La faja californiana que alcanzo á divisar, hasta Sacramento, donde cierra la noche, es casi tan rica y populosa como la zona del sud. Cortamos la Sierra Nevada, bien digna de su nombre, pues á pesar de la mediana altura y de la estación canicular, sus escarchadas laderas blanquean vagamente en la obscuridad.
Llevamos tren «vestibulado», con pasadizos adheridos y cerrados por vidrieras; un niño de tres años puede correr sin peligro de uno á otro extremo. Dormitorios, restaurant, cuartos de toilette, agua helada á discreción, mesas movibles delante de cada asiento, para comer, leer, jugar: se vive como á bordo, y los pasajeros poco bajan en las paradas. Cada smoking room es, por supuesto, el charladero central de su departamento. Sin fastidio ni timidez, me incorporo al grupo nativo: aprendo, observo, juzgo sin entusiasmo ni prevención lo que desfila ante mis ojos durante todas las horas de cada día. Ello, por otra parte, es más laborioso que difícil. Lejos de sustraerse al examen, el mundo yankee se brinda á la indiscreción: estamos en el país del anuncio y de la interview. En Europa, fuera de la exuberante España, la empresa de meterse con todos en las breves horas de un viaje por ferrocarril, sobre exigir muchos sacrificios de amor propio, tropieza con serios inconvenientes. Todo conversador es sospechoso para el viajero de «primera», quien, al tomar su boleto, ha revestido su «impermeable» de reserva glacial. ¡Cuidado con los contactos peligrosos!—Aquí la igualdad circula tan libremente en el salón como en la calle; es la atmósfera ambiente. Los ferrocarriles, desde luego, materializan el sentimiento reinante, con la ausencia de «clases» en los pasajes. El Pullman-car no es sino una condición de los viajes largos, y el tren vestibuled es un síntoma exterior de la igualdad social. Cada cual se coloca moralmente á nivel de su vecino; sabe que puede dirigirle preguntas y entablar conversación; el fondo y la forma de las ideas son comunes, en todos los sentidos de la palabra. Con todo, sospecho que entre New-York y Boston ha de reinar un tono algo menos campechano.
No por eso pretendo que sea todo malo en la reserva europea, ni todo bueno en la «francachela» americana. Cuando, por ejemplo, el sirviente negro bebe en nuestros vasos, se zabulle en nuestro lavabo y concluye su horripilante toilette á nuestra vista y paciencia, siento en mi epidermis el roce brutal de tanta democracia. Todas las frases y proclamas no me convencerán: para tolerarlo sobra cuando menos un sentido—si no es la vista, es el olfato. Pero la explicación no se hace esperar. Al lado mío, en el fumadero, se sienta el coronel L.; enfrente, el señor W., senador de California; por fin, Mr. Ch., un millonario, superintendente de las dos grandes compañías mineras del Utah, y chiqueur infatigable. Sin abandonar su cigarro, el coronel se saca los botines, estira sus medias grises y alarga delicadamente sus extremidades en el asiento opuesto, entre el millonario y el senador, quienes siguen mascando, fumando y conversando con serenidad. Ahora me doy cuenta de su indiferencia ante las maniobras del negro; está evidente que sus membranas sensitivas son diferentes de las nuestras; y me convenzo de que la semejanza es la base más sólida de la igualdad.
