Acabo de recorrer el librito de apuntes en que, diariamente, durante cuatro meses de aclimatación chicagoense—apenas interrumpida por breves excursiones á los Estados cercanos—he reflejado algún aspecto fragmentario de esta prodigiosa «Porcópolis», como la llaman aún sin cortesía algunos rezagados: con su atronadora Exposición universal, sus cosas y sus gentes, sus pompas colosales y sus obras pelásgicas. Son doscientas páginas de mi letra menuda: notas instantáneas, independientes, y muchas veces contradictorias, que se estrujan y codean sin conocerse, á manera de la compacta muchedumbre que hormiguea por esas cuadras de Wabash Avenue,—sin más rasgo común que la absoluta despreocupación del estilo y la sinceridad evidente, casi diría la exactitud fotográfica de la impresión.
Allí encuentro esbozos de descripciones, perfiles de tipos forasteros y «domésticos», como aquí se dice; trizas de diálogos, cogidos al vuelo callejero ó pescados con caña paciente en el dormido estanque de un salón; croquis de escenas conmovedoras ó burlescas,—rápidos bosquejos de cuadros que acaso no pintaré jamás. Reviven para mí en promiscuidad caprichosa—de efecto cómico tanto más irresistible cuanto menos intencionado—las extrañezas y los contrastes de esta sociología fenomenal, elemental. Una visita á los corrales (stock-yards) se inserta entre dos congresos científicos ó literarios; un examen en la Universidad después de un mareo en la Bolsa; asisto á una procesión cívica, empavesada de cintas y banderas, bruscamente cortada por los carros de bomberos que vuelan al segundo incendio cotidiano, y que sigue luego su marcha de opereta, por entre la cencerrada estridente que acompaña las charangas de la manifestación. Me veo presentado, en el hall de Lexington Hotel, al socialista Henry George, por un monseñor católico cuya sobrina es type-writer en mi imprenta, y, después de una interesante conversación, nos separamos los tres sin saludarnos.—He anotado excursiones al «Lado norte», que comienzan en los elevadores de trigo sobre el río, se continúan en los colegios y la biblioteca de Newberry—¡pobre, pero honesta!—para rematar en Lincoln Park; y otras excursiones al sud, tan numerosas éstas que ocupan la mitad del libro, como que van, no sólo á la exposición, sino á casa de casi todos mis amigos. Cuando no por la vecindad de la página, los contrastes se acentúan por la asociación de las ideas: una función religiosa en un templo presbiteriano, donde un self-made tenor despelleja los Rameaux de Faure, evoca una rapsodia teatral llamada Old Homestead, en que otro ex-barítono acaba con lo que ha quedado de la infausta melodía. Un repórter del Daily News, literato de buen jarrete que vuela en biciclo por esos empedrados—¡Musa pedestris!—jadeante, salpicado de barro hasta la nuca, me transporta al salón de la novelista Mrs. Hartwell Catherwood: no por parecerse ambos escritores, sino por ser allí donde le conocí, noches pasadas, declamando versos de gran etiqueta en traje sentimental. El apunte de una exhibición en el circo de Buffalo Bill, cuajado de espectadores entusiastas, revive el recuerdo de Hooley’s Theatre, donde Coquelin, delante de media sala, alcanzaba un succès d’estime; ó del Music Hall, donde la excelente orquesta de Thomas arrojaba á cincuenta oyentes de lance las margaritas de la sublime Sinfonía en la. Asisto en Michigan Avenue al desfile de los carruajes, con caballos de sangre y lacayos de librea, que se abren paso tranquilamente por entre los grupos de anarquistas que vociferan delante de la estatua de Colón: allí mismo se desarrollará el indescriptible «carnaval» de Chicago Day, que llevó setecientos mil mirones á la feria;—y, algunos días después, el mismo pueblo curioso é indiferente llenará las veredas para ver pasar el entierro del lord mayor asesinado ...Así, hoja por hoja, día por día, se suceden ante mi vista y mi imaginación las escenas fugitivas. El apellido ilustre de Armour encabeza dos páginas cercanas; en la una, como salchichero colosal; en la otra, como apóstol de la educación. La inmolación cotidiana de cinco mil cerdos le ha dejado cincuenta millones, la erección de un gran colegio le ha costado dos: saldo acreedor, cuarenta y ocho millones—y, además, el diploma de benefactor de la humanidad. Compruebo dolorosamente que ambas instituciones no son igualmente populares: en el Packing-House quinientos visitantes asisten con emoción á la metamorfosis maravillosa y casi instantánea del cuadrúpedo gruñidor en conserva alimenticia; pero estoy solo en el Armour Institute para admirar los ascensores y tapices, los mármoles y cristales, los salones suntuosos, á cuya luz eléctrica ochocientos alumnos de ambos sexos aprenden un poco de todo, desde la cocina hasta el griego, desde la costura á máquina hasta el cálculo integral—fuera de un curso libre de flirtation que no figura en el programa.
Las reflexiones morales no son menos diversas que los rasgos pintorescos: tropiezo con gritos de admiración y de sarcasmo casi en la misma página; al principio, sobre todo, antes de la aclimatación, la rechifla es casi continua: lo incompleto, insuficiente y grosero de esta civilización mecánica y al por mayor exaspera mis nervios latinos. No soporto esos manoseos, pisoteos y perpetuos rozamientos de paquidermos indiferentes: el mayoral que me golpea en el hombro, el policeman que me agarra del brazo, el forastero que me pide datos á distancia de cuatro metros, sin mirarme antes ni después. Otros mil rasgos de cada hora, de cada minuto, me mantienen en cierto estado de irritabilidad, probablemente exacerbado por el clima brutal, y esa repugnante atmósfera de fragua que lo ensucia todo, ataca luego los ojos y la garganta, estampa en gentes y cosas su sello de vulgaridad. El frac de los mozos negros me inspira repugnancia por el frac: allí están, bullendo en el gran comedor de Palmer-House, agitando sus cuatro aspas de ébano en una desordenada coreografía de minstrels, tropezando en las sillas, rompiendo vajilla, cumpliendo á pedir de boca yankee su fantástico servicio, que remeda no sé qué bámbula «macabra» de chimpancés mal domesticados. ¡Oh! ¡my!.. En los teatros, la inepcia del espectáculo es superada por la estupidez del espectador. En el smoking-room de algunos grandes hoteles hay un mozo encargado de distribuir á cada recién llegado un pedazo de leña: es para que en la hora solemne de la digestión, cuando los zapatos se alinean en el borde de la vidriera que mira á la calle, fumadores y mascadores se dignen esculpir con su navaja el palillo, y no los brazos del sillón: pero prefieren el sillón. Etcétera, etc.
Pero, he aquí que tropiezo con rasgos distintos, fielmente consignados por el observador imparcial. En esa baraunda de gentes que me codean rudamente por las veredas, se me cae un papel, y un transeunte que pasaba como una flecha se detiene para alcanzármelo; en la esquina de State y Monroe Streets, un pobre ciego quiere cruzar la calle cuajada de tranvías, carruajes y muchedumbre: una señora le toma del brazo; el policeman, Josué con casco de corcho, levanta la vara de justicia, y se detiene el Jordán hasta que la pareja gana la otra orilla. En un tranvía abierto, un cablecar que lleva ochenta pasajeros para cuarenta asientos, reniego contra mis vecinos que, con sus cuatro pies que parecen ocho, me han pisoteado, estrechado, reducido á una forma de anchoa; una mujer da un grito: ¡thief! y tras del ladrón que se desliza como anguila por entre el gentío compacto de Van Buren Street, el conductor y mis dos insoportables vecinos ya «pegaron» el brinco y echaron á correr; al medio minuto reaparecen; el uno trae el dollar arrebatado, el otro remolca al pick-pocket agarrado del pescuezo, que da pataleos de conejo hasta caer en poder del robusto policeman; ni la mujer da las gracias, ni los sabuesos voluntarios reclaman sus asientos ya ocupados ...
Una corriente profunda de fraternidad humana circula por bajo de la áspera superficie. Esta misma aspereza está hecha de energía y de pasiva conformidad; así en lo principal como en la accesorio, la doble fibra torcida se muestra en su desnudez. Ya se trate del deber ó del placer, bajo el sol de plomo ó la lluvia helada, hombres y mujeres van adonde resolvieron ir. Un estorbo detiene un coche: nadie prorrumpe en esas griterías inútiles y grotescas que tanto acostumbramos. Dos carruajes pueden engancharse y desengancharse, faltando el acompañamiento obligado de dicterios soeces, sin cuya doble salva los cocheros parisienses creerían faltar á su misión. Y así, lo repito, en lo grande como en lo pequeño. Entre cien rasgos anotados, he aquí dos más, tomados al acaso.
