ciudad sin monumentos ¿cómo queréis que reservemos nuestra admiración para edificios como la Moneda, la Universidad, los bancos y teatros, las bibliotecas y colegios, los hospicios y prisiones, las iglesias y cuarteles—seguramente no superiores en general á los similares de allá, que reputamos insuficientes y provisionales? Algunas casas particulares son célebres por su lujo de construcción y amueblado ¡que las disfruten sus dueños y las admiren los snobs! Mientras existan los originales europeos, no tendré que celebrar sus copias americanas más ó menos correctas. Y seguro estoy de que algunas mansiones coloniales de aquella Lima, hoy arruinada y viuda de su antiguo esplendor, moverán mi sentido estético más hondamente que las opulencias allegadizas é importadas de ciertos palacios santiaguinos que no necesito nombrar y en los cuales, como diría Molière, abundan los «solecismos» de gusto y adaptación. Los grandes monumentos artísticos están en otra parte, allá donde se han desarrollado lentamente y florecido durante siglos las civilizaciones originales. Las naciones americanas son principalmente interesantes por sus sitios naturales, sus costumbres nativas en conflicto con instituciones más ó menos adventicias; y secundariamente por aquellas realizaciones materiales que son síntomas reveladores de su evolución política y estructura social. Á este respecto, la visita de algunas haciendas y fundos rurales es infinitamente más significativa que la de las «casas romanas» y «alhambras» de la capital.

En las puras democracias, es casi inevitable que la formación ó estructura urbana se extienda y predomine gradualmente sobre la rural. Durante mucho tiempo, puede, sin inconveniente y aun con provecho general, suceder lo contrario en las aristocracias. Desde este punto de vista, Chile y la Argentina se encuentran respectivamente en la misma situación que Inglaterra comparada con Francia. Entre nosotros, años hace que un gran «estanciero» ó agricultor no pasa sino por excepción algunos meses en su propiedad de campo. Dirige la explotación un mayordomo; los empleados y peones casi no conocen al verdadero patrón, que gasta en la capital—ó en Europa—el producto de la hacienda. No siendo dicha propiedad un punto de residencia habitual y, por otra parte, hallándose regularmente á distancia considerable de Buenos Aires, es natural que la casa é instalación sean provisionales y apenas confortables. Aquí las condiciones son muy diversas. La estrechez del territorio productivo aproxima las distancias, al par que la mediocre extensión de los fundos permite multiplicarlos en el mismo valle. Siendo terrenos de cultivo y regadío, es decir, de producción intensiva y valiosa—viñas, cereales, forrajes, etc.—su explotación es obra complicada y minuciosa que requiere la presencia del dueño y su inmediata vigilancia. Agregad á ello que el fundo es un feudo: la base y justificación de la estructura social, una morada estable así para el señor como para los siervos. De ahí que las haciendas rústicas chilenas sean, por lo confortables y hasta opulentas, verdaderas residencias «dominicales», habitadas gran parte del año por el propietario y su familia, que casi siempre han viajado en Europa, visitado á Francia, Alemania y sobre todo á Inglaterra, la gran escuela de la vida rural. Esta faz, con la minera, es la más interesante y característica de Chile. Lujo de ciudad, importado y chillón, lo hay en todas partes, y singularmente en las «tierras calientes». Lo que me parece propiamente chileno, es la sana y amplia existencia del gentleman farmer americano, en su fundo de viñedos y alfalfares surcados de acequias, con sus bodegas provistas de todos los aparatos de vinificación científica usados en Francia, disfrutando con su familia, en su casa llena de muebles, tapices, cuadros y libros, y rodeada de parques y jardines, todas las ventajas de la civilización urbana sin sus inconvenientes morales y físicos.

Esta faz social de Chile, lo repito, bastaría á revelar su estructura fundamentalmente aristocrática. Hay muchos otros rasgos que lo confirman. Algunos, como la educación pública, la vida política é intelectual, las preocupaciones de casta y religión son visibles á la distancia; otros son más íntimos y requieren observación directa: así, los gustos, las tendencias generales del carácter, las manifestaciones pasionales del individuo y de la colectividad. Estos son los más difíciles de determinar porque son los más importantes. Es facilísimo comprobar, por ejemplo, que la prensa periódica no ha salido aquí de la infancia, en cuanto á difusión é instrumento de información é influencia. El número de periódicos para todo el país es casi la mitad del nuestro; pero la circulación diaria total no excede por mucho la de un gran órgano platense. Su material es indigente; todos ellos se copian mutua y cándidamente; la misma noticia gira durante una semana, indefinidamente repercutida. La explicación es evidente: entre la clase dirigente, que es un grupo, y la masa popular que no sabe leer, falta á la prensa la inmensa clientela de la clase media.