Estos pequeños y afligentes rasgos externos se hallan compensados por el fondo realmente sano y cordial. Es, sin duda, mortificante el espectáculo de un «gentleman» tachonado de joyas, que masca tabaco sin descanso ó se suena las narices antes de sacar su pañuelo. Pero no he venido á tomar ni dar lecciones de urbanidad, sino á estudiar con atención imparcial—y, si es posible, con indulgencia—la probable evolución social del siglo veinte en su mismo punto de arranque. Para dicha época, si me es lícito volver á la imagen nasal, piensan los yankees que el mundo entero se sonará como ellos; yo, menos pesimista, creo que los yankees habrán aprendido á sonarse: pero estamos de acuerdo en esperar que, en una ú otra forma, la armonía universal se habrá restablecido. En este dintel del siglo, la lucha entre la democracia vulgarizadora y la verdadera civilización se resolverá por la alternativa de Hamlet: ser ó no ser plebeyos,—tal es la cuestión. Entretanto, me divierte esta prueba avant la lettre de la humanidad futura; encuentro curiosos y hasta simpáticos estos yankees ingenuos y desabrochados. Discurren con desembarazo y sorprendente facilidad sobre cualquier tópico de sus intereses materiales—divisándolos siempre desde su punto de vista local ó personal. Revelan una perspicacia y agudeza incomparables para la solución inmediata de los problemas prácticos, sin divisar la doble perspectiva de las causas ó consecuencias lejanas. Padecen—ó gozan—de miopía intelectual: encuentro en mi diario repetida hasta el fin esta impresión del primer día. Ahora bien, para los objetos pequeños y cercanos, la visión del miope es incomparable. Ignoran la ironía;—axioma que parece una perogrullada, pues equivale á afirmar que los paquidermos no sienten cosquillas. Por lo tanto, se contradicen unos á otros sin enojo; discuten seriamente las cosas para ellos más serias: las cosechas, la fluctuación de los precios del ganado y los cereales, el «booming» paralizado de San Francisco; sobre todo la cuestión de la plata. El senador está por la derogación de la ley Sherman; el minero, naturalmente, por su mantenimiento ó su reemplazo por la acuñación libre en cada Estado—remedio equivalente á combatir el dolor de una muela careada con inyecciones diarias de morfina. El primero es demócrata, el segundo republicano; éste emprende un panegírico de Harrison, que el otro escucha sin pestañear. Ambos están á cien leguas de una nota personal agresiva ó deprimente para la opinión y el partido adversos: á igual distancia, también, de una idea general, de una vista «nacional» respecto del asunto. Cada cual es exclusivamente de su distrito, de su parroquia, de su profesión. Me incorporan á la «cámara». «¿Tienen también ustedes minas at home?» Procuro, en mi media lengua, expresar mi opinión «platónica»; me rebaten con animación, sin aspereza; cada argumento empieza con un Me parece (I think ...), que hace oficio de cojinete; sobre todo, jamás una alusión á mi incompetencia de forastero; el interés por sus cosas domésticas confiere la ciudadanía. ¡Sus preguntas acerca de la República Argentina y Chile harían sonreir á un parisiense! Me ofrecen su casa y sus servicios con evidente sinceridad; y acepto la invitación de visitar las minas de Park City, en el Utah. «¡Le acompaño á usted!» exclama el coronel. Y como lo dijo, lo ha hecho. Esta reliquia de la guerra de Secesión ha sido mi Virgilio en el viaje mineral. Y bien merecería su inagotable facundia la apóstrofe dantesca:
Or se’ tu quel Virgilio e quella fonte
Che spande di parlar sì largo fiume!...
Son las diez de la noche y reina un fresco de serranía: ¡buena hora para dormir! Encuentro el salón transformado en dormitorio, con un estrecho pasadizo obscuro entre los dos tabiques del cortinaje. La cortina fronteriza de la mía ondula como un mar de teatro, y percibo crujidos de vestidos tras del telón. He pasado la noche en el fumadero y no conozco á mi vecino. Me siento en el borde de mi catre, esperando que se calme la oleada para emprender mi maniobra sin peligro de carambola. Á poco oigo el esfuerzo de la ascensión: ¡upa! mi vecino ha trepado y se estira horizontalmente. Veo una mano blanca que desliza en el suelo, por bajo de la cortina, un par de zapatitos mordoré. ¡Hum! ¡tiene pie chico mi vecino! Y siento alguna aprensión por mi déshabillé al aire libre. En fin, voy á comenzar la operación, cuando sale una voz de mujer del bastidor medianero:
—Sir, ¿podría usted decirme á qué hora pasamos por Virginia City?
—No lo sé, señorita (seguramente es soltera); pero voy á averiguarlo ...
En el cuarto de fumar, el coronel está librando un combate de poker con un médico alemán, establecido en el Kansas hace cuarenta años y más yankee que el tio Sam. Contestan juntos á mi pregunta: «á las seis», dice el coronel; «á las ocho», responde el enterrador, y siguen barajando. Vuelvo á mi cortina parlante: