Se tiene aquí por vez primera la sensación grandiosa y casi augusta de una entrada en el vasto Canaán de la nueva promesa.—El más vigoroso espíritu de la Francia contemporánea habla en cierto lugar de los paisajes de Milton, que son «una escuela de virtud»[20]. Ahora comprendo lo que ha significado. Ante esta radiante sonrisa de la tierra americana, no sé qué júbilo generoso é impersonal me dilata el pecho; una salve íntima, una efusión enternecida y cordial se remonta á mis labios, derramándose como una bendición sobre este recuperado paraíso, que parece estremecerse de gozo bajo la tibia caricia de la mañana estival. Desnuda de historia, sin el prestigio de los recuerdos seculares y las leyendas, llega esta Cibeles occidental á la soberana belleza por el solo atractivo de su seno fecundo, donde quiera impregnado de sudor humano: por el único encanto omnipotente de su juvenil exuberancia y venturosa plenitud.
Ahora, á uno y otro lado de la vía, las plantaciones de todas clases, los cultivos y verjeles se suceden interminablemente. Las residencias campestres, los ingenios variados, molinos, lagares, destilerías, fábricas de frutas conservadas, depósitos y embarcaderos, jaspean de islotes rojos y blancos el archipiélago de verdura. Cada estación es una ciudad ó una aldea, ganglio comercial de donde irradian ramales y tranvías. Á partir de Redlands, los vagones de fruta obstruyen los apartaderos de la línea—y es tal el hacinamiento, que por la vista sola nos sentimos saciados de duraznos y albaricoques, de ciruelas y melones—hasta de esas deliciosas naranjitas sin semilla (seedless) que aquí se apellidan Washington Navel, aunque la variedad haya sido importada de Bahía[21].
En Colton, risueña villa de tres mil almas, que nació ayer y ha crecido más rápidamente que sus naranjales, se juntan las dos grandes líneas del Southern Pacific y del California S. Railroad. Nos hallamos casi en el centro del maravilloso valle de San Bernardino, oasis en otro oasis, cubierto hacia el litoral de winter resorts y sitios balnearios, y cuya cabeza de distrito se divisa á tres millas por el norte; produce algunos de los mejores y más famosos vinos de California; de aquí parten durante el verano los trenes especiales de frutas que se distribuyen en todos los mercados de los Estados Unidos. Las fábricas de conservas yerguen por todos lados sus altas chimeneas empenachadas: la sola Colton Company emplea quinientos obreros de taller y despacha diariamente 4000 cajas soldadas. Por cima de la falda y sus bosques de naranjos, algunos picos nevados añaden la grandeza á la gracia de la decoración, trayéndome el recuerdo de la Yerba Buena tucumana; mientras que un poco más lejos, en Cucamongo, ya célebre por sus viñedos, veo surgir como un trasunto del pintoresco valle de Santiago de Chile. Y así, por todas partes, las poblaciones agrícolas amojonan de milla en milla el rico suelo de esta Arcadia industrial, hasta Los Ángeles, donde llegamos esta tarde para volver á marchar cuatro ó cinco horas después: Ontario con su colosal avenida de palmeras y naranjos que se prolonga hasta el pie de la sierra; San Gabriel y sus limoneros; Santa Anita sembrada de ranchos, donde una sola hacienda (la de Baldwin) tiene plantados 60.000 acres de viñedos—poco más ó menos la superficie total de caña dulce ó viñas (1892) de toda la Argentina. Aquí y allá, en medio de los sonoros nombres mejicanos—de tal suerte estropeados que los desconocerían sus propios padres,—la fantasía cursi de los recién llegados ha emperifollado este antiguo territorio de pueblos indios y tolderías con apelativos mitológicos: Arcadia, Hesperia, Pomona, etc.; y no resulta la mezcolanza barroca en demasía, en esta hora al menos ¡tan real es la gracia bucólica del paisaje, tan diáfano el ambiente impregnado de vegetal fragancia y eliseano frescor!
Los Ángeles.
Á pesar de ser ya toda una ciudad yankee, encuentro en Los Ángeles ciertos vestigios aún muy perceptibles del indeleble origen criollo y del invencible encanto español. Esta impresión inequívoca—que sentiré en el mismo San Francisco—no está sugerida solamente por los nombres de algunos sitios y familias. Á cada instante se descubren en los arrabales, cruzados por el tramway eléctrico, reliquias materiales y hasta sociales de la antigua población: por ejemplo, en el umbral de estas casuchas de adobe, son, á no dudarlo, criollos mejicanos los que están engullendo tamales, ó zangarreando la guitarra durante la siesta. Han quedado familias Delvalle, Coronel, Pacheco, Sepúlveda, que desempeñan cargos concejiles y poseen aún inmensas haciendas. La fiesta anual de la «tribu» Delvalle es una solemnidad famosa en toda la California; aquí los «notables» de ayer figuran todavía entre los prominent de hoy ...
