Mis nuevos amigos abandonan á Cuba, después de labrar su fortuna en veinte años, pero conservan sus casas de negocio y sus haciendas en la Habana y Matanzas. Dan una gran vuelta de recreo, tomándose vacaciones por primera vez en su vida, antes de volver al nido natal, colgado en un declive de los Pirineos.
Salieron de él casi niños, sin una peseta ni oficio alguno en las manos, como los que vienen al Plata, pero buenos para todo, con su salud robusta, su flexibilidad laboriosa y honrada, y su brincadora agilidad de gamuza pirenáica. Han logrado lo que buscaban—tener dinero—porque han sabido no querer sino una cosa y perseguirla sin tregua por el camino recto.—En tanto que otros soñadores vienen á América tras del ave azul que vuela de rama en rama, y envejecen, naturalmente, antes de alcanzar su ilusión: los que han nacido para emigrar—los vascos, en primera fila—prosperan casi siempre en la emigración. ¡Bah! ¡la vida no merece tantos desvelos! Todo acaba en lo mismo; concluída la jornada, nos despedimos con la misma voltereta: buenos y malos, necios y sabios, pobres y ricos, nos disolvemos todos en el mismo olvido. El oro es tan vano como la gloria y el poder,—y lo que llamamos arte, que no es sino una convención; y lo que llamamos ciencia, que no es más que un paso adelante en un callejón sin salida. Omnia vanitas. Emprendemos todos el mismo corto viaje de condenados á muerte. ¿Quién decidirá si es más sabio ceñirse los lomos desde el amanecer para ponerse en marcha por el camino trillado, bajo el sol y la lluvia, sin una hora de tregua en la etapa, con el único fin de encontrar á la tarde comida y albergue en el mesón; ó si tanto vale extraviarse en los senderos, saboreando la excursión como un paseo, gozando con los accidentes del camino y de las perspectivas, á trueque de cenar con las zarzamoras del cercado y dormir en campo raso?...
Don Pedro, el menor de mis dos compañeros, raya en los cuarenta años; es un admirable ejemplar de esa raza fuerte é ingenua que se ha esparcido en el Plata, hasta formarse aquí una segunda patria,—lo compruebo al oirle hablar de Buenos Aires y Montevideo como de un emporio vascongado,—llevando consigo y conservando siempre su frescura simpática y robusta, como un reflejo del paisaje montañés. Éste es un coloso con sonrisa de niño, hermoso como un roble, tranquilo como un buey de labor, bueno «como un pedazo de pan» según el dicho campesino; y así como el clima de las Antillas no ha mellado su complexión de atleta ni alterado su tez florida, tampoco el roce del mundo y la fortuna le han hecho soltar su boina azul. Nos queremos en seguida, él tan sencillo y yo tan complejo, sin duda en virtud de la ley de los contrastes, y gracias á mi precaución habitual de llevar siempre la charla al terreno que mi interlocutor conoce mejor que yo. Me habla de Cuba, y las horas se deslizan sin sentir ...
