Pero, aun antes de la proclamación dogmática de la poligamia, es necesario ver en los textos apostólicos lo que realmente se oculta debajo de esos artículos de fe, para convencerse de que no es el mormonismo, como lo dije, más que la disparatada parodia del cristianismo. Su trinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo está constituída en realidad por dos hombres inmortales y un fluido esparcido ¡análogo á la electricidad! El Padre y el Hijo revisten cuerpo; comen, beben, tienen mujeres, en medio de una corte de elegidos que viven como ellos. La «salvación» es la entrada en esa vida inmortal de banquetes y amores libres, que parece un tippling-house del paraíso de Mahoma. Cristo ha tenido ya una resurrección después de su muerte; pero cumplirá otras dos ... José Smith, que no miraba mucho más allá de su propia existencia—«¡después de mí el diluvio!»—había fijado para 1890 la próxima venida de Jesucristo. Los mormones actuales tratan de hacer olvidar la malhadada fecha; pero no pueden destruir todos los textos ya impresos; se contentan con omitir la cláusula en las nuevas ediciones. Desde 1890 debía comenzar el reinado efectivo y corporal de Cristo en Salt Lake, el cual duraría mil años; la tierra sería un inmenso jardín, «surcado de ferrocarriles y telégrafos», con casas de oro y piedras preciosas, donde los gentiles seríamos los sirvientes de los «Santos del último día». Todas esas torpezas y locuras, además de las que omito, representan el ideal de un artesano yankee, exaltado por la lectura de la Biblia y embriagado por los reclamos charlatanescos de una prensa para emigrantes famélicos, que coloca el fin de la civilización en la riqueza, la hartura física y la enormidad material.

El evangelio nuevo se encontraba á nivel de esas poblaciones de pioneers enérgicos é incultos. Se propagó con la rapidez de un incendio en la pradera. En 1830 Smith dió principio á su misión, convirtiendo á cinco miembros de su familia; algunos años después predicaba delante de veinte mil adeptos. Los ataques violentos, las persecuciones del populacho, atraillado por las sectas rivales, producían el efecto del viento en la quemazón: lejos de apagar el entusiasmo, duplicaban su ardor. Cuanto más grotescos y ridículos fueran los sermones de Joe, más absurdas sus visiones y profecías, tanto más eficaz era la propaganda. La naciente asociación satisfacía á la par los dos sentimientos cardinales del alma americana: la intensidad de la aspiración religiosa y la energía del espíritu positivo y práctico.

El mero hecho, en efecto, de acometer un territorio virgen cualquier grupo laborioso y disciplinado traía inmediatamente la abundancia y la prosperidad. Suponed que diez mil familias, vinculadas por un espíritu de confraternidad y absoluta obediencia á dos ó tres jefes ambiciosos, se establecieran en el río Negro ó en Misiones, en grupos compactos y abnegados, dispuestos para el trabajo y el sufrimiento: en diez años transformarían el desierto en un distrito exuberante de riquezas. Los jesuítas lo consiguieron en parte, en sus reducciones de la América española; pero no eran allí sino el Estado mayor europeo de un ejército indígena; además no podían «crecer y multiplicar», al igual que estos polígamos sometidos voluntariamente, y ad majorem Dei gloriam, ¡á una organización tan fuerte como la jesuítica!

