Los yankees, cuya existencia es un perpetuo viajar, han resuelto con superioridad práctica este problema: tener los mejores hoteles y trenes del mundo—the best in the world—y sobre todo, suprimir el enojo de los impedimenta, esas batallas con los odiosos parásitos de los embarcaderos, que son en otras partes la real fatiga del viaje y el suplicio del viajero.
San Francisco.
De mis quince días de estancia en San Francisco—la verdad ante todo, aunque sea vergonzosa,—la gran impresión que queda dominante y persistente es la del bienestar físico. Después de tanto choque ó rozamiento sufrido desde Buenos Aires, después de tanto camarote estrecho con catre dudoso, de tanta fonda y albergue mortificante, desde la nevera de Las Cuevas hasta los sudaderos malsanos de Colón y Veracruz, confieso ingenuamente que he saboreado el amplio confortable y el lujo flamante del Palace Hotel, con su despliegue de aseo deslumbrador, sus muebles y telas de matices claros, sus camas inmensas y elásticas, el aire, la luz, el agua á profusión con pirámides de toallas frescas y su santa divisa central: Clean hands and pure heart! Y todo ello, en el ambiente tónico y salado del mar, cuya brisa fresquísima en este principio del verano llama de nuevo el apetito robusto y el olvidado humor de la retozona juventud, en esta atmósfera moral de independencia y libre aventura, tan oxigenada como la física ... Bien saben mis pacientes lectores que no desdeño la naturaleza, ni la historia, ni la poesía: pero en este Frisco bullicioso me he dedicado ante todo á la prosa vil, á la guenille burguesa—al casco material ¡qué bien necesitaba de este calafateo y carenaje!
¡La juventud! Tal es la palabra sonora y mágica que aquí parece resonar en todos los ecos y desprenderse de todos los actos colectivos, de todas las actitudes y empresas de la atrevida población: la juventud arrojada y azarosa, rebosante en esperanzas é ilusiones, con el orgullo insolente de su breve pasado y la fe imprudente en su ilimitado porvenir; y junto á ello, en vez de la pesadez maciza y del boasting grosero de Chicago, no sé qué gracia nativa y dichosa alacridad de jugador confiado en la suerte, y cuya fortuna vertiginosa ha comenzado llamándose placer. No necesito reseñar esa historia fantástica del oro, que deja atrás todos los cuentos orientales y cuyo comienzo, apenas viejo de medio siglo, parece perderse ya en las brumas legendarias. Bret Harte, con real á par que poético colorido, ha pintado el cuadro fascinador de esas batallas de la audacia y la codicia, prestando vida insuperable á sus grupos violentos de argonautas californianos; además, cien relatos locales conservan la memoria circunstanciada de la rutilante aventura que arrojó á esta playa, durante diez años, toda la población desarraigada y flotante de las cinco partes del mundo: europeos, asiáticos, polinesios, americanos del sud, squatters é indios de las praderas, todos los desesperados de la vida, todas las caravanas de Babel. Pero, acaso no sea tan asombroso el espectáculo de ese sórdido delirio colectivo, como el de la inmediata organización rudimentaria y progresiva que le sucedió, hasta constituirse en veinte años la capital opulenta y el emporio comercial del Pacífico, en el centro de la comarca agrícola más floreciente de los Estados Unidos. La California actual es el triunfo de la civilización americana y la prueba más acabada de su incomparable potencia plástica. El organismo social que ha podido en tan breve lapso asimilarse el salvaje campamento de Yerba Buena, que muchos vecinos de Market street recuerdan aún, y convertirlo en el San Francisco de hoy, no sólo deslumbrante de lujo y magnificencia, sino civilizado, tranquilo, lleno de bibliotecas y colegios—de moralidad igual, si no superior, á la de las ciudades del Este, fundadas por puritanos y cuákeros—merece la admiración y el respeto del mundo.
Con presentar San Francisco el aspecto general de las otras capitales yankees y poseer todos sus órganos conocidos é invariables, conserva, sin embargo, el sello visible de su especial origen y pintoresca situación: algo de exotismo oriental recuerda al viajero que se halla aquí más cerca del Japón que de Europa, á la vez que subsisten en las gentes y sitios mil vestigios coloniales. De la Puerta de Oro (Golden Gate) a China Basin, los blocks regulares, parcial ó completamente edificados, ondulan sobre las primitivas colinas como en Valparaíso; los tranvías suben y bajan las mismas pendientes antes surcadas por las arrias de mulas con sus cargas de provisiones ó mineral; el booming convulsivo ha logrado crear barrios enteros en las accidentadas cercanías de Golden Gate Park y el Hipódromo, pero los «huecos» agrestes abundan, obstruídos de viejos ranchos mejicanos, y muchísimas residencias vacías enseñan el melancólico to let que llama en vano al transeunte. Más que Chicago, Kansas City y otras «ciudades hongos» (mushroom cities) del Oeste, ha conocido San Francisco las crisis de crecimiento que, paralizando momentáneamente el organismo, reducen el gasto de fuerzas hasta restablecer el equilibrio. Ahora mismo se inicia el krach de la plata, cuyas consecuencias generales son difíciles de prever; con todo, puede anunciarse ya que aquí la situación se desenvolverá sin grandes cataclismos, en razón de las corrientes diversas y en cierto modo antagónicas que la California ha dado á su actividad, á diferencia de otros Estados casi tributarios de un solo producto ó industria. La plétora del metal blanco podrá encontrar remedio en la colonización agrícola y el incremento del intercambio asiático, ya tan considerable. En todo caso, el pánico monetario de estos días pasados (junio de 1893) parece haberse calmado sin repercutir profundamente en la vitalidad del Estado. Se ha estrechado el crédito bancario, mejor dicho, la conversión y los pagos en oro; pero las fábricas y haciendas siguen en plena actividad, con excepción de algunas minas hacia el Nevada y el Colorado que empiezan á restringir sus laboreos. Como otras veces, resistirá esta prueba la California robusta y juvenil.
