EL MORMONISMO

Para mi gobierno, atribuyo una importancia que sin duda encontraréis excesiva á la impresión total que los hombres y las cosas producen en mí. Tomo el pulso á mi instinto, y sólo después procuro explicarme su manifestación, siquiera asome tan obscura como irresistible.—Salgo de esa entrevista, tan atenta y cortés, con un marcado sentimiento de antipatía. Me pregunto ¿por qué? Analizo, estudio, reflexiono—y la respuesta de mi sentido recto y honrado es que allí falta la sinceridad. ¡Oh! ¡distingamos aquí como en otras empresas, entre los predicadores y los creyentes, entre los promotores ardientes de la sociedad y el dócil rebaño de los accionistas! Un movimiento religioso moderno, que no se apoyase en la fe de sus adeptos, se estancaría muy pronto en la inmovilidad y la muerte. No fundaría nada estable y sólido, á semejanza de esos ridículos y nómades «salvacionistas», que reclutan los vagabundos del mundo entero y vienen á ser los gitanos del proselitismo. Pero los iniciadores del mormonismo han sido meros impostores. Y era tan grosera la impostura, que sólo en aquellos Estados Unidos rudos y crédulos de hace medio siglo ha podido ser acogida y prosperar.

Los tres factores sociales que con desigual energía han cooperado á la fortuna del mormonismo, venciendo los obstáculos que levantara el egoísmo material, y sobre todo lo absurdo y vulgar de la doctrina, son los siguientes: 1º la ausencia de cultura general y de espíritu crítico (correlativa de lo muy robusto y eficaz del sentimiento religioso), que hasta ahora, y á pesar de las apariencias contrarias, constituye la fuerza moral al par que la inferioridad intelectual del pueblo americano; 2º la escasa densidad de la población y la disponibilidad de vastos territorios vacantes en el oeste; 3º la laxitud del vínculo federal, caracterizada por la celosa y, entonces, más que hoy, preponderante autonomía de los Estados. Conviene tener á la vista estos tres factores, que he enumerado en el orden de su importancia, para fallar sobre el porvenir del mormonismo: si ellos subsisten intactos, la secta cumplirá su cabal desarrollo; si ellos han mermado y tienden á desaparecer, la secta languidecerá fatalmente, y su absorción por el organismo nacional será tan sólo cuestión de pocos años.

Encontraréis en todas partes la historia de su origen y rápida propagación; pero no puede gustarse plenamente el sabor americano de esta fruta religiosa, sino estudiando en los voluminosos documentos que me han sido facilitados, los caracteres de la planta y las peripecias de su crecimiento semisecular. Y no se tenga por asunto de poco momento: el problema religioso vuelve á ser la cuestión palpitante del mundo.

Ahora bien, con todas sus deficiencias y vulgaridades, el mormonismo muestra realizado en nuestro tiempo un experimento completo que, no sólo suministra indicaciones preciosas acerca del espíritu de credulidad del pueblo americano, sino que arroja al propio tiempo vivísima luz sobre el proceso histórico y legendario de todas las religiones. No puedo, por ahora, hacer más que justificar brevemente mis conclusiones; pero no abandono definitivamente el tema. Creo que un estudio substancial y filosófico del movimiento mormónico constituiría el mejor comentario crítico de tantas historias religiosas como este siglo ha producido: representaría un cartabón ó marco fiel para el contraste de aquellas innumerables inducciones, ya tímidas, ya temerarias, que la simbólica y la exégesis modernas han acuñado, con dudosa aleación de arte y ciencia, de conjetura y de realidad.

Como entidad religiosa, el mormonismo presenta un conjunto más completo que el protestantismo—sin que ello importe comparar la Biblia al Libro de Mormón; tiene revelación, milagros, mártires, misterios y sacramentos, jerarquía eclesiástica, y hasta un embrión de culto simbólico, adulterado por evidentes preocupaciones materiales: en suma, todos los elementos y todos los ingredientes de una iglesia establecida. El organismo es, lo repito, de aspecto vulgar, de concepción grosera y factura primitiva, pero vivificado y ennoblecido por la fe robusta de sus adeptos. Se parece á una moneda fiduciaria cuya garantía de emisión, con ser una quimera, fuese por todo un pueblo aceptada firmemente como un valor positivo: provisionalmente, la ilusión tendría el poder representativo y la plena eficacia de la verdad.

«La letra mata y el espíritu vivifica». La letra del mormonismo era, en efecto, de una torpeza tan enorme y caricatural, que hubiese bastado á matar en su germen la tentativa, á sembrarse en cualquiera otra comarca de mediana cultura intelectual.—Un pequeño campesino del Vermont, ocioso y desequilibrado, con la cabeza llena de visiones y profecías, después de indigestarse de lecturas bíblicas y embriagarse de revivals sectarios, concibe hacia 1820 el pensamiento de una nueva religión. Nosotros, gente de imaginación ponderada y contenida por el guardalado de la crítica social, clasificamos la idea entre las que conducen más ó menos directamente al manicomio. Hay, desde luego, una parte de exactitud en el diagnóstico. Los retratos de Joe Smith—con su cráneo dolicocéfalo de impulsivo, su perfil huyente y la extraña hilaridad comunicativa del conjunto—reproducen una fisonomía de iluminado tangente á la imbecilidad, y con pasaje ya tomado para la provincia de Megalomanía. Todos sus contemporáneos y no convertidos vecinos mencionan su ignorancia y estupidez (stupidity and illiterate character). Es muy posible que la abierta válvula de su profetismo impidiera la explosión de la demencia, desviando al alienado latente hacia el jocrisse. En todo caso, su personalidad forma contraste cabal con la de su sucesor, el carpintero Brigham Young, el verdadero hombre de la secta, que fué el sólido empresario de las colonias religioso-comerciales: capaz de hacer frente á todas las dificultades y conflictos de una organización social; muy poco dado á visiones apocalípticas, y tan celoso de la multiplicación de los accionistas como de sus dividendos. Este fué quien sustituyó el título de «Profeta» por el de Presidente, más adecuado á su papel y á su ambición. Puede admitirse que las primeras alucinaciones de José Smith fuesen «reales» es decir, patológicas. Un ángel, llamado Moroni, «le aparecía como una luz y se disipaba como un humo», después de anunciarle que Dios le había elegido para revelar al mundo el «evangelio eterno»—el cual se encontraba escrito «con caracteres egipcios, caldaicos, siriacos y árabes», sobre unas planchas de oro, enterradas en la vecina colina de Cumorah. Junto á la caja preciosa, hallaría Joe un par de anteojos de diamante, que le permitirían leer la traducción del sagrado texto.