Los progresos anuales de la secta le permitían ya desprender enjambres por el oeste, en el Ohío y el Missouri. Cerca de Independence, en el condado de Jackson (Missouri), fundaban la «Nueva Sión», desbordándose en los condados vecinos de Clay y Lafayette; invadían los condados de Portage, Carroll y Lake en el Ohío; fundaban en Kirtland bancos, manufacturas, un templo que costó 41.000 dollars y fué dedicado en 1837. Arrojados del Missouri por el odio y la envidia del populacho, creaban á Nauvoo, en la frontera de Illinois, cerca de la confluencia del río Des Moines y el Mississipi: en pocos años la soledad se convertía en un «sitio de abundancia y riqueza» (an abode of plenty and richness). Las mieses y el ganado cubrían las campiñas; los botes cargados de pasajeros y mercaderías surcaban el gran río; las anchas calles se llenaban de edificios públicos y residencias. Se erigió un templo sobre los planos de Smith, que el arquitecto «gentil» encontró tan absurdos como complicados; pero el Profeta tuvo una consulta con el Señor, quien declaró que el mamarracho le parecía ¡all right!—Se enviaban misiones de reclutamiento á Europa, África, Palestina, y afluía una inmigración más numerosa que selecta, cuyos desórdenes fueron la causa ó el pretexto de la creciente hostilidad de la población. Smith obtuvo para Nauvoo y su territorio carta de distrito libre, y gobernó su «teo-democracia» con el absolutismo de un rey oriental, cuya poligamia practicaba ya aunque no era todavía un dogma promulgado.

No parece dudoso que en esta época (1843) la exaltación mental de Joseph fuera un pródromo del delirio de las grandezas. Trataba con risible altivez á los prohombres de Washington, exigía de Clay y Calhoun declaraciones categóricas acerca del mormonismo; concluyó por lanzar su propia candidatura presidencial. Su despotismo doméstico acarreaba la defección de algunos adeptos importantes, que descorrían el velo de una conducta muy poco profética. Esas discordias intestinas atizaban el odio instintivo ó interesado del populacho. Se produjeron denuncias graves; el gobernador del Illinois, pasando por sobre las franquicias otorgadas, dictó auto de prisión contra el profeta y sus consejeros. El 27 de junio de 1844 la cárcel fué asaltada y el profeta asesinado. Era ya tiempo para la secta y la misma carrera extraviada del reformador. El crimen de la canalla transformó al loco en mártir de su religión.

Fué elegido Brigham Young, contra las pretensiones, al parecer fundadas, de Sidney Rigdon, á quien se excomulgó. Pero Brigham Young, que tomó el título desde entonces definitivo de Presidente, era el hombre del momento: the man for the hour. El rudo carpintero, cual otro zar Pedro, era el único capaz de dominar esos elementos rústicos, salvando la institución por la disciplina y la energía. Comprendió, desde luego, que la posición no era defendible y, después de inaugurar el nuevo templo, lo abandonó todo y preparó sin descanso la expatriación.

El éxodo cruel comenzó el 4 de febrero de 1846: millares de familias cruzaron el Mississipi congelado. Detalle que hace estremecer las entrañas: en esa primera noche de frío terrible, bajo la lona de las carretas, once criaturas vieron la luz. ¡Ay! ¡miseria profunda del rebaño humano! En carros, á caballo, á pie, con el ganado que se pudo salvar, la caravana se abría camino por las nevadas llanuras y los desiertos del Iowa. Pasó el invierno, más breve que el odio de los hombres; en junio, la vanguardia, conducida por el mismo Young, divisó el Missouri; los pájaros cantaban en las sabanas cubiertas de flores; y los indios omahas, menos despiadados que los cristianos del Illinois, recibieron con bondad á los proscriptos. Allí se detuvieron algunos meses, en Council Bluffs,—que es hoy una encantadora villa y la estación convergente de las líneas del oeste con la Union Pacific. Algunos peregrinos cruzaron al pronto el Missouri y levantaron sus casuchas en la opuesta orilla, delineando la que es hoy ciudad de Omaha, con 150.000 habitantes, y aspira á ser, con Kansas City, la rival futura de Chicago ... Evocaba estos recuerdos melancólicos en la tarde de verano en que pasé el puente del Missouri, para ir á esperar el tren en la estación vecina. Y no pretendo que esta evocación sea del mismo orden artístico que la de Chateaubriand en el valle de Esparta ...