Su compañero, don Esteban, es menos atrayente: averiado, temoso, porfiado y disputador, hasta el punto de contradecir con la mano mientras el asma le sacude, ha barnizado con pretensión burguesa su primitiva ignorancia cerril, y la exhibe al primero que llega, á guisa de albarda sobre su lomo de borriquillo. Domina al bonazo de don Pedro á fuerza de cansarle; también le da cierto prestigio actual el haber pasado algunos meses en Nueva York hace treinta años, y chapurrar cuatro palabras de inglés que, por otra parte, pronuncia como una «vasca» española. No sabiendo nada de nada, puede hablar de todo con igual autoridad; y ¡abusa de su derecho!—Después de toser, es su principal ocupación contradecir á troche y moche, al tanteo. Nos fastidia, nos carga hasta el exceso, y él mismo lo sospecha en sus momentos lúcidos. Bajo el pretexto de que el humo le incomoda, don Pedro y yo nos instalamos en el smoking-room, y nos despachamos docenas de exquisitos habanos ¡recuerdo personal del propio fabricante! Pero don Esteban se aparece y comienza por rectificar uno de sus últimos traspiés, que nadie recordaba: «Tenía Vd. razón: el que asesinaron en el teatro no fué Grant, sino el «general» Lincoln». Y en el acto vuelve á entrar en liza: «¡Qué hombre, ese Hernán Cortés! Cuando pienso que fué por aquí á fundar á San Francisco!»—Entonces, sobre todo, ¡es cuando tengo ganas de mandarle á Bilbao!—Por lo demás, es buen hombre en el fondo este pobre don Esteban, y no me costará mucho soportarle hasta San Francisco,—fundado por Cortés,—donde nos separaremos con grandes apretones. Sólo necesito dejarle desbarrar á su gusto. El primer día tuve el candor de rectificar sus sandeces: era la guerra declarada.—Cualquiera discusión es inútil, pero la que aceptamos con un necio nos rebaja de golpe á su nivel. ¿Á qué emprender gratuítamente la educación de aquel transeunte que no sacará de ello provecho alguno y al contrario nos guardará rencor? Recuerdo haber estallado una vez—hace una docena de años—porque en una mesa redonda de Lisboa, un médico brasileño sostenía que había hecho en ferrocarril el trayecto del Rosario á Montevideo: era joven entonces y me faltaba filosofía. ¡Cuánto más satisfecho me siento por haber escuchado en Colón, sin pestañear, hace algunas semanas, las variaciones delirantes de un francés corredor de avisos, respecto de la República Argentina, y especialmente de Tucumán que apenas conozco! Era el más fantástico de sus boniments profesionales: no he protestado, me ha encontrado amable y nadie ha perdido nada con la bola—ni siquiera Tucumán.
El inmenso desierto monótono se arruga y matiza al paso que nos aproximamos al extremo oeste; ya verdean algunos matorrales y parches de hierba en las depresiones del suelo; de trecho en trecho se alzan algunas chozas de pastores; una vaca rojiza, un hato de esbeltas cabras salpican alegremente la tierra gris. Llegamos á Yuma, estación importante en la frontera del Arizona y California. El río Colorado arrastra delante de nosotros sus ondas amarillentas, entre los altos ribazos bordados de vegetación. El fresco encantador de una mañana de primavera se junta á las primeras sonrisas de la Arabia feliz. En la cantina regamos con té y leche un almuerzo compuesto de rosbif, patatas hervidas y confitura—todo servido á un tiempo en el mismo plato. Los últimos indios apaches—the last of the Mohicans!—arrollados en un zarape multicolor, con sus gruesos mechones lacios cayendo como correas sobre sus enormes rostros angulosos, seriotes, todos nariz y mandíbulas, cual esculpidos por un leñador en un tronco de hickory, vienen á vender arcos y flechas que no han servido nunca y parecen salir de un bazar. Cada mujer trae cargada en la espalda á su progenie, arrollada con bandeletas en un cuévano angosto que semeja una vaina de momia. Las criaturas hacen blanquear allí dentro sus ojuelos de lagartija—y, como la mañana, también aquí conserva la infancia algo de su gentil frescura de inocencia é inconsciencia,—¡estoy por encontrar casi bonitos esos mamoncitos apaches!
Pero ha llegado un viejo violinista yuma para obsequiarnos con una serenata arizoniana. Al principio, no es fácil desenredar lo que quiere decir el venerable anciano con su rechinamiento agudo y como resinoso. Cuando don Esteban arroja un grito—seguido al punto de un violento ataque de tos ¡en la carraspera del crincrín ha reconocido el canto de las Provincias! Sí, no hay duda posible: es el capela gorria lo que el piel-roja desuella con una impasibilidad de antiguo escalpador ... ¿Por medio de qué avatar misterioso, de qué extraña ironía del color local, ha venido ese llamamiento de las bandas carlistas á transformarse en aire de danza californiano? Tal es el «secreto de la sabana» que nuestro compañero procura vanamente arrancar al curtido minstrel, quien, completamente embrutecido, sordo además como una colección de tapias arizonas, contesta invariablemente: yes, sir, á cualquier pregunta, y para no romper el hechizo de las monedas de diez cents, sin detener su arco las coge con sus labios entreabiertos cual hendedura de alcancía. Pero don Esteban protesta con solemnidad—¡Debryan bisaya!—que el viejo ha de saber el castellano, puesto que toca un canto vascongado; le asedia á preguntas estrambóticas, le explica el gran levantamiento de boinas del año 33 por el primer don Carlos; por fin, desafiando el asma que le acecha, se resuelve á enganchar su voz de herrumbrada cerradura al zumbido de cigarra de la prima y, batiendo palmas para marcar el compás, se pone á cantar:
¡Don Cárlos gureá,
Don Cárlos maiteá!
