Sentiría que la brevedad material de cada esbozo engañase respecto de su contenido. Por cierto que no he encerrado en uno ó dos capítulos la sociología de una región. Pero acaso algún lector atento advierta que la forma ligera encubre un fondo sólido, y que alguna vez la concisión puede ser condensación. Tampoco he creído que fuera indispensable adoptar un plan metódico y un tono doctrinario, rechazando la poesía y la sonrisa, y vaciando una materia, de suyo elástica y vagabunda, en un rígido molde artificial. Sin mucho cuidado del orden lógico, he transcrito mis sensaciones instantáneas y mis reflexiones inmediatas, no rehuyendo las contradicciones aparentes ó reales, que son legítimas cuando completan el aspecto de la verdad. No teniendo sistema ni ideas preconcebidas, he dejado que este libro se depositara en mí, página por página, á merced de mis impresiones sucesivas. No he intervenido conscientemente en el experimento, para desviarlo hacia tal ó cual preocupación de secta, escuela ó partido, porque no acierto á descubrir en mí la sombra proyectada por cuerpos que no existen. Con sus errores y deficiencias, este es un libro de buena fe.

Uno de los vicios fundamentales de la educación pública consiste, como tengo dicho, en uniformar las almas y las inteligencias; á este respecto, la jesuítica es la peor de todas, no en razón de su tendencia sino de su disciplina. Como dice Mefistófeles, «se comprime el espíritu en botas españolas», imponiéndole violentamente la noción del rigor lógico y de la ley absoluta, que no existe en las cosas humanas, y edificando sobre el suelo firme de la realidad los castillos de naipes de las reglas abstractas y del puro raciocinio. El criterio de las ciencias históricas y aun naturales no debe ser, por ahora al menos, el de necesidad y certidumbre, sino el de contingencia y verosimilitud. Todo concepto práctico es una transacción. Las pretendidas leyes sociológicas son exactamente como las líneas de las altas cumbres y del divortium aquarum de las cordilleras fronterizas: todo el mundo las menciona y las traza en el papel, pero nadie sabe determinarlas en la práctica, porque en su forma geométrica no existen—son una mera abstracción. Pero esto debería decirse desde el principio: debería ser el gran principio, para que la educación no falseara nuestro juicio á los veinte años, hasta que la experiencia propia lo enderece á los cuarenta. Ese pecado original, fomentado entre nosotros por la dialéctica curial y sus miserables sofismas, engendra á su vez la intolerancia esterilizadora y funesta, como un residuo de la ortodoxia sectaria y de la antigua escolástica. No se admite en teoría sino el criterio absoluto: y por eso la teoría resulta falsa é impotente, puesto que lo relativo y contingente es la atmósfera misma en que «nos movemos y somos». Tan de antiguo avasalla nuestra mente ese concepto de dogma, que hemos torcido su sentido hasta amoldarlo á nuestra preocupación: dogma no significa más que opinión ó parecer.

Ahora bien: ya se trate de juzgar un acto, de apreciar una evolución social, ó simplemente de exponer la sensación producida por la naturaleza ó la obra de arte ¿con qué se forma la opinión sincera y personal? Con la reacción, evidentemente, del sujeto ante el objeto. El sujeto es una inteligencia individual, nunca idéntica á otra, aunque la educación tenga por efecto y defecto atenuar la originalidad. Llevo ante las cosas el conjunto de mis ideas, tendencias, gustos y hábitos propios, y como éstos no son en ningún caso iguales á los de mi vecino, tiene que ser diferente en cada caso la impresión, si es espontánea y valedera.—Debe afirmarse que cualquiera opinión se falsea más y más al paso que se generaliza.—Sin duda, parece que ocurriera lo contrario, porque vivimos repitiendo juicios aprendidos y frases hechas. El consensus omnium es la contraseña de nuestra domesticidad mental. No hay un hombre entre cien mil que escape á la sugestión de un libro ó de un discurso, y lo que es peor, á la vulgarización creciente que se difunde por el periódico.

Ha dicho Amiel: un paisaje es un estado de alma. La fórmula no es nueva, como tampoco otras análogas de Diderot, Taine y el mismo Zola. Todas derivan de la de Bacon, mucho más amplia y comprensiva: ars, sive additus rebus homo. El arte, pues, es el hombre agregado á las cosas. En estas páginas, por consiguiente, no encontrará el lector la naturaleza y las gentes americanas, sino tal cual se han revelado al observador, al través de su idiosincracia y su humor variable. Cualquier otro observador, igualmente sincero, haría un cuadro muy distinto. Toda producción artística, buena ó mala, es una combinación de la realidad con la fantasía; y sin duda, cuando de impresiones de viaje se trata, lo que ante todo resulta parecido, es el retrato del viajero.

