De repente, un deslumbramiento: estamos en un verdadero palacio oriental, resplandeciente de luces multicolores, de esculturas y calados figurando adornos vegetales, de pintados tableros y canceles de laca con incrustaciones de nácar, en que se entrelazan ramas de durazno en flor, esbeltas cigüeñas de nieve volando entre guirnaldas de crisántemos de oro. En la vasta sala donde estamos, no han quedado sino una docena de comensales sentados en sillones de ébano; acaban de comer en silencio, servidos por muchachos que van y vienen entre la mesa y los aparadores cargados de fina porcelana, ágiles como clowns, con sus babuchas de triple suela. Es el gran restaurant chino, adonde sólo concurren los ricos traficantes y agentes comerciales de la colonia, y por las puertas abiertas se divisan anchas escaleras labradas y otras salas parecidas á esta....
Urgidos por la hora, no hacemos sino atravesar el vecino templo de Clay Street—análogo al de Lima, con los mismos ídolos, adornos y chucherías culinarias de un culto realista, á la vez pueril y senil—y nos dirigimos al teatro donde da representaciones extraordinarias un célebre comediante de Pekín. La sala, bastante obscura y de mediana extensión, se compone de un patio para la mosquetería, á usanza de los corrales españoles del gran siglo, rodeado de filas de bancos y palcos para la celeste high-life; hay una como cazuela con aposentos para mujeres; y de todos los puntos de la repleta sala se escapan nubes de humo mezcladas con emanaciones complejas de tabaco, almizcle y benjuí que nos obligan á encender también nuestros cigarros, en el mismo proscenio donde, merced al prestigio consular, nos sentamos entre los actores, delante de la orquesta que ocupa el fondo. La escena no tiene telón de boca; los actores, vestidos de trajes suntuosos y con el rostro grotescamente pintado, declaman con voz aguda una monótona melopeya. Hemos entrado in medias res—detalle insignificante, pues la pieza ha comenzado hace tres noches y durará aún una semana—y asisto á una, para mí, pantomima, mezclada de bailes y cabriolas, en que parece ser el nudo de la acción la eterna historia de la muchacha novia de un vejancón y cortejada por un oficial ó príncipe, más cubierto de púas y escamas que un dragón mitológico—el Barbero de Sevilla. Entradas, salidas, sollozos, manotones, rugidos, chillidos—y, naturalmente, comprendo menos cuanto más intenso es el diálogo. El «Coquelin» en representación—cuya jira, me dice nuestro guía, representa una fortuna—hace de Almaviva, y canta casi todo su papel con acompañamiento de violines, gongos, flautas y tamboriles ... ¡y nada en el occidente puede dar una idea aproximativa de la zambra sabática que se arma entre esos hijos de Han! Los duos de Almaviva y Rosina, sobre todo, exceden en fantasía delirante á cuanto se pueda recordar ó imaginar: al lado de ello parecerían suspiros de arpas eólicas los apasionados coloquios y combatidos amores de veinte gatos reunidos en el tejado de una calderería en plena actividad. Después de unos veinte minutos de pesadilla, me levanto para salir cuanto antes y salvar para siempre la muralla de esa China. Al atravesar los bastidores, vemos á «Coquelin» acostado en un catre de tabla, inmóvil, impasible bajo nuestras miradas curiosas, con la vista fija en el techo—pensando tal vez en la casa de bambú, á orillas del río Pé-Kiang, donde podrá fumar tranquilo su querido opio, gracias á esta fructuosa excursión al país de los bárbaros occidentales ...
Y si aquí detengo estos apuntes sobre San Francisco, no piensen mis lectores que mis visitas se hayan limitado al parque de Golden Gate y al barrio chino: he visto la ciudad y sus alrededores—sin omitir la excursión á San José y al Lick Observatory con su famoso telescopio (the largest in the world); he recorrido concienzudamente las universidades, bibliotecas, escuelas, mercados, bancos y demás sucursales del Monde où l’on s’ennuie; he examinado con la debida prolijidad el enorme é inacabado City Hall, menos notable por su arquitectura achaparrada que por los manejos administrativos que han presidido á su edificación poco edificante ... De todo eso y lo demás pensaba dar informe circunstanciado, pero á medio borrajear he descubierto que todo ello ha sido ya descrito y corre impreso. Me he convencido de que, en estas notas de viaje, la única novedad á que pueda aspirar provendrá de mi reacción personal en frente de las cosas y sobre todo de las gentes. Ahora bien, un poco desorientado por el estreno, sólo he visto de corrida á algunos funcionarios ó comerciantes, fuera de la muchedumbre en los conciertos y teatros: no he pasado en San Francisco de la envoltura superficial—y todo ello es de muy pobre psicología ...
Por otra parte, voy comprendiendo que, en los Estados Unidos, para ver lo mejor posible es necesario no ceder á la tentación de verlo todo en pocos meses. El turismo es el enemigo de la observación. Este inmenso país tiene cuatro ó cinco grandes aspectos característicos, condensados en otros tantos Estados y sus capitales: todos los demás se funden en uno de los tipos genéricos. En este momento, sobre todo, de la evolución sociológica, el grupo urbano que se debe estudiar paciente y filosóficamente, es Chicago—no tanto por la Exposición en sí misma, cuanto por las razones que han influído para que el magno problema de la World’s Fair se resolviese en su favor, contra todas las pretensiones rivales. Chicago es en la hora presente el resumen material y el exacto espécimen del mundo americano. El eje se ha corrido hacia el oeste; ya no atraviesa New York, ni Filadelfia—mucho menos la docta Boston, que antes se apellidaba precisamente el «cubo de la rueda» (the Hub)—sino la ciudad de los ferrocarriles y la carne—la ruda y potente capital de Pullman y Armour.
XI
SALT LAKE CITY
EL TRAYECTO.—EL UTAH.—LOS MORMONES
Media entre San Francisco y el Lago Salado una distancia de 870 millas, que los trenes del Southern Pacific deben recorrer teóricamente en 37 horas; resultan casi siempre 40, salvo error ó colisión. Es lo que en la tierra llamamos un buen paso de carreta. No exageremos, pues, la velocidad y precisión del servicio ferrocarrilero en los Estados Unidos,—al menos en el oeste. Por lo demás, el trayecto es interesante, y no deploro su relativa lentitud. Admiro el paisaje; cultivo á mis compañeros de viaje, y procuro soportar á los negros del servicio, no ocupándolos para maldita la escoba. No soy «esclavista», pero no puedo dejar de repetir que el negro liberto y ciudadano es la mancha (negra, naturalmente) de la victoria republicana y el rescate oneroso de la guerra de Secesión. La república de Liberia—significando la devolución de estos africanos á su África,—era un pensamiento genial. Pero no quieren volver á su tierra; y los «lynchamientos» con que se procura convencerlos son argumentos de poca eficacia.