Pero no son más que vestigios. La antigua misión de la «Reina de los Ángeles», que el comandante Frémont tomó sin combate en 1847, no era sino una pobre aldea de dos mil indios y mestizos, tan atrasados ó indolentes que no se cuidaban de explotar los conocidos placeres auríferos de sus arroyos. Los Ángeles es ya una hermosa ciudad de 60.000 habitantes, extranjeros en su mayoría, cuyo vuelo prodigioso data de los últimos años: en 1880, no había triplicado aún la cifra primitiva de sus pobladores; y lo demás en proporción. No pasando de esa fecha los más importantes centros agrícolas del condado, son naturalmente más nuevos aún los valiosos edificios públicos y privados de la flamante ciudad, y todos los órganos materiales y morales que constituyen, ne varietur, el progreso entendido á la yankee.—Ya encontramos en Los Ángeles las gratas alamedas sombreadas, con sus pintorescas residencias y chalets de bay window y gradería exterior; los enormes buildings de ocho á quince pisos con fachada de columbario; los bancos pseudogriegos y templos neogóticos,—toda la fabricación al por mayor de la «arquitechería» americana. Desde la California hasta el Massachusets, sin otros matices que un exceso de pesadez ó riqueza decorativa en los emporios más advenedizos, encontraréis reproducidos, en cada población, no sólo la misma estructura material, desde el Masonic Temple hasta el hotel mammoth con sus bars y ascensores, sino los mismos órganos previstos de la vida urbana, los mismos accidentes del grupo social: escuelas, teatros, vagones, tramways con su invariable tarifa de cinco cents, avenidas de enlosadas aceras donde la luz eléctrica recorta duramente las siluetas, etc., etc. Es siempre la ciudad yankee, indefinidamente reproducida, y sin más elemento diferencial que el costo y el tamaño—es decir la cantidad. Los Ángeles es un fragmento de San Francisco, Denver un pedazo de Filadelfia, Cincinnati una mitad de Chicago. Hay más habitantes en la antigua capital de los puritanos que en la reciente Sión de los mormones: por tanto, mayor número de manzanas edificadas,—pero, mutatis mutandis, las construcciones públicas y privadas son tan parecidas en una y otra, por dentro y por fuera, como el New York Herald al Chicago Herald, como el policeman de capote gris y casco de punta, plantado en una esquina de Boston, es idéntico al policeman de guardia en una esquina de Pittsburg. La concreción urbana está vaciada en un solo molde: fuera de los sitios naturales, los Estados Unidos son un monstruoso cliché. De ahí el tedio profundo que se desprende de su masa gigantesca y uniforme para el turista superficial, que vaga de calle en calle y de hotel en hotel sin nada sospechar del alma americana. En Europa, las cosas son más interesantes que los hombres; acaece lo contrario en este mundo en formación, mejor dicho, en fabricación. Aquí el producto humano es tosco y primitivo, en proporción de su enorme magnitud—como ha sucedido en el mundo orgánico;—la obra provisional es inferior al obrero, no pudiendo aquélla interesar al filósofo sino en cuanto sea indicio documentario y síntoma del espíritu que la realiza—y por esto, precisamente, la mayor parte de las Impresiones de tanto commis voyageur de la literatura se extasían con exceso ante los colosales montones de hierro y ladrillo: celebran el volumen prodigioso del banco de coral, haciendo caso omiso de la madrépora viva que lo levanta sin tregua en el seno del mar.—Procuraré emplear otro procedimiento; y, desde luego, pienso que me fastidiaré muy poco en esta pretendida patria del fastidio.
