En el inmenso restaurant del Pabellón, las familias ocupan las mesas sin mantel; pero casi todas han traído su lunch en canastos, y los mozos vagan de huelga alrededor del mostrador monumental. En el piso superior, una orquesta despabila el salón de fiestas, vasto y desnudo como un templo metodista; el pino lustroso y flamante relumbra en el techo, en las paredes, en el piso de skating, en los bancos del circuíto. Las parejas se entregan ingenuamente al vals de tres pasos, sin detenerse un instante durante veinte minutos, como que el baile es un sport de reacción después de la ducha. ¡Oh! todo ello sano é higiénico, sin asomo del «vuelo lascivo» que inquietaba á Hugo, y las muchachas sin travesura no gastan otra sal que la de los cristales microscópicos que refrigeran castamente las puntas de su admirable cabello.

Desde la terraza superior, todavía inacabada, se contempla el lago entero, cuya tersa superficie de dos mil millas cuadradas, salpicada de isletas rocallosas, se desenvuelve netamente en su marco de montañas. El sol se pone tras un escollo negruzco y abrupto: un pico redondeado, cuya forma humana, rodeada por una nube de blancas aves acuáticas, remeda á un tostado guerrero africano envuelto en su flotante albornoz. Hacia la ciudad, doblemente esfumada por las alamedas y el crepúsculo, las islas de Antélope y Stansbury levantan á tres mil pies sus cumbres pedregosas, centinelas del valle del Jordán que despliega, bajo el obscuro velo de la tarde, sus ricas campiñas y alquerías. Y se recuerda que, hace cincuenta años, el coronel Frémont descubría este desierto de arena y agua salobre, y, por entre mil penurias, salía de la boca del Weber River en un bote de seis metros, para plantar la bandera estrellada en el árido escollo que hoy lleva su nombre y él llamara la «Isla de la Decepción».

Mr. Ch ... me ha invitado á comer en el «Alta Club», para encontrarme (to meet) con algunos mineros é ingenieros del Utah. Preveo una ruda tarea, y preferiría una jornada de mula por las altiplanicies de Bolivia; pero tengo que resignarme á esto y mucho más, si no quiero asemejarme al sempiterno turista de los hoteles y ferrocarriles. Yo, que no converso á mi gusto sino con dos ó tres amigos, y me intimido cuando pasan de cinco ó seis, voy á tener, durante meses, que mezclarme con gente desconocida, ser «introducido» en los clubs y reuniones sociales ó caseras, fijar la atención en conversaciones extrañas por la lengua y la materia, tener que contestar á cumplimientos, brindis, formular apreciaciones sobre «lo que me parece el país» ... ¡Oh! terrible programa—que, sin embargo, ¡se llenará!

El club está bien arreglado y lujoso; el servicio más correcto que los socios. Mis dos amigos, el minero y el coronel, me presentan á derecha é izquierda: el señor S., ex lord mayor de Salt Lake; un banquero, tres ó cuatro ingenieros—entre ellos, un italiano inteligente que ha estudiado en la escuela de Freiberg—y algunos más; todos ellos, cordiales, abiertos, gastando mucho «humor», que festejo las más de las veces sin entenderlo. Confieso que no brillo sino por mi modestia y apariencia de candor. Doy cortésmente la preferencia á los vinos californianos sobre los franceses, y absorbo,—esperemos que para el resto de mi vida,—productos variados de Napa valley. Pero en suma, todo eso lo encontraré en el resto de los Estados Unidos; y juzgo para mí algo ridículo el haber venido á Salt Lake para no asistir sino á carreras, bailes de casino y comidas de club. Perseguido por mi idea fija, aventuro algunas alusiones á la secta mormónica y á mi deseo de conocerla ... Mis «amigos» se ríen; los otros, al pronto guardan silencio; pero, poco á poco, se desata en toda la mesa una andanada de burlas y vituperios contra los «Santos del último día», hasta dejarlos por los suelos, en estado de no ser cogidos ni con tenazas. Percibo en unos el rencor y el desprecio; en otros, el odio mal disimulado; en casi todos, algo de esa hostilidad compleja—mezcla de repugnancia sincera y de envidia secreta—que á muchos cristianos inspiran los judíos ricos. Se hace para mí evidente que una insuperable valla de aversión separa á mormones y gentiles. La poligamia, hoy oficialmente extirpada, pudo ser una causa originaria; no es ahora sino un pretexto ó una contraseña de enemistad, como el estigma de la circuncisión contra los israelitas. Descontando las exageraciones, está en la lógica humana que la secta mormónica haya sido alternativamente oprimida y opresora, tornándose, de víctima en el Illinois, perseguidora y despótica en el Utah. Hay hechos numerosos que lo comprueban: el asesinato del capitán Gunnison y de sus ocho compañeros no es un hecho aislado, y, además de los actos violentos, está muy patente y á la vista que el elemento «gentil» se ha infiltrado por endósmosis en este territorio vedado, contra la voluntad y las resistencias de sus primeros habitantes.

Trato de desviar la conversación de mis amables huéspedes hacia temas más amenos para ellos y no menos instructivos para mí. Acerca de las minas del Utah, recojo datos interesantes. Me sorprende saber, por ejemplo, que las minas de plata de Park City, que visitaré dentro de pocos días, cuentan entre las más importantes de los Estados Unidos, y que el Colorado no tiene compañía más próspera que la de Ontario Silver Mining Cº, de la que mi huésped es superintendente. Al fin se presenta una ocasión para que abandone mi papel effacé de mero oyente: un hermano del ingeniero italiano se interesa por la República Argentina, como tenedor accidental de algunos títulos de Buenos Aires y Santa Fe. Preferiría que la causa fuera mejor, pero no tengo la elección, y ensayo en mi inglés todavía muy accidentado, un outline optimista y consolador de la maltratada tierra. El accionista, después de escucharme atentamente, brinda con convicción por la prosperidad de Buenos Aires—y de sus cédulas. Y saboreo mi éxito con una copa de vino californiano «tipo Champagne».

Á instancias mías, el coronel se ha puesto en campaña para hacerme penetrar en el santuario mormónico; me refiero á la casa del Presidente, y no al Templo, cuyo interior ningún ojo de gentil ha contemplado jamás. Ha sido un sitio en regla. Fué la primera paralela el persuadir á mi cicerone de que mi entrevista con el profeta respondía á propósitos trascendentales. Y como me objetase que no tenía relaciones personales con él, le expliqué la maniobra. Era imposible que un hombre de su importancia no fuera conocido de algún «santo» de alto copete. «Vamos á ver, entre los consejeros, los doce apóstoles, los setenta evangelistas, los noventa y nueve sacerdotes (High Priests) y los trescientos obispos ... Puesto el pie en cualquier escalón se sube hasta arriba: es cuestión de diplomacia ... ¿Acaso no ha sido usted diplomático?...»

¿No os he presentado al coronel? ¡Oh! es un buen tipo yankee—si bien un tanto desflorado por el «inimitable Boz» en su Martin Chuzzlewit. Ha vivido en todas partes y ejercido todas las profesiones: es su especialidad. Es, desde luego, una de las quinientas mil reliquias de la guerra de Secesión—cuyo servicio es más caro que el sostenimiento de cualquier ejército europeo. Pero, antes ó después, ha sido ingeniero, agricultor, químico, cirujano (probablemente dentista), etc., etc. Estamos en el país de los comodines y chapuceros (Jack of all trades, master of none). Su existencia—que debe de pasar de los sesenta y cinco—es una larga «bolada de aficionado». Es un hombrecito todo retorcido y arqueado, que parece construído con duelas de tonel; aseado, cepillado, condecorado,—primero olvidaría sus gafas ó su corbata que su roseta de veterano en el ojal,—de una actividad envidiable é infatigable ¡tan productiva como la de la ardilla de Iriarte! Discurre de cualquier tema con maestría, excepto del que posee el interlocutor. Así, con los oficiales del fuerte Douglas le oiré charlar de todo, menos de milicia; y en las minas, que visitaremos juntos, elegirá el momento de la zambra más infernal, en medio de los hornos y cilindros, para completar «en francés» la explicación de los ingenieros. De un candor esencialmente yankee, festeja durante dos horas de reloj mis bromas primitivas, tan inocentes como las que dirigiría á mi Chiche, que tiene cinco años ... Volveré sobre ese candor americano, rasgo fundamental que no ha sido puesto de relieve, y suele tomarse por humorismo desenfadado é irónico. Por lo demás, sincero, complaciente, ilustrado—ó, si preferís, «lustrado» de conocimientos varios,—tan delicado en su pobreza bohemia, que necesito gastar sutilezas de sofista para demostrarle que, con acompañarme á comer todos los días, él es quien me hace favor.—Al oírme poner en duda sus aptitudes diplomáticas, se endereza vivamente en sus duelas crurales y me fulmina esta contestación: «¡He sido secretario de legación en Berlín!... ahí he aprendido el francés». Pensaba que lo aprendiera en Texas, antes de la incorporación ...

Pero mi causa está ganada. Al día siguiente, muy de mañana, viene á anunciarme que un oficial mormón me recibirá á las once. Vagamos, entre tanto, por el barrio de los «Santos», como los polígamos se apellidan modestamente, poblado de encantadoras residencias y de reliquias históricas. El coronel me enseña la primera casucha edificada en Salt Lake; la imprenta del Deseret News[23], el principal diario mormón; las dos moradas de Brigham Young, Lion House y Bee-Hive House, que revelan gustos de sultán advenedizo y burgués; á su lado, una especie de arco de triunfo, formando una como ojiva cóncava con un águila explayada en su vértice (Old Eagle Gate), conmemora cierta victoria de la secta sobre las fuerzas federales (¡Tempora mutantur!). Al lado mismo está otra casa del sucesor de Smith, la White House, que era una escuela y se llenaba con la sola prole del santo varón y de sus diez y ocho esposas. Dos cuadras al este de Eagle Gate, un gran rectángulo de césped, cercado por una verja de hierro, encierra los sepulcros de la familia Young: cubre la tumba del Profeta una losa granítica de seis metros cuadrados, lisa, desnuda, sin inscripción. Brigham Young ya no pertenecía á la humanidad; y el voluntario olvido de su nombre terrestre, en la ciudad toda llena de él, es un rasgo de orgullo grandioso, un hallazgo casi genial. Por fin, visitamos el famoso Tabernáculo: es un inmenso carapacho de gliptodonte puesto sobre zancas rígidas, y que ocupa en arquitectura el mismo rango que, en literatura sagrada, el Libro de Mormón.

Pero la grotesca armadura tiene 250 pies de largo y ha costado no sé cuántos millones de dollars: por lo tanto, los guías americanos la enumeran entre sus dos ó tres docenas de «octavas maravillas». El interior es un hall desnudo, con bancos para 12.000 oyentes. Sabido es que la bóveda (casi escribo: bobada) es elíptica: me he convencido, escuchando el órgano, que el tal refinamiento de bárbaros produce insoportables resonancias. Los tronos del profeta y sus dos consejeros ocupan un foco, debajo del órgano; el guardián nos coloca en el otro, para gozar el prodigio, renovado de Dionisio el siracusano. Oigo, en efecto, un cuchicheo parecido á un roce de hojas secas; pero mi compañero, á dos metros, no oye nada, y ha de ser la dichosa bóveda muy socorrida para los once mil y tantos bobalicones que ven hablar á su presidente, ¡sin estar en el foco! ¡Wonderful! exclama el coronel, que es ingeniero; y felicita calurosamente al portero como si fuera éste el constructor.

Al fin, penetramos en el antro preliminar: el despacho de a «relaciones exteriores». Ahí nos recibe un vejete con trazas de faquir, «sólo largo en talle», como el licenciado Cabra de Quevedo: parece una caña de pescar, y compadezco á las «mojarras» que pudieran tragar el anzuelo. Es el amigo del coronel; pero no demuestra gozar de gran influencia administrativa. Vacila antes de anunciarme á su jefe; entonces mi compañero interviene con este argumento irresistible: «¡Cómo! un gentleman que viene desde Buenos Aires para estudiar vuestra religión!...» Convencido el escribiente, penetra resueltamente en el cuarto vecino; largos cuchicheos; por fin se nos hace entrar. El despacho es una pieza espaciosa, llena de mapas y registros, con aspecto de escribanía y agencia territorial. El «ministro» viste á estilo de pastor metodista; tiene maneras afables de jesuíta de saya corta. Ha viajado y exhibe desde luego sus conocimientos geográficos:—«¿Con que es V. del país de don Pedro?...» El emperador del Brasil ha dejado en el Utah, como en todas partes, una estela de simpatía. Formulo mi solicitud, el ministro queda pensativo; pero mi calidad de «brasileño» vence todas las resistencias, y pasa á la casa de enfrente para conferenciar. Al cuarto de hora vuelve con cara satisfecha: dignus sum intrare. En el breve trayecto hasta la residencia «papal», el coronel le manifiesta su agradecimiento en sentidas frases, y luego me desliza al oído: «¡Farsantes! (Old dogs!) ¡Así pudieran ahorcarnos!...»