La mansión del Presidente, rodeada de árboles y flores, no carece de carácter en su voluntaria y casi diría afectada sencillez: pues, desde Brigham Young, los jefes del mormonismo manejan millones y dirigen las empresas comerciales más fructíferas de la región. Entran y salen mormones de ambos sexos que parecen campesinos. En una antesala, donde nos hacen esperar, doy por fin con «santos» barbudos. Luego el coronel me presenta á una brujita vestida de negro, cuya barba y naríz forman un solo pico—una lechuza con anteojos azules; es una «gran funcionaria», viuda de un rico judío que, sin duda después de casado, se hizo mormón. Se comprende que, en ciertos casos, no baste una sola mujer para la felicidad. Paréceme que la mormona me considera como á un catecúmeno, pues me explica los progresos de la secta con un tono de simpatía que me inquieta. Felizmente vuelve el ministro y me lleva consigo, dejando en la antecámara á mi pobre coronel, á fuer de «gentil» convicto y confeso. Nueva estación en la secretaría privada, donde mi guía me presenta á un joven correcto y frio: «Mr. G., ¡un amigo de don Pedro!» Conservo mi gravedad diplomática, pero empiezo á divertirme considerablemente.
El salón en que me recibe el presidente Wilford Woodruff, jefe supremo de doscientos mil creyentes, de cuyas voluntades y haciendas podría disponer sin encontrar mucha resistencia, nada tiene de muy notable en sus proporciones ni mueblaje. Alfombra, papel y muebles burgueses; los retratos vulgarísimos de sus tres antecesores adornan las paredes: Joseph Smith, el alucinado fundador y bautista del mormonismo, con su extraño perfil de demente jovial; Brigham Young, el enérgico organizador de la sociedad y creador de Salt Lake; por fin, John Taylor, gran propagandista de la doctrina en el extranjero: algo así como un «Apóstol de las Gentes» que fundara diarios y publicara sendos editoriales á guisa de «epístolas». Al pronto, en el salón, cuyas celosías están bajadas, no distingo al grupo apostólico, formado en el ángulo opuesto, en actitud de recepción diplomática. Además del secretario, «personaje mudo», dos formidables anabaptistas flanquean al profeta, desplomado en un sillón curul de estilo Imperio. El más joven y corpulento, filisteo de unos cuarenta y cinco años, con barba de escoba y apariencia marcadamente «poligámica», es un hijo de Joseph Smith, el sacrificado Mahoma de la secta. El otro consejero, más afinado y complejo, aunque no menos robusto, parecería un diplomático correcto, á no cargar la tupida y ya encanecida pera del tio Sam. Este es el gran impresor y librero de Salt Lake; pero las hazañas que le han hecho famoso se relacionan fisiológicamente con su apéndice cabruno. Se llama Cannon, y la corte del Utah ha tenido que reprimir sus incorregibles aptitudes de «revólver», después de una causa ruidosa, aplicándole la ley Edmunds por Unlawful cohabitation. Su Vida de Smith ha sido escrita en la penitenciaría federal.
El consejero Smith se adelanta cuatro ó cinco pasos; me toma de la mano y me introduce solemnemente, levantando la voz y recalcando las palabras importantes: «Buenos Aires ... Brasil ... ¡amigo de don Pedro!...» El profeta esboza el ademán de levantarse, pero le contengo apretándole la mano, y balbucea algunas palabras en que el nombre de mi «amigo» póstumo vuelve con la insistencia de un leitmotiv.—El presidente Woodruff tiene ochenta y seis años; viste de negro y corbata blanca, con esmero y pulcritud. Es un bello tipo de anciano; una cabeza á lo Wagner, suavizada y ablandada por la ausencia de genio. Es un antiguo farmer, muy rico, que combina sus funciones sagradas con otras presidencias industriales y bancarias. Por lo demás, bastante insignificante aun antes de su vejez.—Después de Brigham Young, que fué su Jefferson, enérgico y poco escrupuloso, la secta ha entrado en la vía democrática de los Estados Unidos, que no buscan á los «grandes hombres» para elegirlos presidentes.—La edad empaña sus ojos azules; su rosado cutis de anémico y las venas cartilaginosas de sus manos trémulas revelan la decrepitud. Por sus modales excesivamente respetuosos sospecho que, en el trasluz crepuscular de la segunda infancia, me confunde vagamente con su huésped imperial de hace quince años ... ¡Un profeta me toma por un emperador!... Debe admirar la sencillez americana de mi saquito gris, que cuenta ya largas aventuras de viaje. ¡Siquiera llevara mi cinta de oficial de academia! Con todo, y sin hacerme ilusión respecto de mi frescura juvenil, ha de encontrarme bien conservado ...
Los acólitos dirigen como con andaderas la conversación titubeante del pobre anciano: completan, corrigen, componen, concluyen á veces por hacerle decir lo contrario de lo que intentó. Dos isletas blancas quedan flotando en ese mar de tinieblas crecientes: la infatigable propaganda religiosa y el recelo del gobierno federal. Esto se revela por la prudente reserva ó el optimismo excesivo de las apreciaciones. He aludido á la riqueza del Utah y de la región californiana; el Presidente ensaya algunas frases tendentes á demostrar el «lealismo» nacional de los mormones. Y entonces el anabaptista con trazas de filisteo empuña el tema, como la clava de su tatarabuelo Hércules, y sacude palos á derecha é izquierda, acometiendo á los enemigos de la Unión, á los viles calumniadores que pintan á los Santos como á malos patriotas ... «Somos americanos como el que más, nuestra divisa es la de Washington: ¡E pluribus unum!...» Y así continúa con un ardor de demagogo y una facundia de predicador ambulante. Visiblemente, todos ellos me hacen el honor de contarme entre sus futuros prosélitos. El hombre-cañón aplaude con la pera, y el Profeta repite como un responso la socorrida fórmula: «¡Aoh! yes: e pluribus iunum ...»
Parece que el coronel, en procura de argumentos contundentes, me ha pintado como un embarrador de papel de una fecundidad exuberante. El sanhedrín mormónico se interesa por saber si pienso escribir sobre la religión; y después de mi respuesta afirmativa, al punto la tendencia propagandista del sectario se abre paso, ingertada en el espíritu yankee esencialmente anunciador:—«No compre V. libros: le mandaremos un ejemplar de cuanto se ha publicado sobre la materia».—Quieren que beba mi convicción en las fuentes más puras. Cumplen generosamente lo prometido; á la tarde encuentro en mi hotel un respetable cajón de libros, lujosamente encuadernados,—Historia del Utah, de Smith, de Young, de Taylor, el Libro de Mormón, una docena de «defensas»; Mr. Durant, una estúpida cuasi-novela de propaganda fide, etc., etc.,—todos ellos con sendas dedicatorias presidenciales.—Yo también, en mis horas de ocio, he cumplido la promesa de estudiar la historia y la doctrina mormónica en sus documentos auténticos. No he arribado á una adhesión, muy al contrario: mi conclusión es enérgicamente negativa, como podréis verlo por este breve resumen, que acaso complete alguna vez.
XII
SALT LAKE CITY