—¡Señorita!
—¿Señor?...
—El coronel dice que á las seis y el doctor á las ocho ...
Oigo una risa ahogada encima de mi cabeza, en el piso superior, y otra voz, hermana de la primera, interviene en el diálogo:
—Y usted, sir, ¿qué dice?
—Yo creo que los dos tienen razón ...
Una ráfaga de carcajadas, y luego un silencio de dormitorio monacal. Pero ahora, con mis escrúpulos europeos, el desnudarme será tarea de alto acrobatismo. Me meto en cama vestido, y en ese cajón de cómoda me desprendo pieza á pieza, como don Quijote, con retorceduras de hombre-serpiente: todo un ejercicio de desarticulación que me da calambres y hace sonar mis conyunturas como castañuelas. ¡Uf! ya estoy. Por una hendidura veo los zapatitos mordoré, erguidos en su tacón agudo, como mirando con impertinencia mis gruesos botines de viaje, que revelan el cansancio de su larga odisea desde Buenos Aires ... Me estorban esos zapatos nuevos; y no es porque sean muy grandes, al contrario; pero me incomodan, positivamente ...
Al día siguiente descubro que las voces pertenecen á dos hermanas de Salem, maestras de escuela, jóvenes, rubias, ni lindas ni feas, y que van solas desde el Oregón á la exposición de Chicago, para volver por el Canadá. Pobres como ratitas blancas, limpias como espejos, alegres como un Christmas; disfrutan su mes de vacaciones, cruzando por estos Estados Unidos como por el jardín de su colegio. Ya somos amigos; las llevo á almorzar al restaurant, pues he tanteado las provisiones de su canasto; y así paso el día entre mirar el paisaje, oirlas cantar romanzas sentimentales y tomar lecciones de pronunciación inglesa con mi vecina Miss Grace, que es «elocucionista» y me hace repetir un cuento de Poe con una seriedad pedagógica. En un descanso le pregunto: «Pero, ¿qué interés tenían Vdes. por saber el horario de Virginia City, que queda á cuarenta millas de la línea?»—Me contesta muy gravemente: «Era para Margaret, que lleva un diario del viaje».
Á medida que nos aproximamos al Utah, la campiña reviste un encanto indecible; se cruzan arroyos que serpean entre verdes collados cubiertos de álamos y encinas. Las praderas esmaltadas de flores, como en Francia, alternan con los sembrados; de trecho en trecho, casitas campestres y confortables chalets. La buena tierra materna derrama la abundancia y el bienestar. Cerca de un cottage, semi-oculto como un nido en el follaje, un joven robusto y esbelto persigue á un niñito de siete años que huye como conejo por el campo de alfalfa: al fin le alcanza y, riéndose de su desesperado pataleo, le carga en el hombro y vuelve á la casa con él. El lento crepúsculo agrega su dulzura á ese cuadro apacible. ¡Oh! sanidad de la vida libre, á la sombra tranquila del hogar, cerca del suelo recién desmontado: robusta fatiga del cuerpo, paz serena del alma, ¡reposo!—Cuando recordamos á los Estados Unidos, es para evocar la idea de un inmenso taller, un hormiguero de población jadeante y febril, que se agita en las minas, en las fundiciones, en las veredas de Chicago ó de Nueva York; un pueblo de frenéticos perpetuamente sacudidos por el baile de San Vito de la especulación. Son pinturas de novela y descripciones de turistas que no han pasado de las capitales del Este. El aspecto general del pueblo—en la parte que hasta hoy conozco—es más bien indolente y flemático. Por otra parte, los cuatro quintos de la población viven en pequeñas ciudades, aldeas y alquerías que constituyen el vasto receptáculo de la vida nacional.
Llegaremos mañana temprano al Lago Salado, y, sin duda por ser la última noche, se arma en el fumadero un formidable poker. El coronel pretende iniciarme; pero confundo spades y clubs, y soy una causa de perturbación desastrosa. Las maestritas, de camisola blanca, antes de acostarse, hacen tranquilamente sus arreglos en el tocador, delante de nosotros; se despeinan, se lavan, etc., con la mayor naturalidad. Lo que es esta noche, me meto en cama con tanta comodidad y despreocupación como en una cuadra de cuartel; y los famosos zapatitos mordoré parecen conversar amistosamente con mis lanchas amarillas, como en partida á cuatro.—Para completar mi educación yankee, me falta ver en Chicago, entre muchas otras cosas, á las señoras que dejan el brazo de su acompañante por cinco minutos, ó se levantan de la mesa, en pleno restaurant, para volver en seguida tan frescas y risueñas ...