En un recibo de Mrs. H. Palmer, «la reina de Chicago», estoy conversando en un rincón con el hijo del senador B ...; se acerca á darme la mano un pobre filólogo eslavo que ha venido desde no sé qué aldea danubiana, para disertar en el Congreso de lingüística ¡sobre el alfabeto cirílico! El digno sármata calza botas enormes, viste una hopalanda de mugik y conserva en la mano un gorro bordado que enternece. No habla inglés, ni francés; fuera de sus lenguas sabias y de los dialectos nativos—que le son tan útiles aquí como un billete del banco de Belgrado,—se expresa en un mal italiano dálmata, mechado de germanismos. Entramos juntos en el suntuoso salón: la bella «presidenta», estrepitosa, constelada de perlas y brillantes, más resplandeciente que una custodia, nos tiende la mano, sin marcar diferencia entre el correcto Mr. B ... y el pintoresco danubiano, que la contempla como á su panagia ortodoxa. Ella le habla inglés, francés, sin éxito apreciable; hasta procura juntar algunas migajas de libreto italiano, desparramadas en su memoria: molto piacer, benissimo, buona sera ... Hace lo que puede; está encantadora, y su chapurrado gracioso vale una gramática.—Debo agregar que, á cuatro pasos de nosotros, el padre de la diosa, viejo corsario comercial encallado en la costa, sigue su chewing sin disimulo y parece encontrar que el salón de su hija está mal dotado de salivaderas ...
He pasado la velada siguiente en casa de una pobre profesora de elocución del Conservatorio. Tiene veinte años, es instruída, inteligente, honrada; cruza en todo tiempo por esas calles desiertas de un barrio nuevo; trabaja el día entero para sostener á su madre, á su padre anciano, á un hermano menor: acepta esa existencia de sacrificio sin perder una sonrisa. Me enseña inglés con una paciencia y un desinterés que me embarazan, mostrándose muy agradecida cuando le regalo un libro, una butaca de teatro, una pieza de música. Gana ochenta dollars por mes con sus lecciones, y su ajuar de todo el verano se ha compuesto de tres vestiditos para la calle y uno de lujo para los recibos, pues pertenece á la mejor sociedad. Esta noche, sin embargo, está estrenando otro de tres ó cuatro dollars; no disimula su ingenua alegría: «¿Cómo me sienta my new dress?» Le sienta á maravilla. Á las diez, interrumpe la explicación de Julio César, que recita con talento yankee, es decir con habilidad aprendida, para atarse un delantal blanco y preparar el chocolate. Me grita desde la cocinita contigua: «¡Lea Vd. en voz alta el discurso de Mark Antony, le corregiré!» Pero la madre aprovecha la coyuntura para enseñarme una crónica del Chicago Herald, en la que se elogia líricamente á su hija á la par de la millonaria miss B., por una comedia que han desempeñado juntas en una función de caridad.
Ved ahí dos notas diferentes, pero ambas por igual significativas, y que se apartan notablemente de las que un turista europeo puede coleccionar entre su hotel y la Exposición. Hay muchas otras; la siguiente, por ejemplo, que no transcribo sin un estremecimiento.—He asistido á la quemazón completa, en tres horas, del Stock Pavilion, en la Feria: con heroica locura, cuarenta bomberos se han arrojado al quinto piso, donde el fuego había estallado. La construcción de madera, llena de aceites y materias inflamables, arde como una caja de fósforos: cuando quieren volver, impotentes y desalentados, la llama voraz les cierra el paso. Han trepado por la escalera interior que se derrumba, calcinada; no hay tiempo para que lleguen las escalas de la estación más inmediata: todo salvamento es imposible. La multitud apiñada prorrumpe en un clamoreo desgarrador, al ver á los hombres que se descuelgan en el vacío, aplastándose en el suelo como racimos. El calor es insoportable, nuestras frentes chorrean; pero me parece que algunas gotas que corren en nuestros rostros pálidos no son tan sólo de sudor. Las astillas ardientes llueven en las cabezas; nadie se mueve, petrificado por el horror; se percibe por instantes el jadeo de diez mil pechos. Pero se levanta un grito más terrible que los anteriores, un potente mugido de bestia herida que hace correr por mi carne un escalofrío: un capitán y tres hombres más han aparecido en la cúpula ya vacilante, esperando el desplome fatal, y allí, en un moritari sublime, saludan al pueblo que aclama su agonía ... No pretendo que no haya existido cuadro más patético: digo que no lo he visto jamás ...
Y ahora, la atroz nota burlesca, que en esta mísera tragedia humana nunca está lejos de la nota sublime: en los intervalos de ese silencio coagulado por el terror, llegaba, desde el otro lado de la calle, la música salvaje del Dahomey, en Midway Plaisance ...—¡Midway-Plaisance! la faz exótica, carnavalesca é intérlope de la ya tan abigarrada Exposición: con sus casas de té chinas y sus palacios moriscos de contrabando, sus bazares indios y japoneses de mala ley, sus bayaderas orientales que hablaban el francés de Montmartre; sus orquestas húngaras, turcas y africanas; su calle del Cairo sospechosa, su Old Vienna dudoso, y su café tunecino que no dejaba lugar á dudas ... Ha sido la faz socorrida y productiva de la Feria,—¡la que «pagaba», según repetían los miembros del Comité central, con su fino gusto y elevado sentido de la civilización!