La imaginación inculta teje su red maravillosa con los elementos que halla á su alcance, á manera del ave que construye su nido con la paja y las fibras de las cercanías. Un gaucho argentino describe la «salamanca» de los brujos, figurándose su lujo inaudito como una mezcla de tienda y pulpería. Los accesorios maravillosos de Smith no eran sino materiales de su profesión. Más que agricultor, él era un «cateador de tesoros» (money-digger); mitad vagabundo, mitad charlatán, hacía el oficio de zahorí, descubriendo minas ocultas con sus gafas de seer, ó bien señalando los manantiales subterráneos con la conocida vara de avellano. En cuanto á la composición del Libro de Mormón, punto de arranque de la propaganda, fué tarea laboriosa y compleja: una verdadera rapsodia compilada en cinco ó seis años de correrías por el New York y la Pensilvania. La lectura de la Biblia y la asidua frecuentación de los revivals religiosos le suministraron el núcleo doctrinario; la parte histórica fué extraída de una extraña novela de Spaulding, acerca del supuesto origen hebraico de los indios americanos, de cuyo manuscrito Smith tuvo conocimiento.—Para destruir esta aserción, los modernos sectarios no han hallado mejor procedimiento que publicar ellos mismos el pretendido manuscrito de la novela, descubierto por un Mr. Rice, mormón de Honolulú; y en la misma historia oficial que me han regalado, se «demuestra» la completa diferencia de uno y otro texto, ¡confrontando una página del Libro de Mormón con otra página del Manuscript Story de Spaulding! Esta exégesis polinésica recuerda la argumentación del reo de marras, que quería aniquilar la declaración de dos testigos oculares, trayendo él á cincuenta «que no le habían visto» ...

Bajo pretexto de traducción, el Libro de Mormón fué elaborado pacientemente con la cooperación de dos ó tres personajes, más tarde famosos; el incauto Harris, quien, además de escribiente, fué el primer socio capitalista de la sociedad; el maestro de escuela Cowdery, el pastor Parley Pratt y el orador Sidney Rigdon: he ahí los verdaderos autores de las varias obras de doctrina y propaganda que llevan el nombre del inculto vidente Smith. Sabido es que no hay nada más fácil que la imitación exterior de la fraseología bíblica. Por lo demás, el Libro de Mormón es una compilación indigente é indigesta, en que la soldadura de los extractos bíblicos con las lucubraciones novelescas es visible y puede tocarse con el dedo. En mi vida he acometido lectura más tediosa. Los mismos nombres propios forjados son generalmente extraños á toda fonética oriental. La «innobilidad» de su origen no ha perjudicado al éxito de la doctrina, pero ha trascendido á toda su evolución ulterior: el mormonismo ha quedado grosero, como nació; y sus producciones más recientes, bajo el esmero de la ejecución material, conservan el mismo sello de repugnante charlatanismo y de baja fabricación. Sucede exactamente lo contrario con el sansimonismo, cuya nobleza primitiva y valía intelectual inspiran respeto: pero esto mismo ha sido el primer obstáculo para su popularidad. Las mismas palabras lo indican: el pueblo es el vulgo; un éxito popular es una vulgarización. Ahora bien, no existe vulgo más vulgar que el de los Estados Unidos. Los yankees conquistarán el mundo: es asunto entendido; entretanto, son todavía lo que de ellos ha escrito Schopenhauer: los plebeyos de la humanidad. De ahí el éxito del Libro de Mormón, y sobre todo de la doctrina predicada, que rebajaba la religión al nivel de todas las inteligencias y de todos los apetitos.

Como doctrina y culto, el mormonismo carece por igual de elevación y de originalidad. Sería un simple plagio del cristianismo primitivo, si la adulteración de algunos principios no lo tornase una parodia de aquél. Su Credo, redactado por el apóstol Pratt y proclamado por Smith, admite la Trinidad, el bautismo por inmersión, la remisión de los pecados por la penitencia y la imposición de las manos; el dón de profecía é interpretación de lenguas, el reino final de Cristo en la tierra y la restauración de las tribus de Israel; la organización de una jerarquía eclesiástica; por fin, los artículos recientes de su profesión de fe contienen un acto de acatamiento para con las autoridades constituídas, añadiendo una declaración de respeto por las «virtudes sociales»—la castidad, inclusive—lo que significa un certificado público de vita et moribus que se otorgan á sí mismos los interesados ...