Espero, con todo, que en estos ensayos algo más importante se dejará traslucir: y es una tentativa literaria plausible, aunque se haya malogrado por insuficiencia del artista é imperfección de su instrumento.—Es muy sabido que el autor de estas páginas maneja una lengua que no es la suya. Muy lejos de erigir en sistema su propia torpeza, procura atenuarla cada día, acercándose á la corrección gramatical, base y fundamento del estilo. Si no escribe mejor en español, no es por soberbia francesa, sino porque no sabe más ...

Dicho esto con entera ingenuidad, me es imposible aceptar el castellano como un instrumento adecuado al arte contemporáneo. Sonoro, vehemente, oratorio, carece de matices, mejor dicho, de nuances—pues es muy natural que no tenga el vocablo, faltándole la cosa. Es la trompeta de bronce, estrepitosa y triunfal, empero sin escala cromática. La evolución presente tiende al fino análisis, á la sutileza, al cromatismo, como que obedece á la ley de disociación progresiva. En el arte, como en la moda que lo refleja, reina el matiz. Es probable que en el siglo XX—las disonancias wagnerianas lo hacen prever—no bastarán los intervalos y acordes usuales como medio de expresión armónica. Lo propio, naturalmente, acaece con la lengua literaria. Por ejemplo, el estado actual de la prosa francesa, la más elaborada de todas, es el último paso de una evolución incesante que, sólo en este siglo y desde Chateaubriand hasta Loti, cuenta siete ú ocho estadios visibles. La lengua española no ha sufrido ni admite este trabajo de transformación: se rige siempre é invariablemente por sus clásicos. Ahora bien: todo producto orgánico que se estaciona, se desvirtúa; y los que declaman sobre la riqueza presente de un instrumento secular, aplicando un concepto inmutable á un proceso esencialmente evolutivo, desconocen los términos de la cuestión.

No es este el lugar para mostrar cómo el sentido de la naturaleza y el delicado análisis del sentimiento tenían que quedar embrionarios, en un país que no cuenta un gran psicólogo ni, al lado de artistas soberanos como Velázquez y Murillo, un solo paisajista ... Sea de ello lo que fuese, no es discutible que sea la lengua escrita, en cualquier momento de la evolución social, el instrumento de expresión y exacta medida de la civilización ambiente. Eso es, y nada más. El español ha sido la primera lengua del mundo cuando la civilización española ocupaba el primer lugar. Durante la edad media la lengua de Virgilio se degradó al mismo nivel que el arte medieval; y lo que hoy se balbucea en Atenas, es una jerga gitana del luminoso verbo ático. No creo que se mire una ofensa en la simple comprobación de un hecho evidente. La civilización española contemporánea no es aislable de las infiltraciones exteriores: vive de reflejos, así en la idea como en la realización; y es singular ilogismo, en quien tan dócilmente acepta las cosas extranjeras, una oposición tan viva á las palabras, que son el signo inalienable de aquéllas. Puede que sea una crisis pasajera, y nadie lo desea más que yo.

Entretanto, considero atendible cualquier esfuerzo encaminado al propósito de alcanzar un estilo literario más sobrio y eficaz que nuestro campaneo verbal, á par que más esbelto y ceñido al objeto que la anticuada notación española. Tal empresa, sin duda, era superior á mis fuerzas,—acaso á las de cualquier escritor. Para renovar el estilo (no tanto en su letra, cuanto en su espíritu), sin rebajarle al nivel de una jerga cosmopolita, fuera necesario poseer por igual,—además del talento robusto unido al más delicado sentimiento del arte,—el espíritu extranjero en su más sutil esencia y el castellano ó nacional en toda su plenitud. Es un caso de imposibilidad, casi un círculo vicioso.—Con todo, la tentativa no habrá sido estéril si, entre los jóvenes argentinos que se preparan á sustituirnos, hay quien recoja siquiera la indicación ...

Pero, del mismo concepto antes formulado, se deduce que la reforma exterior implica otra más radical y profunda, ya que la general flaqueza del estilo no es sino el fiel indicio de un pensamiento sin vigor. Otro proceso más grave es el que falta iniciar, para que la mejora importe una transformación. La misma educación nacional es la que se debiera reconstruir por su base, desde la planta hasta el coronamiento, reservando la discusión frívola y bizantina de los diseños perfectos. Y es otra vanidad que he visto debajo del sol, esa inquieta per de los programas ideales—sin duda, ¡automóviles!—cuando en realidad lo único importante es inocular á la juventud, por la autoridad y el ejemplo, hábitos de trabajo obstinado y sincero ¡aunque éstos se aplicaran al aprendizaje del guaraní! En el viaje de aplicación de los guardias marinas, es casi indiferente el itinerario: lo esencial es aprender á navegar. Adquiramos el sentimiento del deber, el amor á la ciencia, la convicción del esfuerzo necesario, y todo lo demás vendrá por añadidura. Pero, aun suponiendo que se tuviera la palanca ¿dónde encontrar por ahora el punto de apoyo?