¡Ay, ay, ay, mutilac,
Capelac gorriac!...
Y aquella escena inverosímil que nadie inventaría, ese improvisado duo de un guipuzcoano y un apache, es de un efecto cómico amplio y humano que ha conquistado en seguida todos los sufragios: viajeros yankees y mejicanos, waiters y guardatrenes, forman rueda entusiasta en torno de los ejecutantes igualmente poseídos de su papel,—y hasta me parece que los indios presentes tuviesen ganas de sonreir por vez primera de su vida.
Pero cuando, dada la señal, el tren se pone en marcha, desde la ventana don Esteban arroja con la peseta de despedida esta suprema explicación á su acompañante, que ha quedado en el andén, reflexionando en la ganga enviada al último sachém por el gran Manitú: «¡No era este don Carlos, sino el abuelo!» Y ya se revuelve en su asiento, presa de un acceso de tos incoercible. Yo también me revuelvo en el sofá del cuarto de fumar, en tanto que el excelente don Pedro va y viene entre uno y otro, atendiendo á su amigo con cara de circunstancias y volviendo hacia mí para reirse á gusto. ¡Y me quejaba ¡ingrato! ¡de que fuese tedioso el camarada aquél!
La pingüe y fértil California del sud comienza á desarrollarse blandamente entre dos hileras de colinas; corremos á lo largo de un vasto cañón, teniendo á San Bernardino Range á la derecha y á San Jacinto á la izquierda, con la cornisa intermitente de la lejana sierra Rocallosa ó Nevada entre la falda verde y el cielo azul. Las olas de oro de los trigales maduros ondulan suavemente hasta el pie de los collados, tapizados de viñas, praderas y follajes. Los cottages rojos y blancos, las villas y quintas lujosas se levantan sobre un mar de parques y verjeles. El paisaje todo ha revestido un gran aspecto de riqueza y abundancia, sin perder nada de su belleza pintoresca. Me aparece como una inmensa mesa puesta, el valle bíblico de la Multiplicación, eternamente abierto á las caravanas del viejo mundo que se juntan aquí: las de la cuna europea, militantes y civilizadoras que ya tienen poblados y plasmados los Estados del este; las del Asia antigua, derramadas por el pululante Oriente, y que llegan de isla en isla por el incomensurable mar Pacífico, á manera del caminante que cruza un vado á flor de agua asentando el pie en las rocas sucesivas. Al contemplar lo que este pueblo ha sabido hacer con el territorio desnudo que los mejicanos le entregaron, está el observador á punto de imponer silencio á la voz de la conciencia que protesta en nombre de la justicia absoluta y del «imperativo categórico», para reconocer que la virtud del esfuerzo laborioso y la magnitud del resultado práctico legitiman en cierto modo la conquista violenta.—Y es fuerza repetirse, para formar un juicio cabal de la riqueza americana, que esta risueña California no es sino una faja estrecha de la inmensa comarca bañada por dos océanos que, bajo los múltiples aspectos de una producción intensa, pero casi tan copiosa en otras partes, se despliega, más ancha que la Europa toda, cuatro veces mayor que la Argentina, desde el Dominion ártico hasta las Antillas tropicales, al través de todas las maravillas físicas, de todas las variedades vegetales y minerales, de todos los recursos agrícolas y fabriles que aseguran para diez siglos el propio desarrollo de un continente independiente y completo.