Volvió el invierno cruel con sus vientos y sus escarchas; los fugitivos tuvieron que cavar cuevas en los bluffs (barrancas) que sustentan hoy pintorescas residencias. Al fin asomó la primavera de 1847, y con ella aparecieron los emisarios que Young enviara, cual otro Josué, á explorar la nueva tierra de promisión: uno de éstos era el actual presidente Woodruff. Después de otras semanas de fatigas, el valle del Utah fué divisado desde las montañas del este.—Todavía tenían por delante muchos años de sufrimiento y escasez, antes de transformar ese yermo poblado de indios y azotado por mangas de langostas, en el terrestre paraíso que he descrito. Para soportar esas penurias y, finalmente, vencer en la lucha con los hombres y la naturaleza, no eran suficientes la fibra del colono americano y el temple del settler aventurero. Fué necesaria la energía indomable y siempre renaciente, que infunden en el alma humana la fe religiosa y la confianza en un Dios tutelar. Diez años después, el Utah era el territorio más rico y floreciente del país: contaba ochenta mil mormones en el solo valle, fuera de un número mayor en el resto del mundo y que se sentía atraído á la nueva Sión. El triunfo del «Evangelio eterno» parecía asegurado: el gobierno de Washington lo sancionaba, nombrando á Brigham Young gobernador político del territorio que era su obra y creación.—Entonces visitó Salt Lake el francés Rémy, cuyo libro optimista no tiene hoy más importancia que haber inspirado á Taine un estudio profundo y magistral, como todo lo que ha salido de su pluma soberana.

Después de cuarenta años transcurridos lo visito á mi vez, pero es para comprobar que todos los progresos materiales, antes iniciados por obra del mormonismo, se han llevado á término contra su influencia decreciente. Al día siguiente de su conquista, la población mormona quedaba estacionaria, en tanto que la inmigración «gentil» crecía en número y poderío, hasta triunfar en las últimas elecciones municipales.—¿Qué había sucedido? ¡Oh! muy poco en la apariencia: un pequeño hecho «moral», que pudo tenerse por insignificante en ese mundo de emigrantes y cazadores de dollars. En cuanto se sintiera aislado del resto del país y soberano absoluto en su valle perdido, Brigham Young había promulgado el dogma de la poligamia que, por su cuenta, practicaba concienzudamente. Como una lepra moral, el virus disolvente se infiltró en el organismo robusto, hasta secar la misma fuente de la vida. La poligamia que esterilizó al Islam ha paralizado el desarrollo mormónico.—La piedra angular del edificio social es la familia; y no hay familia, en el augusto sentido de la palabra, allí donde la mujer se halla rebajada por la promiscuidad, y el hogar santo se prostituye en harém. Bastó la ley de Edmunds, que castigaba la cohabitación repugnante del gineceo, para rebajar la pretendida religión mormónica al nivel de un concubinato vergonzante. Se han visto los jefes de la secta obligados á exhibir en público, y ante un tribunal de «gentiles», el estigma clandestino de su carne. Y demostróse claramente lo que eran esas «esposas espirituales» de los sacerdotes, cuando el viejo Young, que ya tenía diez y ocho mujeres «legítimas», para negar una miserable pensión alimenticia á otras desgraciadas ¡tuvo el cinismo sórdido de probar que eran ya casadas y, por lo tanto, meras concubinas suyas!

Suscitáronse luego las causas escandalosas de Cannon y otros pontífices de la poligamia, y el ridículo enterró al dogma que la vindicta legal había herido de muerte. Á medida que el Utah se abría al progreso material y moral, tuvieron los mormones que refugiarse más y más en su templo cerrado á los «profanos», huyendo como aves nocturnas ante la luz. La poligamia ha matado al mormonismo. La población disidente, que aspira legítimamente á constituir un nuevo Estado autónomo, persigue la expulsión del elemento cuya presencia es un obstáculo para su emancipación del gobierno federal. Los mormones ya preparan una emigracion á Méjico, á las islas Hawai, donde tienen fuertes colonias: realizarán su último éxodo, pero sin la fe ni la energía de los pasados días. Los factores que antes enunciara, como cooperadores del éxito, se han debilitado ó vuelto adversos. Como el islamismo, y por la misma causa íntima, el mormonismo es el «hombre enfermo» de que habla la diplomacia europea al discutir la cuestión de Oriente: sólo que la agonía de éste será mucho más breve, como que ha sido mucho menos larga é importante su evolución histórica.