En todo caso, nada se nota aún en la vida exterior que revele el malestar interno. Este magnífico Palace Hotel, que cubre una media manzana—en el propio lugar donde, hace cuarenta años, mineros de botas y camisa de franela con el revólver al cinto venían á comer su bacon and beans,—tiene ocupados sus centenares de cuartos; y sus rápidos ascensores suben y bajan desde el amanecer, llenos de huéspedes un tanto abigarrados durante el día, pero de gran ceremonia para la comida: los hombres de frac, las señoras rivalizando de rayos y centellas con las lámparas Edison. A la tarde, en el espléndido Golden Gate Park hormiguean los carruajes y caballos de raza; la elegante concurrencia se derrama en las avenidas; señoras y niños forman vasto círculo á una excelente banda de música que, en este momento, ejecuta una selección de Mignon; casi todas las jóvenes son esbeltas y airosas, muchas bonitas, alternando el rubio tipo sajón con la ardiente palidez criolla: el cuadro encantador es digno del admirable marco de flores y verdura, en el apacible día primaveral. Desgraciadamente, al llegar al clou de la partitura, algunas de mis encantadoras vecinas acompañan á media voz, en francés californiano, la plañidera romanza:
Conné-tiou la pays...?
Y este desafinado murmullo, cuyo crescendo se acentúa con la impunidad, me trae recuerdos tan punzantes de Veracruz (coincidiendo además, para ser franco, con la hora de comer), que levanto la sesión á toda prisa, en el momento de estallar el grito delirante del cornetín casi dominado ya por el coro de las paisanas y rivales de Sybil Sanderson: C’est là que je voudrais vi-i-vre!..
Esa mezcla de franca alegría y pintoresco exotismo, que caracteriza á San Francisco, se manifiesta en todos los detalles exteriores de la vida colectiva—desde la fantasía de su edificación, hasta la desenvoltura de su prensa y la índole de sus bibliotecas é institutos[22]—pero prorrumpe, puede decirse, de noche en las bulliciosas aceras comerciales, llenas de grupos cosmopolitas y estrepitosos que se codean bajo los focos eléctricos, al rumor de las músicas de los teatros y conciertos, en el perfume de las flores y el centelleo de los escaparates, ostentando todos, bajo la diversidad de las condiciones y procedencias, cierta unidad exterior en el lujo del traje y el programa de fiesta.—La misma colonia china, que he visto en Lima humilde y cariñosa, no oculta aquí su fuerza numérica y su riqueza. Á fuer de primeros ocupantes, los «celestes», que pasan de veinte mil, han quedado instalados en el centro activo de la ciudad (como si dijéramos, en Buenos Aires, las diez ó doce manzanas en torno del café de París); tienen templos, restaurants, teatros propios, y se les ve ostentar por estas avenidas, con importancia canonical y empaque mandarinesco, sus solideos eclesiásticos y sus roquetes de seda azul, batidos por la larga trenza lacia. Debajo de sus rostros lampiños y su obesidad hermafrodita, descubro la hostilidad desdeñosa de la mirada, el odio encubierto de una raza de Shylocks, refractarios á la civilización en que prosperan, y que se creen superiores á los que les dominan con su ruda energía.
Esa impresión de la primera hora se confirma para mí durante la excursión que hago una noche á la China town, acompañado de un cónsul extranjero y un detective, cuya presencia parece indispensable para recorrer sin peligro la celeste leprería. Hemos venido por las iluminadas aceras de Market Street—el Broadway de San Francisco—y bruscamente, á la altura de Union Square, donde se incorpora el agente de seguridad, doblamos á la izquierda y penetramos en un callejón obscuro y medieval, con sendas casuchas en desplome, de cuyos dinteles cuelgan faroles de papel cubiertos de jeroglíficos que nuestro cicerone traduce al paso: Tin Yuk, joya celestial, Wa Yun, fuente de flores, etc., etc. Subimos, bajamos, torcemos á uno y otro lado, por entre almacenes, tiendas, joyerías, boticas, lavanderías, talleres de todo género, puestos de comestibles y drogas, en cuyos escaparates, mal alumbrados por lámparas de aceite, alternan sandías y caña dulce, abanicos y pastillas de opio ó betel, chucherías de marfil y tabletas de chewing-gum; entrevemos en algunas tabernas grupos de magotos descoloridos, sentados á la turca, fumando en pipas de tubo recto, comiendo arroz con sus palillos como de crochet, jugando á una suerte de morra, pero sin mezclar un grito á sus ágiles ademanes de sordomudos: todo ello tan repelente y sórdido como lo visto en Lima, con su mismo vaho nauseabundo que bastaría á evocar aquellas escenas ya lejanas ... En estas tinieblas blanquecinas, surgen en torno nuestro, de las cuevas inmediatas, bultos informes y callados cuyas túnicas flotantes nos rozan como alas de murciélagos; y vuelve á mi memoria la vagancia nocturna del poeta Gringoire por el laberinto de la Corte de los Milagros, en Nuestra Señora de París ...