Salt Lake City.
Á las 8 de la mañana enfilamos en Ogden el ramal para Salt Lake City; estamos en el valle central del Utah, en el país de los mormones. Mis lecturas son fragmentarias y antiguas; lo que me figuro respecto del Lago Salado es una blanca ciudad austera y fría, vagamente puritana—sin perjuicio de la poligamia; con grandes casas desnudas y un vasto silencio alrededor de un templo blanqueado á cal; un rumor de oraciones gangueadas al compás de las máquinas agrícolas y fabriles, que alzan también su plegaria al dios dollar; en suma,—ostento sin pudor mi ignorancia,—algo así como un inmenso falansterio rural, ribeteado de responsos bíblicos y poblado de enormes fariseos seriotes y barbudos, entre multitud de «fariseas» huesudas, enemigas de la gracia y la sonrisa,—menos barbudas quizá, pero no menos displicentes que sus maridos á prorrata ... Tal me aparecía á la distancia la aglomeración mormona.
El valle de la nueva Sión es un encanto. Desde Ogden hasta Salt Lake se experimenta la sensación de penetrar en el rincón más nuevo del Nuevo Mundo: la naturaleza ostenta frescura flamante y casi diría infantil. El río sinuoso, sombreado de álamos, acaricia con blandos «meandros» las fértiles riberas. La mañana es de una belleza, de una frescura ideal. Flotan aún jirones de bruma, tenues cendales de un gris azulado, que se descorren lentamente, enseñando las pingües praderas llenas de ganado, las granjas y cortijos rodeados de cultivos, los cottages y chalets confortables en sus marcos de arboledas, y, por fin, hacia el oeste, la franja blanca de la sierra Wasatch que festonea deliciosamente el claro cielo. Al pronto, hacia el este, aparece el Gran Lago, en un horizonte incomparable, aunque desnudo de vegetación. La sola luz resplandeciente, que baña las colinas onduladas; los islotes del lago y su líquida napa adormecida, con todos los matices tiernamente azules de la turquesa, bastan para la fiesta de la vista maravillada. Los nombres evangélicos de la comarca no han sido rebuscados: completan la evocación; así nos figuramos los nítidos horizontes y los lagos de Galilea, en cuyas plácidas orillas vagara la divina figura, aureolada de cabellos rubios que nuestra adoración ha convertido en nimbo ideal de oro y de luz. ¡Oh! sin duda: es espúrio el origen de esta secta mormónica; sus contornos materiales constituyen una grosera parodia de la evangélica predicación; pero, si olvidamos por un momento el repugnante aspecto de la doctrina y las necias prácticas del culto, no podemos menos de encontrar el eterno diamante de la fe debajo de las toscas exterioridades del fetiche. Es el sentimiento religioso, el que ha derramado la fertilidad y la abundancia en el árido valle del Utah; el hálito de la fe ha transformado en veinte años un espantoso yermo en región de delicias, y por la energía del símbolo en que se materializara, según las palabras de Isaías, «la soledad se ha alegrado y ha florecido como el lirio».
La entrada en Salt Lake City es otra agradable sorpresa. Las calles son anchas avenidas sombreadas por álamos soberbios, acacias de follaje primaveral, arces frondosos (maple-trees) que derraman sus blancos ramilletes en los rectángulos de césped húmedo que orlan las aceras. La ciudad no cuenta mucho más de cincuenta mil habitantes, pero es el centro de irradiación y convergencia de todo el valle copioso y rico, del Utah entero, cuya población de agricultores, industriales y mineros pasa de 230.000. El barrio central parece un fragmento de San Francisco; sus grandes arterias de Main y Temple Streets ostentan las altas y espaciosas construcciones de una capital americana: bancos, fábricas, tiendas y almacenes monumentales; los edificios públicos, de ladrillo y granito, reemplazarían con ventaja á muchos análogos de Chicago. Los teatros y café-conciertos alternan con los colegios y las iglesias de todos los cultos imaginables: episcopal, presbiteriano, unitario, católico, israelita, etc., etc. En la acera del magnífico hotel Knutsford, una capilla metodista comparte fraternalmente el terreno con el Meeting Hall del ejército de salvación. Pero el gran templo mormón domina la ciudad desde cualquier punto que se la mire: todos los guías os dirán que su construcción duró cuarenta años y que su costo pasa de diez millones de dollars ... Todo ello es más fácil de indicar que el estilo arquitectónico á que pertenece: desde lejos su masa granítica general y sus torres agudas parecen góticas: vista de cerca la fábrica, no encontráis una sola ojiva, un haz de columnitas ni una entrada central: es un baturrillo de pilares y torrecillas rectilíneas, de arcos romanos y linternas del Renacimiento, con adornos modernísimos, lámparas eléctricas, clochetons chinescos, piletas y accesorios del más refinado yankismo,—todo ello coronado por la estatua colosal del ángel Moroni—hijo legítimo de Mormón—que toca sin tregua á 222 pies del suelo la larga trompeta recta de Aída. Ocupan otro costado de Temple square el insignificante Assembly Hall y el enorme Tabernáculo, cuya negruzca bóveda elíptica se hincha á la distancia sobre el mar de follajes como un lomo de ballena colosal ...
Bien, pero ¿dónde están aquellos mormones ceñudos y barbudos, tanto más austeros por fuera cuanto más indulgentes y refocilados de puertas adentro? No ha de ser difícil encontrarlos, puesto que, según las estadísticas, representan más de la mitad de la población, si bien los gentiles, «por mangas ó por faldas»,—probablemente por mangas,—acaban de ganarles las elecciones municipales. Después del baño y el almuerzo en el hotel Knutsford—¡plan americano!—tomo el primer tramway eléctrico que pasa, tras la vaga esperanza de tropezar con alguna ceremonia mormónica.
El clima es realmente primaveral; apenas si se siente el calor cuando se camina al sol ó, de noche, el fresco húmedo cuando no se camina. Por entre las magníficas alamedas, los trenes de cuatro ó cinco coches, repletos de pasajeros, se deslizan suavemente, guiados por el hilo central que prolonga su sonido cromático, como el del viento por una rendija. Á una y otra parte del camino, las estereotipadas residencias se suceden, confortables, lujosas, rodeadas de céspedes y flores; se entreven interiores risueños y cuidados como homes ingleses; en las galerías entapizadas de enredaderas, algunas mujeres vestidas de blanco leen un magazine, cerca de los niños que juegan ó de los hombres que fuman, de espaldas en su «rocking-chair», y enseñando á los transeuntes las suelas de sus zapatos alineadas en la barandilla. Por momentos, en el gran silencio de las paradas, un piano invisible envía una ráfaga de acordes. Se respira un ambiente de sanidad y quietud. Todos los trenes que vuelven vacíos llevan el mismo letrero: To the races; y ahora sé que la secta mormona me arrastra ... ¡á las carreras! Encuentro que esta primera excursión carece de color local, pero acepto el programa y llegamos al hipódromo.
Me trepo á la tribuna cuajada de espectadores. La concurrencia está muy mezclada y, naturalmente, es menos elegante que en San Francisco. Entre los hombres dominan los trabajadores y campesinos, como que es domingo. Las mujeres también parecen en su mayor parte aldeanas; mal pergeñadas, pero estrepitosas; casi todas rubias, frescas, con ojos grises y dientes deslumbradores; algunas «morochas», de aspecto criollo, derrame probable de California ó Nuevo Méjico. El circo es una pradera, junto á una laguna azul; y se tiene por delante la coqueta ciudad, con más árboles que casas, dominada por la falda suave de la sierra Wasatch, donde se destaca el fuerte Douglas. Son carreras de trote sin mucho interés. Presto mi programa á una muchacha que apunta las peripecias con su lápiz. Apuesto contra ella unos cuantos centavos á no sé qué casaca; gano, y tengo que pronunciar un alegato para demostrarle que iba á otra casaca, que ha perdido. Al fin la mormonita embolsa mis «chirolas», y con la conciencia limpia vuelvo á la ciudad.
En el hotel me espera el coronel L., para llevarme al Gran Lago Salado, donde la población se baña casi todo el año. Esas veinte millas de ferrocarril, hasta la playa Garfield, son un paseo por entre arenales y salinas, pero no desagradable, gracias á la pureza del aire y á la disposición inteligente del tren: una serie de coches abiertos, alegres y cómodos. Me encuentro ahora entre la verdadera sociedad de Salt Lake; los hombres, casi correctos; las señoras parecerían europeas si no llevaran tantos brillantes. Algunas son muy agradables; casi todas, robustas y esbeltas; con una belleza de cabello y frescura de tez incomparable; pero su talle de durmiente trae recuerdos desolados de pampa sin ombú; muchas jóvenes llevan gorros, chalecos y corbatas de hombre, afectan el desembarazo masculino, y, faltas de verdadera gracia, no alcanzan sino á parecer muchachos flacos.
Por un largo terraplén y un alto muelle de madera, el tren penetra en el Lago Salado hasta el pabellón de baños de Garfield Beach. Tiene realmente el aspecto de un «Mar Muerto», con sus orillas cristalizadas y los islotes prismáticos que emergen de sus ondas pesadas y plomizas, tan saturadas de sal, que el menor choque, la arruga de la brisa, las cubre de espuma blanca. Los botes excursionistas cortan penosamente el denso líquido que parece estañar sus relumbrantes carenas. Alrededor del vasto pabellón, los bañistas pululan, hombres y mujeres, con la mitad del cuerpo fuera del agua, como tritones. Se concibe que, con un poco de ejercicio, algunos de ellos, pródigamente dotados por la naturaleza, podrían caminar sobre el agua, renovando el milagro de Genesaret. Me he bañado esta mañana y no siento el menor deseo de realizar el experimento; pero comprendo que causaré un gran pesar al coronel si no me zabullo: cedo, pues, á sus instancias, como el guillotinado por persuasión. El efecto es realmente curioso: el cuerpo flota como corcho, y no es posible sumergirle.—Se dice que la proporción de sal en disolución es de 15 por ciento, cinco veces más que en el océano y casi tanto como en el lago Asfaltites. Ningún pez soporta esta saturación; hasta ahora no se ha pescado más bicho viviente que un langostín cuya carne parece llenar la boca de salmuera. Algunas bañistas jóvenes, en el umbral de los camarotes, retuercen á dos manos sus largas trenzas rubias; y sus carnes rosadas evocan reminiscencias, á la vez mitológicas y culinarias, de infelices nereidas á quienes Venus, irritada por sus formas «crustáceas», transformara en accesorios de su culto «semi mundano»—en cabinet particulier.