¿Queréis ver confirmada esta última aserción, y comprobar la convergencia de ambos rasgos sociológicos? Observad el organismo educativo, y, desde luego, las estadísticas, que no acepto sino en globo y por sus totales más interesantes. En tanto que las cifras relativas á la educación superior y secundaria son en Chile mayores que las correspondientes en la Argentina, las estadísticas de la instrucción primaria revelan un cuadro exactamente opuesto. De las sumas respectivas, resultaría que las matrículas primarias alcanzan aquí á la mitad de las nuestras; pero si se consideran otros factores concurrentes, y especialmente la asistencia, creo que un tercio sería la proporción real. En cuanto á la calidad de la materia educativa suministrada, sería temeraria cualquiera afirmación categórica: pero si es posible extender á la totalidad los rasgos de una parte central, inducir el fondo por la superficie, la clase de enseñanza por el valor de algunos profesores, y el trabajo de los alumnos por el aspecto disciplinario del establecimiento, creo que también deben admitirse las diferencias cualitativas en el mismo sentido que las cuantitativas. La educación media y universitaria ha de ser más sólida aquí que allá; la común y normal decididamente inferior. Repito que estas apreciaciones son meramente conjeturales, casi instintivas, nacidas de impresiones forzosamente superficiales y fragmentarias. Además, la seguridad de ser leído en Chile me obliga á mantenerme en la vaguedad; no me resuelvo á precisar qué lecciones he oído, qué conferencias me han parecido deficientes; y no pudiendo torcer le verdad, prefiero omitirla.—La exacta justicia es posible con las colectividades, ó con ciertas individualidades cuyas obras y actos admiten de suyo la discusión. ¿Cómo sacar á la luz pública y en són de crítica á un modesto empleado, á un honrado profesor que se esfuerza quizá por ser irreprochable y tiene la ilusión de conseguirlo?

Existe, por otra parte, un criterio indirecto para apreciar la eficacia de la educación secundaria y superior de una nación; es el método evangélico: «por sus frutos los conoceréis». Fuera de las aptitudes personales, cuya selección se hace sin intervención extraña, hay un promedio de ilustración general, que se manifiesta en la prensa, en las revistas especiales, en la cátedra, en el parlamento,—y que puede tenerse por el producto directo de la educación. Agregando á lo que ya conocía, lo que en estos días he logrado colegir, creo poder ratificar la conclusión arriba formulada. Hay conciencia, estudio, aplicación en el vario ejercicio del pensamiento: pero este pensamiento en sí mismo carece de tendencia propia, de originalidad. La fibra nerviosa es sana y enérgica: no tiene espontaneidad. Ahora bien, esta irritabilidad delicada y espontánea es lo que se llama talento.—Pero un pueblo puede cumplir su evolución y ocupar dignamente su rango en la historia, sin que abunden en sus generaciones los hombres de talento original; así, la Suiza y, en cierto modo, los enormes Estados Unidos. Es verdad que los hábitos de estudio y conciencia científica no constituyen más que una asimilación; pero esta atmósfera intelectual es una condición de vida y fecundidad para los genios posibles. Otros países hay donde un espíritu superior que accidentalmente apareciera no podría desarrollarse por la inferioridad del medio circunstante. En Chile, el terreno está preparado para recibir al genio nacional que hasta ahora no ha surgido.

¡Dualidad extraña y al parecer contradictoria! Ese pueblo de fibra tan enérgica, ese conquistador lleno de audaz arrojo para la acción, se muestra en la especulación intelectual el más sumiso y tímido de los discípulos. Ha pedido á la Europa y á esta misma América sus iniciaciones diversas—á semejanza de sus antepasados coloniales que enviaron al Cuzco por civilización: ha oído las lecciones de Gay, Domeiko, Philippi, Courcelle-Seneuil, Bello, fuera de la pléyada argentina de la emigración que ilustró á Santiago, después de desbastar á Copiapó. No parece sino que esta prolongada influencia debiera imanar para siempre el acero nacional. Pero nada de esto ha sucedido: los sabios que desaparecen dejan un semillero de excelentes discípulos, juiciosos y aplicados, entre los cuales ninguno ascenderá á maestro. En la minería, que tanto han practicado, muchas modificaciones y procedimientos felices son chilenos—pero debidos á un ingeniero francés ó un boticario alemán aquí establecido. El vuelco favorable de su guerra con el Perú es en parte debido á la oportuna captura del Huáscar en Punta Angamos; ahora bien, un chileno me afirma que esa captura se hizo posible porque hubo en Valparaíso un extranjero que descubrió este huevo de Colón: limpiar los fondos del Blanco y del Cochrane, en pocos días y sin dique de carena, devolviéndoles así su perdida velocidad.—No son inventores en ramo ni grado alguno, porque no llegan jamás á dominar su materia con despreocupación y desdén de las fórmulas doctrinales. Magister dixit: tal es el principio y el fin de su sabiduría. Su actual discusión por la prensa nacional de la cuestión económica, es un «entrevero» de citas escolares: atribuyen á causas artificiales la desestimación de su moneda fiduciaria, en lugar de buscarla cada cual en el desequilibrio de su presupuesto casero, en el gasto superior á la producción,—lo mismo que entre nosotros,—á la baja de sus productos mineros, al desarrollo de la importación improductiva. Creen todavía en la anticuada majadería de Bastiat contra la «balanza del comercio» ó, despistados por el equilibrio aparente de su debe y haber, obtenido merced á la enorme partida de los salitres, no alcanzan á ver que esa exportación es ficticia para el país y sólo real para el fisco. En realidad, respecto de Chile, la situación económica no hubiera variado en absoluto si, en lugar de poseer á Tarapacá, impusiera á su legítimo dueño una contribución de guerra igual al producto fiscal de las salitreras. Fuera de la cuestión muy secundaria de los brazos chilenos allí empleados, es, pues, evidente que la exportación anual del nitrato de sodio podría subir de 20 á 40 millones de quintales y representar una entrada fiscal dupla de la actual, sin que la condición económica del país se modificara sensiblemente: no es producción nacional. En consecuencia, ¡se está clamando por una nueva discusión de la tesis en el Congreso reunido extraordinariamente, y por la promulgación de una ley que tenga la virtud de equilibrar el presupuesto de los que gastan más de lo que producen, y reciben mucho más de lo que envían á la Europa tutelar!