En esta magnífica tarde de junio, la ciudad nueva despide una como alegría infantil. Vago por las anchas avenidas que lucen su follaje primaveral, y apunto de paso algunos rasgos de la vida callejera que muy pronto dejarán de llamar mi atención: mujeres en bicicleta ó conduciendo buggies, pregoneros y sandwichmen exhibiendo reclamos, procesiones cívicas y profesionales, carteles con anuncios gigantescos y fórmulas exuberantes de ingenuo cinismo—y donde quiera el roce brutal de la muchedumbre que nos codea, maltrata y lleva por delante con la inconsciencia de un rebaño de paquidermos, pero que no nos da tiempo para irritarnos, pues, á poco andar, nos sentimos desarmados y casi enternecidos por la complacencia inagotable y cordial con que un afanoso empleado, un transeunte de prisa, un rudo trabajador satisface nuestras preguntas de forasteros. Desde el anochecer quedan cerradas las tiendas y demás casas de comercio, pero, alumbradas por dentro, lucen sus escaparates y prestan animación á los barrios centrales. La brisa fresca me recuerda que está el mar á pocas millas. Las aceras rebosan de transeuntes, hombres y mujeres con traza de artesanos domingueros. En la esquina de North Main y Arcadia street, miro pasar en una cencerrada carnavalesca de voces, guitarras y panderetas, una compañía del Ejército de Salvación, guiada por una tía coloradota, y seguida, á guisa de apéndice convencido y convertido, por un viejo borracho que dibuja eses en la estela evangélica ...
Empieza á hacérseme largo el tiempo hasta la salida del tren para San Francisco. En Spring street, delante de un Concert Hall, vuelvo á encontrar á mis vascos infieles, que no quisieron acompañarme al Jardín Zoológico—una maravilla de plantas y flores raras. Mientras yo comía pasablemente en el restaurant Nadaud y corría el albur de un champagne californiano que sabe á falsificado chablis, el camarada Esteban se obstinaba en descubrir una fonda vascuence que le recomendaron en Méjico. Gracias á su inglés pintoresco ha dado al fin con un dining-room dependiente de una sociedad de templanza, donde le han servido rosbif regado con té claro á guisa de valdepeñas; quédale el consuelo de afirmarme que «lo sabía», como el Pontsablé de Madame Favart.—Aquí nos alcanza de nuevo el destacamento del Salvation Army, siempre seguido de su beodo inextirpable. Asistimos á la pequeña representación bajo la luz eléctrica del Hall pecaminoso. La «capitana» fulmina su proclama, interrumpida por las chuscadas del auditorio; sin inmutarse, ella misma se rie con los fisgones ó vuelve las tornas á la rechifla truhanesca; por fin, viéndose desbordada, entona su cántico gangoso con acompañamiento de silbidos y tamboriles. He comprado á una «Miss Helyett», llena de costurones escrofulosos, un número de su periódico: un bodrio de declamaciones añejas mezcladas con reclamos infantiles, en prosa y verso,—el Apocalipsis de Bertoldo. ¡Se cree soñar recordando que el conocido sombrero de paja con cintas moradas, tendido como una escudilla, se llena con los cuartos del grueso público, y que esas comparsas de parásitos cuentan, para desenvolver por el mundo sus farándulas bufas, ¡con un presupuesto de cinco ó seis millones de dollars!—Don Esteban, que no pierde la ocasión de instruirme, me desliza al oído: ¡Son espiritistas! Seguramente el neófito aquel del bamboleo enérgico confirma el juicio de mi compañero, y puede jurar con toda sinceridad que posee la doble vista, pues sin duda ve bailar al són de la guitarra todas las mesas redondas del vecino Hall ...
El paisaje del día siguiente, sin carecer de «belleza económica», es mucho menos decorativo que el de la víspera. El cañón se ensancha ahora en una vasta llanura que ondula hasta la Sierra Nevada. Los grandes cultivos de cereales y los ranchos de ganado han sucedido á los viñedos y verjeles. En cada estación tomamos viajeros de facha rica, familias con canastos de frutas y flores que vuelven de un paseo campestre y anuncian la aproximación de la Queen City del Pacífico. Á la tarde, empiezan á espejear algunos charcos en las cañadas; luego, hacia el noroeste, uno que otro mástil afilado raya de negro el claro horizonte: de repente, á una milla del tren, aparece un jirón de la bahía. En seguida, interminablemente, desfilan terrenos baldíos, inmensos depósitos, montones de casillas y cobertizos que no representan aún sino una «nebulosa» del futuro arrabal. Un enorme ferry-boat toma el tren entero en su monstruosa espalda cubierta de rieles, de carros enganchados, de rotisseries y saloons, de mesas y bancos donde se apila el cargamento humano que no queda en los coches. Después de veinte minutos de travesía y viento helado, á pesar de la estación, la ancha proa del bote colosal se suelda á la ribera, y bajo una bóveda sombría se cae en la infernal batahola de los reclutadores de viajeros que, alineados contra la pared, aullan infatigablemente los nombres de sus hoteles. Estamos en San Francisco. Un agente de Express nos da su tarjeta en cambio de nuestro boleto de equipaje; pronunciamos: Palace Hotel, y asunto concluído. Nos dirigiremos al hotel sin otra preocupación y, después de comer descansadamente, encontraremos el equipaje en nuestros cuartos.