La última tarde que pasé en Salt Lake me ha dejado una impresión extraña é indeleble. Con mi inseparable coronel L., fuí á visitar el fuerte Douglas, donde el regimiento 16º de infantería está acuartelado. Es cosa visible que, para la parte culta de la población, la presencia de este cuerpo de línea es doblemente penosa: por los recuerdos de pasadas represiones que evoca, y la situación de mero territorio, que las bayonetas federales acentúan. El fuerte domina la ciudad desde la falda de Wasatch Range; el paraje es tan ameno cuanto eficaz la posición estratégica. El camino, por el tramway eléctrico, es un paseo encantador entre quintas y alamedas. Al paso que se trepa la colina, el horizonte se ensancha hacia el oeste; la altura y la hora refrescan deliciosamente el ambiente. En las cercanías de la esplanada, los oficiales casados ocupan bonitos chalets llenos de plantas y flores; la intendencia y la enfermería son residencias campestres; la «villa» del coronel, con sus dos pisos y doble verandá, rodeada de jardines, ocupa un ángulo de la plaza, en que circulan los coches de los paseantes. La tropa maniobra en el glacis cercado de árboles y césped; el uniforme obscuro y los cascos de punta remedan los del ejército alemán; pero la vida casera ha espesado á los oficiales, que afectan vanamente la tiesura germánica: sudan y se fatigan durante sus inocentes contramarchas de una cuadra. Esas tropas de línea parecen milicias territoriales, casi compañías de bomberos voluntarios. El jefe veterano asiste paternalmente á la parada desde un banco del paseo. Oigo un doble grito de sorpresa, y veo á mi propio coronel precipitarse en los brazos del otro[24]; éste se vuelve luego hacia mí y me sacude la mano con energía: ¡very glad, all right! ... Y en tanto que esas ruinas fraternales pasan lista de sus compañeros de armas, ausentes ó difuntos, contemplo embelesado el valle pintoresco que se desenvuelve á mis pies.

La masa entera de la ciudad se funde en una niebla azulada; las oleadas del follaje obscuro circundan los edificios casi invisibles; las torres de las iglesias y las chimeneas de las fábricas yerguen sus pirámides agudas y sus tallos rígidos, simbolizando materialmente la fe y el trabajo: las dos fuerzas hermanas que han cumplido la obra de la civilización. El orgulloso Templo mormón está cercado y como acometido por veinte capillas disidentes, tan varias de estilo como de creencias, pero unidas en un solo propósito hostil. El lago Salado, estrecho y terso como una hoja de acero, se alarga de norte á sur, semejando el islote de Cattle la empuñadura de ese alfanje que el sol poniente hace centellear. Un cañonazo da la señal de arriar la bandera que flota en el mástil de la esplanada: delante del regimiento formado y los oficiales que lo saludan, el estandarte rojo y blanco desciende lentamente á lo largo de su driza, con no sé qué religiosa solemnidad. Designando las estrellas de plata en campo azul, que representan á los Estados, murmuro á media voz: Falta una ... El jefe endereza la cabeza, me toma del brazo y, alargando hacia Salt Lake su bastón de inválido, me contesta: «Estará dentro de poco: ¡befor long! ...»

Ahora el sol se ha ocultado detrás de la Sierra Nevada; el crepúsculo triste desciende en la colina; el regimiento vuelve á su cuartel, precedido por la música ya lejana que toca la Marcha de Sherman, ensordecida por la distancia cual por el tiempo que nos separa de la evocación. En esta soledad casi augusta, el himno marcial y bien ritmado, que sé de memoria desde San Francisco, me trae recuerdos de lecturas y como ráfagas de esas victorias sangrientas que fueron también triunfos morales. El golpe de audacia del general Sherman, cortando sus comunicaciones con el norte para cruzar la Georgia confederada sobre un espacio de 250 millas y buscar el mar, es un hecho de guerra de primer orden; pero, ante todo, significa para la historia el aniquilamiento definitivo del funesto espíritu separatista, el predominio y la salvación de la nacionalidad, la cauterización necesaria, si bien dolorosa, por el hierro y el fuego, de la llaga vergonzosa y secular de la esclavitud ... Tomo del brazo á mi pobre viejo coronel retirado, que ya no me parece ridículo, y, bajando con él la esplanada del bastión, repito con extraña emoción los versos del canto popular, cuya música apagada nos llega aún en el silencio de la noche:

So we sang the chorus from Atlanta to the sea,
While we were marching through Georgia...


XIII

CHICAGO

I

OJEADA RETROSPECTIVA AL KALEIDOSCOPIO